Que siguiera andando, me dijiste. Que el camino me llevaría al pueblo. Y que allí podría pedir ayuda. Fue una decisión difícil. Dejarte sola, a merced de una jauría de lobos que se disputaban la primera fila junto al tronco de tu árbol, no me parecía buena idea. Pero insististe. Ve a casa de tu abuelo y explícale lo que ocurre. Tu voz pretendía firmeza, pero temblaba un poco por sobre los gruñidos de los animales. Me pregunté cuánto tiempo tus débiles piernas te mantendrían encaramada sobre aquella rama que parecía arquearse cada vez más.
Para no ponerte más nerviosa giré y eché a andar. De vez en cuando me volvía para verte hacer aspavientos con la mano derecha indicándome el camino, mientras con la izquierda te sujetabas para no caer.
Hasta después del tercer recodo, no me pregunté por qué los lobos te preferían como presa, y no venían a por mí, con lo sencillo que hubiese resultado alcanzarme. Desde hace tiempo que mis pensamientos son confusos y me lleva tiempo razonar cosas elementales. Pensé en regresar y cuestionar tus órdenes. Pero al final no lo hice. Tengo que buscar al abuelo. Él la salvará, pensé. Pero cuando llegué al pueblo, todo estaba muy cambiado. La casa del abuelo estaba cerrada a cal y canto. En el jardín, las malezas alcanzaban la altura de mi cintura. Y nadie se detenía a mi paso a pesar de mis esfuerzos por pedir ayuda. Como si yo fuera un fantasma, pensé.
Y entonces lo entendí todo. Llevo días intentando encontrar el camino que me devuelva al lugar donde te dejé. Pero no consigo acertar el correcto. Todos los senderos en la montaña se parecen. Las mismas rocas, el mismo musgo, las mismas hierbas creciendo desordenadas. Tal vez todavía esté a tiempo de espantar a esos lobos hambrientos con algún truco barato, aunque en el fondo sé que nada podría hacer. Y que por eso me has obligado a alejarme, para no hacerme pasar el mal trago de verte morir.
Me pusiste a salvo del horror. Como aquella tarde, cuando papá llegó borracho y furioso y cogió la azada del jardín. Huye, cariño, huye, me gritaste. Y yo lo hice. Sin atreverme a mirar atrás. Y me interné por algún sendero en la montaña. Uno de estos mismos que ahora recorro esperando coincidir contigo. Para salvarte, o para decirte que ya no me tienes que salvar. Pero no lo encuentro. Todos los caminos tienen tres recodos, y un ramillete amarillo a la izquierda, y un pinar agusanado, y los ojos brillantes de los animales que acechan. Todos son idénticos. Como la oscuridad.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Juancho Plaza:

