por pcollazo | Jul 11, 2017 | En pocas palabras, Premiados
Llegar de madrugada a Ciudad de México no había sido la mejor idea, pero allí estábamos. Y allí estaba la ciudad. Recibiéndonos silenciosa, introvertida, como dándonos la espalda. Su columna vertebral era una calle sombría y estrecha que el taxista cogió con el mismo silencio pertinaz con que nos recibió cuando se nos acercó en el aeropuerto. No había semáforos y el coche atravesaba las bocacalles sin aminorar la marcha. Me aferré con fuerza al bolso que llevaba sobre el regazo, como si presintiera que terminaríamos volando por el aire. No había cinturones de seguridad, ni trabas en las puertas, y la amortiguación había perdido la batalla con aquellas calles mucho tiempo atrás. Nos miramos en la penumbra iluminada de vez en cuando por el brillo tétrico de una bombilla lejana. No hizo falta pronunciar palabra para entendernos. Pare, por favor, dijiste con voz demasiado aguda. Lo repetiste en inglés, en francés y otra vez en español. Le sacudiste el hombro. Le mostraste el papel con el nombre del hotel, como habías hecho al subir, poniéndoselo casi ante los ojos y diciéndole que no, que ya no queríamos llegar hasta allí. Que se detuviera.
Continuó la marcha como si no nos escuchara, aunque ambos le gritábamos que por favor nos permitiese bajar.
Empezaste a buscar en el móvil un número al qué llamar, aunque en aquella ciudad no teníamos a quién pedir auxilio. A la luz de la pantalla, vi la cabeza del hombre y di un grito aterrado. Una maraña de gusanos se desplazaba por su nuca en un trayecto de ida y vuelta entre una oreja y otra. Pero lo peor era el corte justo por debajo. No era reciente. La sangre se había coagulado después de desparramarse por dentro de su camisa, un lago oscuro que se perdía por detrás del respaldo.
Teníamos que salir de allí. A la de tres saltamos, gritaste señalándome con un gesto mi puerta y acercándote a la tuya. Me arrojé con todas mis fuerzas contra mi lado. La puerta cedió bruscamente y rodé por un costado de la carretera, raspándome rostro y manos. El coche siguió su rumbo y yo hice un esfuerzo por incorporarme ignorando los dolores que me salían al encuentro desde todos los rincones de mi cuerpo. ¿Estás ahí?, grité a la oscuridad. El silencio fue la peor de las respuestas. Iluminé la carretera con mi móvil, caminé varios metros arriba y abajo, pero nada. El contenido de mi bolso se había desparramado parcialmente a lo largo de la calzada. Cogí el libro que había estado leyendo en el avión, como aferrándome a algo conocido. De tu lado no había nada, era evidente que no habías podido salir. Comencé a caminar calle arriba intentando encontrarte.
Tal vez nuestro único error no haya sido llegar de madrugada a esta ciudad. Tal vez nunca debimos hacerlo en la madrugada del Día de muertos.
Pasó mucho tiempo hasta que me enteré de que nuestro avión había tenido un accidente. Sin sobrevivientes. Vas conociendo gente y empiezas a comprender. Confío en que tú también estés deambulando por alguna de estas calles en las que nunca amanece. En algún momento, te encontraré.
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por pcollazo | Jul 1, 2017 | En pocas palabras
– Lo único que tienes tú de princesa, es el blanco del ojo – dijo mamá cuando le pedí que me hiciera un traje para la fiesta del cole.
– Se te da tan bien la costura, que podrías… Con esa tela que te sobró del vestido de la comunión de Paquita…
– Quítate esos pajarillos – gruñó.
Bajé la cabeza. Lucir con orgullo un vestido de princesa era mi sueño de siempre. Con volantes y piedrecitas, con diadema, y zapatos dorados.
Soñaba con abrir la caja del maquillaje de mi madre y probarlo. A veces lo hacía a escondidas, pero nunca me animaba a ir más allá de pintarme el dorso de la mano y oler la barra de labios.
– Anda, vete a jugar y déjate de tonterías – insistió mi madre.
Algo se me atragantaba entre la nariz y la garganta.
Mi padre, que entraba en ese momento, vio las lágrimas colgando de mis ojos antes de que me fuera corriendo al cuarto.
– ¿Y ahora qué le pasa a este niño? – escuché que preguntaba.
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por pcollazo | Jul 1, 2017 | En pocas palabras
Abandonan, primero uno y luego el otro, la habitación del hotel. Aunque les espera la misma reunión, en la misma oficina, del mismo rascacielos, les incomoda acudir juntos.
No es el primer viaje de negocios compartido.
Rubén coge el ascensor recordando con nostalgia la eterna complicidad, las horas trabajadas codo a codo. La forma en que naturalmente ese tiempo compartido ha ido trocando de lo profesional a lo personal. No sabe con qué Mauro se encontrará una vez que la reunión con los americanos termine. Teme que sea con un Mauro asustado o arrepentido. Con un Mauro que tire de orgullo masculino para no reconocerse ante este espejo compartido en el que se han mirado por primera vez.
Mientras, Mauro desayuna en un Starbucks. Junta valor para llamar a su mujer. Ella dirá que le echa mucho de menos. Que los niños esperan que regrese pronto, que no olvide que les ha prometido una sorpresa especial. Preguntará qué tal todo, qué tal Rubén y él no sabrá responderle un falso como siempre. Decide no llamar. Bastante difícil resultará verlo trajeado ante los clientes, y no poder evitar recordarlo desnudo y sudoroso sobre la única cama desecha de su cuarto de hotel.
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por pcollazo | Jul 1, 2017 | En pocas palabras
Se casaba de blanco, fundamental para su familia. Su padre la llevaba henchido de orgullo hacia el altar, su madre lagrimeaba en primera fila, y Camila lloraba a moco tendido en la última. El novio poco importaba. El vestido, menos aún. Importaba Camila, a quien todos creían solo su amiga.
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por pcollazo | Jul 1, 2017 | En pocas palabras
Mario cena mirando la tele. Las sobras del domingo o del jueves, no lo sabe. El microondas es su mejor amigo. Mientras lo mira girar, suele contarle qué tal ha ido el trabajo, o que él una vez más, no le ha cogido el teléfono. Cuando su intermitente respuesta llega, interpreta, según el día, que le aconseja tragarse el orgullo e insistir, o mejor darlo por perdido: él no está preparado para salir del armario. Su microondas, que ha sido testigo de tantas solitarias y adustas cenas, suele tener razón. Cuando se equivoca y cuando no. Por eso, prefiere cenar mirando la tele. Últimamente sus pitidos opinan que debería olvidarlo.
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