por pcollazo | Dic 16, 2016 | En pocas palabras
Cuando el partido emergente llegó al fin al poder, lejos de apoltronarse en los escaños, sus representantes intentaron cambiarlo todo, porque eso era lo que habían prometido a los electores. Esas promesas incluían abolir tantas reformas y leyes que no había día en que no se votara la derogación de una ley, sobre todo si había sido promulgada por los partidos tradicionales que hasta entonces se habían alternado en una sucesión de aburridas y previsibles legislaturas.
Tanto se esmeraron los nuevos gobernantes, que por derogar terminaron derogando la Ley de la Gravedad, sin ponerse a pensar en manzanas caídas ni atracciones estelares.
Las consecuencias, este flotar sin ton ni son chocándonos unos contra otros, se nos han ido de las manos. Hace días que no consigo mandar a los niños al colegio porque cuando los encuentro y los cojo de la mano, no soy capaz de que acertemos atravesar la puerta de entrada. Tampoco les puedo preparar la merienda, con la leche todo el tiempo cayéndose para arriba cuando saco la taza del microondas. Nuestro perro ha decidido acostarse en el techo y nos mira desde arriba de la lámpara, y he dejado de lavar la ropa porque no hay forma de que se quede enganchada en la soga.
A pesar de todos estos inconvenientes, debo reconocer que ahora comprendo hasta qué punto mi vida necesitaba un cambio radical. Hace varios meses que mi marido se fue a la oficina y desde entonces no he sabido más de él. Tal vez se haya quedado orbitando alrededor de esa compañera que tantos celos me provocaba entonces, cuando la gravedad existía. Ahora que no estamos atados a tontas leyes físicas, entiendo lo absurda que he sido.
Perdonad, tengo que dejaros… – ¡Niños, os he dicho cien veces que no caminéis por las nubes que después me dejáis la casa llena de niebla!
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Mario Sánchez Nevado:

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por pcollazo | Nov 11, 2016 | En pocas palabras
No sé cuándo empezó. Tal vez haya sido hace tiempo, pero hasta ahora no quise darme cuenta. Él me decía: Dulcinea (porque entonces me llamaba así), por ti haría cualquier cosa. Entonces yo le pedía que escalara el Everest, y él me traía el más bello copo de nieve de su cima. Pero él insistía: ¿quieres que te baje la luna? A mí me daba un poco de apuro pedirle que emprendiera semejante cruzada, pero al final, accedía. Al poco tiempo ahí tenía la luna sobre la mesa de la cocina y nos la comíamos a cucharadas.
Cuando dejó de llamarme Dulcinea, debí detectar la señal de alerta. Pero tampoco le di tanta importancia. Nea, ¿quieres que le robe a la reina de corazones un pimpollo de su mejor rosal para ti? Y yo, aunque pensaba que tal vez era demasiado peligroso, porque todos sabemos la debilidad que la reina tiene por las cabezas masculinas, lo dejaba hacer. Pero cuando me entregaba la rosa, pinchaba mis dedos y me desangraba un poco, lo justo como para que él tuviera que pedir perdón.
Sus ofrecimientos comenzaron a ser menos atractivos. Más bien digamos que se tornaron en burdos intentos por mantener mi amor. Ne, ¿quieres que te prepare un té? ¿Te enciendo las luces para que puedas leer mejor? ¿Compro algo para esta noche? Empecé a verlo como lo que en realidad es: un simple mortal.
Anoche, después de una cena a la que invitamos al silencio a sentarse con nosotros, dijo que teníamos que hablar. Ne, tenemos que hablar. Eso dijo. Como en las películas. Y enseguida espetó su archiconocido ¿qué te pasa? ¿es que ya no me quieres?
Y yo decidí ponerlo a prueba. Le dije que las cosas habían cambiado demasiado y que era él quien ya no me quería. Él lo negó. Tendrás que demostrármelo, lo desafié. ¿Cómo?, preguntó.
Y entonces se me ocurrió eso de que si me quería de verdad, durante la noche tendría que bajarme al menos diez estrellas. Pero, N…, intentó protestar (¡ya ni siquiera me llamaba Ne!) Le cerré la puerta de nuestro cuarto en la cara.
Acabo de despertar y él no está. Seguro que no se ha preocupado de hacer lo que le he pedido.
Salgo de casa atraída por unas luces que se ven desde la ventana. Tal vez sí lo haya conseguido después de todo, me digo. Pero no. Sobre el solar de enfrente hay seis, ocho, diez bombillas gigantes desparramadas. Me acerco a tocarlas, aún están tibias y desprenden una luz amarillenta, pero van perdiendo brillo a cada segundo.
Él se ha ido, lo sé. Como sé, sin mirarlo, que el cielo se ha quedado sin estrellas.
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por pcollazo | Oct 29, 2016 | En pocas palabras
Cuenta la leyenda que el dueño del castillo mataba a los niños que osaban perturbar su sueño de arena. Esos personajes portadores de rastrillos, palas y gritos asombrados ante las olas que insistían en acercarse a su feudo. Pequeños guerreros en traje de baño, cuyo único propósito parecía ser desenterrar su castillo y dejarlo a merced de los enemigos.
Cuando los osados chiquillos, terminaban de perfilar las torres, de cavar el foso, horadar las ventanas en la fachada que daba al mar, y clavaban una pajita usada a modo de bandera en lo más alto, a él se le acababa la paciencia.
Entonces se desperezaba y emergía furioso en la orilla. Se sacudía la arena que lo cubría por completo y perseguía a los rebeldes hasta darles caza.
Los niños corrían inútilmente, ya que no era posible escapar de sus garras. Atrapaba dos o tres con cada mano. Después los enterraba, justo después del límite de la marea alta, y cubría sus tumbas con conchas, invirtiendo mucho tiempo y paciencia en que quedaran perfectas.
Cuenta la leyenda, que los niños, solo habían simulado estar muertos, y que en cuanto el dueño del castillo regresaba a sus aposentos, se escabullían de sus tumbas y sentados en la playa esperaban, cubos y palas en mano, un nuevo amanecer.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de un cementerio inglés en Málaga

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por pcollazo | Oct 21, 2016 | En pocas palabras
Cuando nos enteramos de que la guerra se había desatado y que tendríamos que ir al frente, nos pusimos todos muy nerviosos. Ya no era cuestión de levantarse con el alba, satisfacer los caprichos del Teniente, jugar a las cartas con los compañeros y montar guardia nocturna de vez en cuando. La cosa era mucho más seria.
Nadie quiere morir con veinte años. No sé con treinta, pero con veinte os aseguro que no. Llegado el momento, cuando el Teniente vino a buscarnos para ordenarnos estar preparados para partir al alba, hubo quienes se echaron a llorar. Algunos se pusieron repentinamente enfermos: ataques de tortícolis en los tobillos, sarampiones en la lengua, meningitis en las plantas de los pies. El Teniente no se conmovió ni un poquito.
Al amanecer, cuando sonó la diana, no nos vestimos, porque habíamos pasado la noche en vela, con los uniformes puestos. El Teniente pasó revista en el patio. O eso intentó. Porque era nombrar a uno de nosotros, y el mencionado, empezaba a inflarse y a inflarse y a inflarse hasta conseguir flotar. Despegaba un pie, luego el otro y subía como un globo por sobre las tapias del cuartel. El Teniente intentaba asirnos por los tobillos, pero no lo conseguía. Uno a uno lo fuimos dejando con su voz de mando atragantada de tanto gritar y dar órdenes al aire.
Desde lo alto lo vimos caer de rodillas con las manos en la cabeza. Y reímos a pesar de que sabíamos dónde nos habíamos metido. Esquivar los cables eléctricos, las aves, y los disparos que empezaron a arreciar desde tierra, no iba a resultar fácil. Menos aún regresar a tierra sin estallar. Un detalle que no habíamos tenido en cuenta en nuestro perfecto plan.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de este fotograma de la película de 1916 «Maciste alpino», de Giovanni Pastrone:

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por pcollazo | Oct 8, 2016 | En pocas palabras
Ser lobo de cuento moderno es una profesión de riesgo. Desde que se ha instaurado la idea de que los cuentos clásicos dañan la sensibilidad de los niños y son injustificadamente crueles, hemos perdido todo el status que teníamos.
Ya no nos comemos cazadores, y menos que menos adorables abuelitas. Ya no se nos está permitido mentir, para no socavar con males ejemplos las mentes infantiles. Así que si una inocente niña nos confunde con su abuelita (hipotético y poco probable caso ya que no nos podemos comer a la dichosa anciana), y nos dice Abuelita, abuelita que orejas tan grandes tienes… No nos queda más remedio que confesar. Niña, que no soy tu abuelita, que soy el lobo malo y me he disfrazado con su ropa, para ver si cuela y te puedo engatusar y terminar comiéndote… Resultado: la niña sale corriendo, no sin antes sacarse un selfie contigo para presumir entre sus amigas.
Todo el mundo sabe que los lobos corremos más rápido que las niñas. Y más aún si van descalzas por el bosque. Así que, podríamos perfectamente capturarlas y devorarlas, triturando sus nacaradas carnes con nuestras poderosas dentaduras, y salpicando toda la escena de sangre. Pero no. Eso tampoco nos está permitido en los cuentos modernos. ¿Qué hacen los narradores para que no las atrapemos? Pues… lo que sea. Todo les vale. La última niña de rojo con que me topé, comenzó a correr y correr, y cuando estaba a punto de hincarle el diente en su gracioso pie, la muy caperuza empezó a ir más y más rápido, hasta que sin mediar explicación lógica alguna, comenzó a flotar hasta perderse entre las copas de los árboles.
Un insulto a la inteligencia de los niños. ¿Cómo van a creerse semejante tontería? Cuentos… cuentos eran los de antes.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Laura Zalenga.

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