Nunca me atreví a pedirte que nos fotografiáramos juntas. Temía que te negaras. Que vieras en mi deseo de conservar un recuerdo compartido, algún oscuro complot, mi intención de tener un arma cargada con la que poder amenazarte si las cosas se torcían después.
Y yo respetaba tus miedos. Respetaba a rajatabla el cuidado con que cubrías lo nuestro con una pátina de disimulo. Con capas de normalidad tejidas con nombres de campeonatos, de estadios, de pruebas. Éramos compañeras de equipo. Esa era la coartada y el motivo por el que la única fotografía en que salimos ambas, tiene los colores rojinegros de los trajes con que ganamos la prueba de equipos en París. Tiene esos colores y la presencia tranquilizadora de otras cuatro sonrientes atletas. Tú en una punta, yo en la otra. Ni siquiera nos permitimos la cercanía que podría delatarnos.
No me importaban tus desplantes públicos de entonces. El modo en que te empeñabas en que no comiéramos demasiado cerca y en que no compartiéramos asiento durante los largos viajes. Si la entrenadora se entera olvidémonos de nuestras carreras, decías. Y aunque a mí, la carrera no me importaba demasiado, entendía que a ti sí.
Pensaba que era cuestión de tiempo, que la carrera de una atleta es corta y que algún día podríamos ser nosotras sin reglas e instituciones que respetar.
Mi carrera fue más corta, sí. A ti las lesiones te respetaron más. O hiciste que te respetaran. Pero te esperé. Esperé que llegara el día en que te retiraras y volvieras a casa.
Ayer, cuando te creía entrenando en algún país del este de Europa, tu nombre se sumó a la lista de desaparecidos en el tsunami. Al principio me negué a creerlo, pero me lo han confirmado. Estabas en una playa de Indonesia. De luna de miel. Te habías casado con el periodista aquel del que tantas veces nos habíamos reído juntas.
Busqué y rebusqué nuestra foto, la de los trajes rojinegros, para verte sonreír una vez más. No la encontré. En el fondo de la caja en que la guardaba, una nota tuya. En ella me explicabas que te la llevabas porque era lo único que podías conservar de mí. Y de ti siendo quien siempre habías querido ser a mi lado.
Imagino nuestra fotografía arrastrada por una ola gigantesca junto a tu cuerpo. Los trajes rojinegros desvaídos, como nosotras mismas. Tu melena flotando enmarañada de hojas. Y quisiera volver a peinarte una vez más, como lo hacía entonces, cuando salías de la ducha y me sonreías tímida y me mirabas en el espejo mientras yo te cepillaba el pelo. En ese entonces en que yo aún creía que algún día me pedirías que nos hiciéramos juntas una fotografía. Solas. En algún un atardecer.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía perteneciente al proyecto Lost & Found del artista Munemasa Takahashi:

