No creo que pueda pedirse algo mejor, murmuró el pirata atisbando el horizonte. Un majestuoso galeón se había puesto inocentemente a tiro de cañón. Su experiencia le indicaba, que dada la ruta que seguía, y la época del año, había una alta probabilidad de que estuviera cargado de exquisitas especias y sedas.

Bajó el catalejo y escrudiñó la cubierta. Nada. Parecía abandonado. Una trampa elemental. La tripulación del barco acechado permanecería oculta para intentar sorprenderles durante el abordaje. Ordenó a los suyos mantenerse alerta y esperar. El atardecer sería el momento propicio para actuar.

Arriaron las velas, echaron el ancla y despejaron las bodegas para hacerle sitio a la nueva carga.

Mientras esperaban, procuró mantener bajo control la impulsividad de sus hombres que pugnaban por acercarse y proceder de inmediato. Sabía que tantos días en altamar, les alteraba hasta el punto de convertirles en una especie de bestias rabiosas que sólo pensaban en matar, robar, y festejar luego, bebiendo hasta el amanecer.

El primer grupo de guardia tomo posiciones a estribor, que era el punto que mayor visibilidad tenía. Cierto era que una estrecha franja del galeón quedaba fuera del alcance de sus catalejos. Pero más no podían hacer.

Si algo sabía el capitán, era esperar el momento propicio. No fue necesario hacerlo durante mucho tiempo. A las pocas horas, uno de sus hombres, dio la señal de alerta. Algo se movía lentamente en ell galeón.

Era cierto que la quietud parecía casi intacta. A excepción de una tela oscura y una soga que se movían como reptando sobre la cubierta.

Estaban planeando algo. Tal vez no fuera tan buena idea dejarles tanto tiempo para pensar. Había que actuar.

En cuestión de minutos toda su tripulación estaba preparada en cubierta. Llevaban tiempo trabajando juntos y no necesitaba detallar la maniobra para que la ejecutaran a la perfección.

Mientras sus hombres actuaban, el pirata observaba por el catalejo. Demoraron más tiempo del esperado en tomar el galeón. Cuando estaba empezando a preocuparse, se hicieron visibles levantando los puños en señal de triunfo. Sólo arrastraban a un prisionero con ellos.

Al poco tiempo, lo tenía enfrente. Y no era un prisionero, era una prisionera.

—Estaba sola —explicaron aún confundidos —Dice llamarse Bruma. Y tuvimos que emplearnos a fondo para poder con ella.

— ¿Y el botín?

—El mayor de todos los que hemos conseguido hasta ahora.

El pirata sonrió satisfecho mientras observaba a la mujer, que a pesar de tener las manos atadas a la espalda, lo miraba desafiante.

— ¿Así que Bruma?

La mujer no respondió. Sólo permitió que una sonrisa burlona se le asomara a los labios.

Hizo que la condujeran a la plancha. Ella se negó a caminar, retándolo a matarla si era tan valiente como para hacerlo.

Bastó con mirarla a los sugerentes ojos para entender el origen de su nombre.

—Venga, Bruma. En el agua tal vez tengas alguna posibilidad de salvarte. Si es que los tiburones se apiadan de ti…

—Mátame, bravucón —contestó con voz firme. Como si no estuviera entre la espada y la pared. Como si en verdad supiera que tenía una escapatoria clara.

—Eres valiente. Pero eso no alcanza. Camina por la plancha si no quieres conocer el frío de mi espada

—Pues si tú eres más valiente que yo, peleemos en igualdad de condiciones. Suéltame y dame una espada. Veremos quién gana.

Él sonrió fascinado. La mujer tenía agallas. Le gustaba.

—Tendrás que poder conmigo y con todos mis hombres

—Lo intentaré

Los hombres empezaron a vociferar a sus espaldas.

—Libérela, capitán…. Queremos un poco de diversión… La chica está como para comérsela…

Él la miró hechizado. Ella no temblaba ni bajaba la mirada.

No quería que se convirtiera en carnada de esa banda de energúmenos. Prefería matarla él mismo y sin pensarlo más.

—Avanza, Bruma. Estarás mejor en el agua que aquí. Estos tipos son unas bestias, y si les doy vía libre serían capaces….

Ella no respondió. Sólo se movió un poco hacia atrás, como tomando impulso y le escupió directamente a los ojos.

Cogió al pirata tan desprevenido, que tambaleó momentáneamente cegado, y a continuación intentó limpiarse sin éxito restregándose los ojos con la mano del flamante garfio. Torpeza que le dejó ciego justo antes de que ella le diera un suave empujón para hacerlo caer desde la plancha a las encrespadas olas.

Los hombres se alarmaron. Algunos se tiraron al agua intentando socorrer a su capitán. Otros se mantuvieron en cubierta mirando incrédulos a la mujer que con las manos atadas, había podido con un viejo y curtido lobo de mar.

La mujer aprovechó el momento de confusión para ponerse a salvo en cubierta.

Los cuatro hombres que no estaban en el agua intentando escapar de los tiburones, miraban sobre la borda, sin saber qué hacer para ayudarlos. Un par de ellos les tiraron una cuerda mientras los otros dos, seguían contemplando a la mujer maniatada como si se tratara de una aparición.

Ella avanzó firme hasta ponerse frente a ambos y extendió sus manos:

—Necesitáis ayuda. Cortadme estas correas.

Los gritos desesperados de sus compañeros llegaban desde el agua.

Uno de ellos, hipnotizado, liberó a Bruma.

Bruma se puso al mando de inmediato. Lograron salvar a toda la tripulación a excepción del capitán que arrastrado por el oleaje había quedado a la merced de unos cuantos tiburones.

Los hombres, exhaustos, se derrumbaron en cubierta.

Ninguno de ellos se opuso cuando Bruma dispuso pasar la noche en altamar para al amanecer, remolcar su galeón hasta el puerto más cercano.

Allí vendieron ambas naves junto con su carga y zarparon en una nueva y poderosa embarcación con provisiones suficientes como para pasar una larga temporada en altamar.

Fue así como nació el famoso mito de Bruma, reina de los mares.

 

 

A %d blogueros les gusta esto: