– Dos padrenuestros y cinco avemarías
– ¿Será suficiente? – él asiente incómodo. Es evidente que espera que me ponga de pie de una vez.
Remoloneo, como repasando la galería de mis pecados para no dejarme ninguno sin confesar.
– Ya te he perdonado, puedes marchar
– No hay nadie esperando fuera – digo – Podría quedarme un poco más y ayudarte a limpiar las imágenes de arriba
– Te he dicho que no puede ser
Lo miro mientras me paso la lengua por los labios.
– Sabes que lo hago muy bien…
El rostro pálido está ahora rojo. Comienza a sudar. Sé que es cuestión de tiempo. Que apagará las luces de la capilla como para que ninguno de sus santos nos vea, que girará la imagen de la virgen de cara hacia la pared y cerrará la puerta principal aunque todavía no sean las ocho.
Hago amago de alejarme por el pasillo central.
– Espera – pronuncia con voz cargada de deseo.
Me vuelvo despacio.
– Te espero en la sacristía
Él trastea con la cerradura, las luces, y se persigna ante la virgen antes de ponerla de espaldas. Luego se acerca con prisa mal disimulada.
Como siempre, lo estoy esperando con mis folios entre las manos. Cuando se sienta a mi lado, comienzo a leer. Él me escucha, con los ojos cerrados durante casi dos horas. Sólo los abre cuando callo para coger aire, y al final, cuando mis últimas palabras quedan flotando en el aire entre nosotros.
– Sabes que no deberíamos hacer esto – dice mientras me acompaña hasta la puerta.
Verifica que la calle está desierta y me hace salir.
Yo asiento, como cada vez. Y le prometo que no habrá otra. Que no seguiré escribiendo. Que no volveré a tentarlo de este modo.
Ambos sabemos que no será así. Pero nos separamos con la tranquilidad que dan los buenos propósitos.
Mañana tendré que volver. A confesarme.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de una propuesta de Ana Vidal: Pecados inconfesables y esta fotografía de Umberto Verdoliva

