Salida

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– Se veía venir. Te he dicho que había que cambiar esa cerradura – reprocha mi abuela.

Mi madre la mira con odio.

– Cariño, sal del armario –insiste a mi hermano. Pero él niega tozudo, con algo que confundo con el orgullo. Que no, que no lo hará.

No entiendo por qué discuten sobre cerraduras y armarios, si están sentados en nuestro cuarto. Nadie está encerrado.

– Si papá se entera, me mata – dice él – o se muere.

Entonces comprendo la gravedad del asunto. Mi abuela me manda a la sala. Están hablando cosas de mayores.

Escucho la llave de papá al otro lado de la puerta de casa. Corro a echar el pasador. Habrá que cambiar la cerradura nomás.

 

Llegar a la final anual de REC – Un poco de historia

Llegar a la final anual de REC – Un poco de historia

Desde aquel 5 de marzo de 2014 en que recibí la primera llamada de La Ventana para decirme que estaba en la final semanal de Relatos en Cadena, ha pasado mucho tiempo.

Era la primera vez que participaba, aunque el concurso estaba en su Séptima edición, y esa llamada, aunque mi relato no se clasificara para la final semanal, provocó un giro en mí como escritora.

Escribo desde que puedo recordar. No me acuerdo de mí misma sin escribir. Pero hasta aquel marzo del 2014, no me había planteado el desafío de plasmar una historia en 100 palabras. Sí, era una neófita en esto del microrrelato.

Ahora, más de tres años después, estar en una final anual de REC, pase lo que pase el próximo lunes, significa para mí haber alcanzado una meta, un objetivo que me propuse al terminar aquella llamada en que mi primer microrrelato no pasó de fase. Algún día, iba a llegar a la final anual, me prometí. Y aquí estoy.

No fue sencillo. Los habituales de este concurso que cada vez son más numerosos, saben que no lo es. Que la calidad es muy grande y la cantidad crece y crece, por lo que la esperada llamada, suele no llegar. El truco está en perseverar. Eso es lo único que sé. Que desde aquel marzo del 2014, he mandado relatos semana tras semana, sin dejarme ni  una. Y más de uno en general. Ya que estamos de balance he contabilizado nada menos que 403 relatos enviados a REC desde entonces. 3 finales semanales, 2 mensuales y esta primera esperada final anual.

Pues aquí estoy, más de tres años después, haciendo balance y sintiéndome afortunada por haber recibido aquella primera llamada. Porque fue eso lo que me dio el empujoncito para entrar en este mundo del microrrelato, donde he conocido gente muy valiosa, grandes escritores y personas (con algunos de los cuales tengo el privilegio de compartir esta final).

Le debo mucho a REC. Porque fue la puerta de entrada a una comunidad de escritores en que me siento muy a gusto, y porque pase lo que pase el lunes, no es un sitio del que vaya a querer salir.

El próximo lunes 3 de julio, allí estaré, con los nervios a flor de piel. Y el orgullo, y la alegría de compartir el momento con gente querida.

Gracias a todos por vuestro apoyo durante todo este tiempo.

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Sin fecha de caducidad

El cuatro romano es un tramposo, lo descubrí hoy gracias a que te paraste sobre la silla y lo proclamaste al viento interrumpiendo mi explicación. ¡Si tocaban cuatro íes! ¿Qué se viene a hacer el complicado?, y además, ¿cómo sabe que después va a venir la V,  si él está antes que el cinco? ¡Eso es trampa!

Yo coroné tu alegato con una carcajada que me llenó la boca y empezamos a gritar a dúo ¡Descalificado por tramposo! ¡Queda descalificado! Y hasta creí ver la I y la V dibujadas en el cuaderno, a la derecha del 4, empalidecer con claras intenciones de pasar desapercibidas.

Cerramos las tapas duras para encarcelar al tramposo y darle una buena lección, y volvimos a abrirlas cuando, convertido en juez, consideraste que era suficiente castigo.

Entonces, fuimos a parar al dictado que siempre te causa tanta gracia y otra vez yo, poniendo cara seria pronuncié las palabras que ya sabemos de memoria: “el gusano germano guisó un geranio, mientras su gato guerrero rasgaba la guitarra”. Y tú hiciste la parodia de estar escribiendo cada palabra, y aguantamos la risa hasta que diste vuelta la hoja y vimos el dibujo que habíamos pintado el día que estrenamos las témperas, y el título al pie copiado con tu letra gorda y titubeante: “Gusano guisando geranio”.

A continuación, inevitable, vino el pedido de continuar la historia que había quedado detenida en un renglón, cuando Gustavo, que así habíamos llamado al gusano, guerreaba con un gigante gangoso.

Y empezamos a decir palabras con G hasta encontrar las adecuadas.

– Ya sé, Gustavo gana la guerra y el gigante va a la guillotina – aseguraste, y yo completé la historia inconclusa agregando al final un “pero” misterioso que nos obligara a continuarla la próxima vez.

De ahí, pasar al experimento de la levadura en la botella, fue lo  mas natural. Así, que ya estaba yo subida a la encimera buscando una botella vacía y tú sosteniéndome la silla e indicándome con  tu dedo brújula donde tantear.

Que la hora de la cena nos sorprendiera en la cocina, fue la excusa perfecta para que ejercitaras tus dedos en la botonera del microondas, y  tu lectura en el envase de la mantequilla.

– Má, acá pone “Fecha de caducidad: ocho de octubre”. ¿Tú tienes vencimiento?

Pensé que no, que parada en medio de la cocina, con tu mano enmantecada sacándome el pelo de la cara, no puedo tener vencimiento.

– Uh, nos olvidamos de hacer los deberes – bromeaste al acostarte, como tantas veces, debajo de mi beso toma fiebre.

– No te preocupes, yo le explico a la profe – continué la broma mientras apagaba la luz. Y caminé por el pasillo preguntándome cuanto tiempo más podré hacer durar, tus cuatro años.

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Inicio de temporada

La temporada no había empezado oficialmente, y era la época del año que más le gustaba. Los turistas aún no habían llegado con su prepotencia ganada a fuerza de trabajos mantenidos a disgusto, para vengar madrugadas, palabras ácidas escuchadas a diario, autobuses repletos.

El clima, como queriendo tentarlos con el anzuelo del sol brillante para después doblarles el rostro con una cachetada de tormenta, era perfecto.

El día de playa tan meticulosamente planeado, se presentó de improviso una mañana de sábado, y salió de prisa tras él como para no dejarlo escapar.

Guardó en su bolso algo de fruta, una toalla, el protector solar del año anterior, y la novela. Esa que había estado asentando en el segundo estante de la biblioteca a la espera del momento preciso. Como un vino añejo, en posición horizontal y sólo movida esporádicamente ante limpiezas cada vez más improbables.

Recorrió el centenar de metros que lo separaban de la playa, cargando la silla plegable sobre el hombro desnudo, anticipando el frío irremediable del agua alcanzándole los pies, y calculando la posición exacta en que armaría su pequeño campamento para que el sol no perturbara la lectura.

Como era de esperar, solo dos o tres personas se animaban a la arena tan temprano. Un muchacho con cara de nada que arrojaba a intervalos regulares  una pelota de tenis a un perro gris, que con su misma cara, se la devolvía incansable. Un hombre probando suerte en el muelle, más absorto en el movimiento lejano del puerto, que en los vaivenes de su propia caña, y una pareja caminando por la orilla sin apuro.

Armó la silla baja en el ángulo exacto que le permitiera observar el mar con un golpe de vista, sin quedar completamente de frente para evitar que el viento entorpeciera la lectura; a unos metros de la orilla, ya que aún no era momento de dejarse mojar, sobre un terreno virgen de residuos.

Se descalzó, perdiendo el último vestigio de urbanidad y se sentó con el libro añejado rozándole las rodillas flexionadas.

Los pies, en contacto con la arena fría, el sol entibiándole el torso, el pelo orillándole la frente con los vaivenes prodigados por el viento.

Durante más de una hora leyó casi sin detenerse. Embebió sus pensamientos en esos otros, y por eso, al principio no creyó propia la idea de que tenía mucho frío en los pies. Hasta que se obligó a mirarlos y los descubrió semienterrados en la arena tibia. Si hubiera prestado más atención a sus sensaciones que al renglón que otra vez capturaba su atención, quizás hubiera estado a tiempo.

Dos capítulos después, cuando la molestia en los pies le ganó la pulseada por segunda vez a las palabras escritas, intentó moverlos sin resultado. Creyó que se le habían dormido y quiso estirar las piernas para hacer círculos en el aire. Pero pesaban. La arena le llegaba ahora a los tobillos, comprobó con una mirada extrañada, e intentó ponerse de pie, con la consecuencia lógica de perder el equilibrio ya que los pies no le respondían. Y las rodillas fueron a dar contra la arena sin que por eso las plantas de los pies se separaran ni un centímetro de la superficie rugosa que empezaba a sentir húmeda. Logró volver a encajar su cuerpo en la silla baja y se masajeó las pantorrillas doloridas en el estiramiento. Si la arena estaba húmeda era porque la marea había empezado a crecer y algunas olas lentas llegaban casi hasta su bolso semiabierto a un costado. Lo levantó y hurgó en su interior como buscando algo sin saber qué en realidad.

Después del algunos infructuosos intentos por desenterrar su pie derecho, lo intentó con el izquierdo con más ahínco aún, pero con igual resultado.

Miró a su alrededor para pedir una ayuda absurda. El muchacho del perro estaba a más de cien metros sentado en la arena junto a su mascota mirando absorto el mar. El hombre del muelle, de espaldas, presumiblemente, encarnaba su anzuelo. De la pareja de caminantes, ni rastros.

Hacer todas esas comprobaciones había resultado una pérdida de tiempo, porque no le parecía posible llamar la atención de ninguno de ellos, y al mirar otra vez hacia abajo, comprobó que la arena había avanzado casi hasta las rodillas, y el agua, el agua seguía coqueteando con los hoyos que se habían formado a su alrededor, como planeando escabullirse en ellos en cualquier momento. Al menos la misma arena lo ayudó a ponerse de pie y mantener el equilibrio.

Pensó que cuando finalmente el agua llegara a su altura, la presión empezaría a ceder. Pero no fue así. El agua le mojó los extremos del bañador y se desparramó a su alrededor como vertida sin remedio.

Atinó a apoyar una mano para ejercer una especie de palanca que le permitiera liberar las piernas sin lograrlo. La arena y el agua avanzaban denodadamente y calculó que en diez minutos le llegarían a la cintura.

Los gritos no fueron escuchados por el muchacho del perro, ni por el hombre del muelle, que cuando lo miró, devolvió su gesto de brazo en alto con un saludo amistoso, como si lo creyera sentado y no enterrado en la arena.

El libro había permanecido en su mano derecha y el índice terco marcaba la página que había estado leyendo.

Cuando la arena le llegó a la altura de las axilas, lo apoyó sobre la marea corrediza y comenzó a leer ávidamente, hasta que la sal le inundó los ojos y se hizo imposible seguir.

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Hombre del tiempo

Mira el último tramo de las noticias para aprender las palabras que desgranará en el ascensor ante su somnolienta vecina. Como ella siempre habla del tiempo, pretende impresionarla. Menciona isobaras, anticiclones, presiones, viento de levante, borrascas. Ella lo mira asombrada, no por sus repentinos conocimientos, sino por la escarcha sobre sus hombros, la tormenta eléctrica que anida en su cabeza, y el cielo despejado que amanece en su cinturón. Sonríe complacida.  Puede que sea un friki, pero le gusta.

Un huracán lo atrapa en planta baja. Se aleja. Ella desea con todas sus fuerzas una nevada copiosa que les impida salir al exterior.