Mi paso por la final anual de REC 2018/9

Mi paso por la final anual de REC 2018/9

¿Me oyes? Los ecos del lunes 8 de julio aún retumban en las paredes del alma. A veces se me antoja que todo lo vivido aquella jornada ha sido algo de La otra dimensión.

Lo sé, soy una nostálgica, pero me gusta rescatar las risas, los nervios, la complicidad que se generó en el grupo de diez locos soñadores que nos juntamos en la codiciada terraza de la Ser.

Hubiera querido ordenar sin pestañear que no pestañearan. Y que así el momento durara para siempre. Hubiera querido conocer la variación del conjuro “meigas de la noche, ninfas del día… devolvednos la alegría” si eso nos hubiera asegurado que ganábamos los diez.

Pero no hizo falta. María ganó. Los diez ganamos. Ocho de nosotros, el incorporar a nuestros mundos de letras a dos personas maravillosas. Todos, el acuñar el término RECentecianos (Relatos en Cadena – Esta noche te cuento) y emparentar con un lazo ya no virtual estos dos sitios en los que se cuecen grandes letras. Es que tenemos nuestros Corazoncitos. Para que luego digan que los monstruos somos nosotros 🙂

Ahí están mis compañeros RECentecianos, sin imaginarse lo que he venido a decirles. Cruzándose Whatsapps a todas horas. Es que los vínculos que se forjan en verano no se rompen aunque llegue El último día de vacaciones.

Yo intento concentrarme en mis libros, pero aquí estoy, esperando que acabe el truco, porque todo lo que ha pasado me ha parecido mágico. Aunque haya sido muy real.  

Más historia: mi tercera final anual de REC

Más historia: mi tercera final anual de REC

Poco antes de aquella primera final anual de hace dos años, hice un poco de historia. Y ahora toca retomarla, porque la ocasión lo merece.

Envié mi primer relato a este concurso durante su séptima edición, el 5 de marzo de 2014, y ese primer relato quedó finalista semanal. No pasó a la final mensual, pero esa primera llamada provocó en mí un giro como escritora. 

Escribo desde que puedo recordar. No me acuerdo de mí misma sin escribir. Pero hasta aquel marzo del 2014, no me había planteado el desafío de plasmar una historia en 100 palabras. Sí, era una neófita en esto del microrrelato.

Ahora, cinco años después, acumulo muchos lunes felices por la llamada de La Ventana y atesoro dos visitas a la terraza de la Ser que se convertirán en 3 el próximo lunes. En resumen:

  • 7 finales semanales
  • 5 finales mensuales
  • 3 finales anuales

Unos números que marean un poco. Pero que tienen una explicación: mucho empeño y esfuerzo (a cabezadura no me gana nadie) y el apoyo de muchos de vosotros que me habéis votado, me habéis alentado y me habéis hecho sentir que tenía que seguir intentándolo.

No sé qué pasará el lunes. No sé si mi Perseidas resultará elegido o no. Pero lo más importante es que estaré rodeada de gente muy querida, 8 de los 10 finalistas somos de una tribu escritora de raza Enteciana, y sé que los nervios se diluirán en la alegría compartida.

Si queréis acompañarnos a través de las ondas, lo podéis hacer sintonizando la Cadena Ser o en play.cadenaser.com.

Habrá un programa especial el lunes 8 de julio entre las 18 y 19:20 hora española (restad 5 horas amig@s argentin@s) en el que estaremos en directo los finalistas.

¡Os espero!

Rigor mortis en «A voz en cuento»

Rigor mortis en «A voz en cuento»

En estos días he tenido el honor de que José Jesús Rueda acogiera en su casa de «A voz en cuento – Literatura con los ojos cerrados» mi relato Rigor mortis.

Un relato que me ha dado muchas alegrías, a las que ahora se suma una más. La de escucharlo estupendamente narrado por la voz de José Jesús.

En este link podéis escucharlo: Rigor mortis en A voz en cuento

¡Muchas gracias por este regalo, José Jesús!

Paraíso

Paraíso

Las mañanas, si no llueve sobre la isla, son angustiantes. Vigilo con temor el cielo. Si una avioneta nos sobrevolara, podría localizarnos. Ella, en cambio, lo mira esperanzada.  A diario le ayudo a reescribir la palabra SOS con hojas de palmera sobre la arena, pero en cuanto se distrae, me aseguro de que quede convertida en un amasijo de ramas que parezca natural.

No me animo a sincerarme, a decirle que ya no soy quien ella cree. La observo acercarse cargada de papayas y con los labios húmedos de leche de coco. Hago un esfuerzo para no besarla.

Simulando estar absorta, miro el horizonte.

Bruma, reina de los mares

Bruma, reina de los mares

No creo que pueda pedirse algo mejor, murmuró el pirata atisbando el horizonte. Un majestuoso galeón se había puesto inocentemente a tiro de cañón. Su experiencia le indicaba, que dada la ruta que seguía, y la época del año, había una alta probabilidad de que estuviera cargado de exquisitas especias y sedas.

Bajó el catalejo y escrudiñó la cubierta. Nada. Parecía abandonado. Una trampa elemental. La tripulación del barco acechado permanecería oculta para intentar sorprenderles durante el abordaje. Ordenó a los suyos mantenerse alerta y esperar. El atardecer sería el momento propicio para actuar.

Arriaron las velas, echaron el ancla y despejaron las bodegas para hacerle sitio a la nueva carga.

