Las mañanas, si no llueve sobre la isla, son angustiantes. Vigilo con temor el cielo. Si una avioneta nos sobrevolara, podría localizarnos. Ella, en cambio, lo mira esperanzada.  A diario le ayudo a reescribir la palabra SOS con hojas de palmera sobre la arena, pero en cuanto se distrae, me aseguro de que quede convertida en un amasijo de ramas que parezca natural.

No me animo a sincerarme, a decirle que ya no soy quien ella cree. La observo acercarse cargada de papayas y con los labios húmedos de leche de coco. Hago un esfuerzo para no besarla.

Simulando estar absorta, miro el horizonte.

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