Siempre que abría el libro del abuelo, se me escapaba algún personaje. A veces era una señora con vestido antiguo y guantes hasta el codo. Otras, un hombre bajito y bigotudo, que fumaba como un carretero y llenaba el altillo de humo. Y muy de vez en cuando, la mujer misteriosa de las grandes gafas oscuras. Ella era mi preferida, pero jamás conseguí que dijera más que unas pocas palabras. Me miraba sobre su hombro. Daba dos o tres vueltas por el cuarto, desempolvaba los almohadones del viejo sofá y se sentaba en él, cruzando las piernas como una diva del cine. Fruncía la nariz, y se quedaba allí, como esperando que le pidiera un autógrafo.

Por más que lo intentaba no lograba sacarle más que dos o tres frases misteriosas. Se hacía la hora y tenía que poner el libro a sus pies para que volviera a meterse. Eso lo hacía con cierta docilidad, pero sin dejar de mostrarse muy digna.

La mujer regordeta de los guantes largos y el bigotudo, en cambio, hablaban hasta por los codos. Al principio era gracioso, pero cuando me di cuenta de que contaban lo mismo una y otra vez, comencé a prestarles cada vez menos atención. Las recetas de ella, las repetidas aventuras de él, me aburrían. Hablaban y hablaban sin parar durante toda la siesta. Así que al final, solía acercarles el libro antes de lo necesario para sacármelos de encima de una vez.

Ellos se marchaban refunfuñando y recelosos. Porque de algún modo habían adivinado que mi preferida era la mujer de las gafas oscuras. Y tenían razón. A medida que me iba haciendo mayor, en secreto, me enamoraba de ella.

Al final del verano, me despedía de todos hasta las próximas vacaciones en casa de los abuelos. Hasta las próximas siestas, once meses después.

El año en que cumplí los doce, cuando abrí el libro en la primera siesta del verano, no funcionó. No salió ni uno solo de todos los personajes conocidos. Lo mantuve abierto durante toda la siesta, pensando que tal vez se habían retrasado. Pero nada. Ni la señora del vestido, ni el fumador, ni, muy a mi pesar, la misteriosa mujer de las gafas.

Lloré en silencio su ausencia cada tarde. A esa edad, el primer desamor se vive con más intensidad que el primer amor.

Nunca más supe de ellos. Por eso, cuando hoy he venido a poner en venta la casa de los abuelos, y mis zapatos de adulto pisaron la impecable capa de tierra del altillo, me sorprendió ver el libro abierto sobre la mesa desvencijada. Estaba libre de polvo, como si alguien recientemente lo hubiera colocado allí.  En el suelo, justo debajo,  una colilla aún encendida y un guante largo manchado de sangre.