– Se veía venir. Te he dicho que había que cambiar esa cerradura – reprocha mi abuela.
Mi madre la mira con odio.
– Cariño, sal del armario –insiste a mi hermano. Pero él niega tozudo, con algo que confundo con el orgullo. Que no, que no lo hará.
No entiendo por qué discuten sobre cerraduras y armarios, si están sentados en nuestro cuarto. Nadie está encerrado.
– Si papá se entera, me mata – dice él – o se muere.
Entonces comprendo la gravedad del asunto. Mi abuela me manda a la sala. Están hablando cosas de mayores.
Escucho la llave de papá al otro lado de la puerta de casa. Corro a echar el pasador. Habrá que cambiar la cerradura nomás.