Mientras esperaban, procuró mantener bajo control la impulsividad de sus hombres que pugnaban por acercarse y proceder de inmediato. Sabía que tantos días en altamar, les alteraba hasta el punto de convertirles en una especie de bestias rabiosas que sólo pensaban en matar, robar, y festejar luego, bebiendo hasta el amanecer.

El primer grupo de guardia tomo posiciones a estribor, que era el punto que mayor visibilidad tenía. Cierto era que una estrecha franja del galeón quedaba fuera del alcance de sus catalejos. Pero más no podían hacer.

Si algo sabía el capitán, era esperar el momento propicio. No fue necesario hacerlo durante mucho tiempo. A las pocas horas, uno de sus hombres, dio la señal de alerta. Algo se movía lentamente en ell galeón.

Era cierto que la quietud parecía casi intacta. A excepción de una tela oscura y una soga que se movían como reptando sobre la cubierta.

Estaban planeando algo. Tal vez no fuera tan buena idea dejarles tanto tiempo para pensar. Había que actuar.

En cuestión de minutos toda su tripulación estaba preparada en cubierta. Llevaban tiempo trabajando juntos y no necesitaba detallar la maniobra para que la ejecutaran a la perfección.

Mientras sus hombres actuaban, el pirata observaba por el catalejo. Demoraron más tiempo del esperado en tomar el galeón. Cuando estaba empezando a preocuparse, se hicieron visibles levantando los puños en señal de triunfo. Sólo arrastraban a un prisionero con ellos.

Al poco tiempo, lo tenía enfrente. Y no era un prisionero, era una prisionera.

—Estaba sola —explicaron aún confundidos —Dice llamarse Bruma. Y tuvimos que emplearnos a fondo para poder con ella.

— ¿Y el botín?

—El mayor de todos los que hemos conseguido hasta ahora.

El pirata sonrió satisfecho mientras observaba a la mujer, que a pesar de tener las manos atadas a la espalda, lo miraba desafiante.

— ¿Así que Bruma?

La mujer no respondió. Sólo permitió que una sonrisa burlona se le asomara a los labios.

Hizo que la condujeran a la plancha. Ella se negó a caminar, retándolo a matarla si era tan valiente como para hacerlo.

Bastó con mirarla a los sugerentes ojos para entender el origen de su nombre.

—Venga, Bruma. En el agua tal vez tengas alguna posibilidad de salvarte. Si es que los tiburones se apiadan de ti…

—Mátame, bravucón —contestó con voz firme. Como si no estuviera entre la espada y la pared. Como si en verdad supiera que tenía una escapatoria clara.

—Eres valiente. Pero eso no alcanza. Camina por la plancha si no quieres conocer el frío de mi espada

—Pues si tú eres más valiente que yo, peleemos en igualdad de condiciones. Suéltame y dame una espada. Veremos quién gana.

Él sonrió fascinado. La mujer tenía agallas. Le gustaba.

—Tendrás que poder conmigo y con todos mis hombres

—Lo intentaré

Los hombres empezaron a vociferar a sus espaldas.

—Libérela, capitán…. Queremos un poco de diversión… La chica está como para comérsela…

Él la miró hechizado. Ella no temblaba ni bajaba la mirada.

No quería que se convirtiera en carnada de esa banda de energúmenos. Prefería matarla él mismo y sin pensarlo más.

—Avanza, Bruma. Estarás mejor en el agua que aquí. Estos tipos son unas bestias, y si les doy vía libre serían capaces….

Ella no respondió. Sólo se movió un poco hacia atrás, como tomando impulso y le escupió directamente a los ojos.

Cogió al pirata tan desprevenido, que tambaleó momentáneamente cegado, y a continuación intentó limpiarse sin éxito restregándose los ojos con la mano del flamante garfio. Torpeza que le dejó ciego justo antes de que ella le diera un suave empujón para hacerlo caer desde la plancha a las encrespadas olas.

Los hombres se alarmaron. Algunos se tiraron al agua intentando socorrer a su capitán. Otros se mantuvieron en cubierta mirando incrédulos a la mujer que con las manos atadas, había podido con un viejo y curtido lobo de mar.

La mujer aprovechó el momento de confusión para ponerse a salvo en cubierta.

Los cuatro hombres que no estaban en el agua intentando escapar de los tiburones, miraban sobre la borda, sin saber qué hacer para ayudarlos. Un par de ellos les tiraron una cuerda mientras los otros dos, seguían contemplando a la mujer maniatada como si se tratara de una aparición.

Ella avanzó firme hasta ponerse frente a ambos y extendió sus manos:

—Necesitáis ayuda. Cortadme estas correas.

Los gritos desesperados de sus compañeros llegaban desde el agua.

Uno de ellos, hipnotizado, liberó a Bruma.

Bruma se puso al mando de inmediato. Lograron salvar a toda la tripulación a excepción del capitán que arrastrado por el oleaje había quedado a la merced de unos cuantos tiburones.

Los hombres, exhaustos, se derrumbaron en cubierta.

Ninguno de ellos se opuso cuando Bruma dispuso pasar la noche en altamar para al amanecer, remolcar su galeón hasta el puerto más cercano.

Allí vendieron ambas naves junto con su carga y zarparon en una nueva y poderosa embarcación con provisiones suficientes como para pasar una larga temporada en altamar.

Fue así como nació el famoso mito de Bruma, reina de los mares.