por pcollazo | Oct 22, 2020 | En pocas palabras
Para Juan, ese
hermano que no fue mi hermano
Hace un año la tristeza me atravesaba y no dejaba hueco para
nada más que no fuera pensar que había perdido al hermano que nunca tuve hasta
que entraste en mi vida.
Hoy, la tristeza de saber que no te volveré a abrazar, de
que no volverás a saludarme diciendo “¿qué hacés, nena?”, sigue ahí. Pero al
menos puedo entenderla. Puedo ponerle nombre y apellidos y puedo saber que no
te he perdido. Que te he ganado. Que cada uno de esos recuerdos de que alimento
tu imagen cuando te pienso, y lo hago muy a menudo, tienen signo positivo. Y
que valió la pena tener que pasar por el dolor de perderte a cambio de haberte
tenido en mi vida.
Ahí estás, enseñándome a andar en bicicleta sin rueditas y
corriendo a mi lado por El Tala. Siempre te dije que sabía que lo habías hecho
para hacer méritos, no sé si con tu futura esposa, con tus futuros suegros o
con esta cuñada demasiado chica que te tocó. Pero en realidad creo que lo
hiciste porque me querías regalar ese primer recuerdo tuyo. El del momento en
que empezarías a ser mi hermano mayor.
Estás también en mi primera salida “de noche”, en mi primer
concierto, en mi primera manifestación justo antes de que volviera la
democracia. Estás en la sobremesa de los domingos discutiendo de cualquier cosa
con mi papá y diciéndole a mi mamá “Suegra, su hija no sabe cocinar”.
Estás montado en un cuatriciclo entre los médanos con un
casco de oso en la cabeza y en una guardia de hospital con la rodilla averiada.
Estamos jugando al tenis parejas mixtas: vos con Andrea, yo con mi papá. Estás
recibiéndome en Barajas cuando llegaba muerta de miedo.
Estás cortando la comida en tu plato con milimétrica precisión,
mezclando ensalada rusa y salsa de tomate, y dándole algo a cualquiera de los
perros de la familia, que invariablemente se sentaban a tu lado a la hora de la
comida.
Estamos en Sierra de la Ventana dentro de una carpa dentro
de la cual llovía casi más que afuera. Estás cocinando algo rico en el disco o haciendo
un asado en Toledo. Estás abrazando a mis hijos, aconsejándoles siempre cosas
que les hicieran abrir la cabeza. Estás fumando en mi balcón acompañado por
alguno de ellos que adoraban hablar de lo que fuera con su tío Juan.
Estás provocando a los barcelonistas de la familia, luciendo
orgulloso tu camiseta de Boca, o gritando envuelto en celeste y blanco cuando
jugaba Argentina. Estás escribiendo algo en un papel con esa letra increíblemente
pareja y perfecta. Estás diciéndome “Nena, lo que vos tenés que hacer…” aunque
yo ya tuviera más de cincuenta.
Imposible perderte. Estás, estamos, estás, siempre estás, y
eso es lo importante. De aquí no te mueve nadie, mi querido hermano mayor.
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por pcollazo | Oct 12, 2020 | En pocas palabras
Al
final vinieron con el abogado. Como si traer a un extraño, pudiera hacerme
cambiar de opinión. Con el argumento de que me querían proteger, decidieron que
ya era hora de ejecutar mi degradación: de respetable padre a calientasillas en
un asilo.
—Tú ya
no estás para esto papá —volvió a argumentar el mayor.
—El
abogado ha venido para asesorarte para que dejes todo bien atado. Nos lo
agradecerás —dijo su hermano.
—Yo
iré a verte cada semana —aportó la menor a la diversidad de razones con que
querían convencerme de que estar encerrado en un ecosistema preparado para
albergar ancianos decrépitos, era mi mejor opción.
“Estás
muy lejos, no podemos estar pendiente de ti”, “Contrataremos a alguien que
cuide de los animales”, “Papá, tú ya lo has hecho todo, es hora de que
descanses”, fueron los argumentos que repitieron hasta el cansancio.
Hasta
mí cansancio, porque ellos no parecían cansarse. Solo fruncían la nariz cuando
una gallina cacareaba y cagaba junto a sus impecables zapatos de piel. Como si
nunca hubieran vivido aquí, como si nunca se hubieran ensuciado las manos
hurgando entre la paja para recoger los huevos.
Nadie
sabrá cuidar de mis animales como yo. Pero para qué decírselos. Creen que el
dinero todo lo consigue. Además, no estoy cansado en absoluto. Si descansar es
estar en un sitio plagado de viejos locos esperando que llegue la hora de ver
el programa de cotilleos de la tarde, pues no lo necesito.
Además,
los que están lejos son ellos y no yo. Ellos son los que marcharon lejos, a esa
seductora ciudad que tanto los atraía y tan poco les ha dado: unos pantalones
que se ensucian en cuanto pisan la finca, unos zapatos inservibles para andar
por los senderos y trepar a los árboles, unos pelos engominados y unas miradas
adustas e infelices.
—Sus
hijos me han pedido que le ayude —pronunció el abogado, del que ya no me
acordaba. Un hombre trajeado, fuera de lugar en el corral lleno de gallinas
donde me habían encontrado.
—Perfecto.
Usted vaya recogiendo los huevos de los ponederos mientras yo voy a por
estiércol, luego me ayuda a abonar la finca.
El
hombre me miró horrorizado. Cuando regresé con el estiércol, ya no estaba.
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por pcollazo | Oct 5, 2020 | Cuentos enredados, Premiados
Mi madre no suele tener
razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido
mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo
momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.
De pequeños, bastaba
con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que
termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.
Hacer el tonto podía
ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos.
Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por
la calle, era para ella hacer el tonto.
Recuerdo aquella tarde
en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que
soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio,
que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de
cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su
esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis
platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su
diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con
ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa
asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco
años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con
reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como
siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la
suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá
intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe
que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo. Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a
temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en
el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma
confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta
hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos,
tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los
ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el
inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con
mucha paciencia y que quedaría como nueva.
La pegamos con mucha
paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su
caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las
delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis
muñecas.
Allí quedó la caja, en
el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no
tocarla, de vez en vez.
Cuando insistía mucho a
mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en
ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo
decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba
por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera
elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me
recordaban mi torpeza.
No me atrevía ni a
acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que
toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo
todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el
estante más alto, dando por terminada mi visita.
Era como si yo tuviera
un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera
acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.
Un régimen como al que
mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan
los dieciséis.
Para entonces, Juan
pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas
en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a
pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que
teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto.
Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí
se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba
callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que
echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que
había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos.
Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente
entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las
estadísticas nunca fallan.
Que mis padres se
separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia
a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me
miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba
murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban
la víctima de toda la situación.
No me sorprendía que
les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo
sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí
la más dolorosa.
No era algo que hablara
con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez
en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría
de algún modo justificarla.
Y es que Amelia, (así
la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar
de lo que veían mis propios ojos. Y lo que veían o habían visto, era lo
suficientemente cruel como para querer borrarlo.
Juan no era delicado,
ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba
enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo
entendía.
Cierto era que desde
que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente.
Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una
adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado
en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y
los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que
mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.
Cuando mi madre me veía
entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente
me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.
Al tiempo, cansada de
sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá
intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas,
pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.
Han pasado cinco años
desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos
a verla.
De todo aquello, a mi
madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en
un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice,
no es la de ella.
Papá nunca levantó
cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y
nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.
Hoy, de regreso de mi
última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar
encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el
estante superior de la biblioteca.
Una capa de tierra cubre
la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el
aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado
por el atardecer que se cuela por la ventana.
– ¿Qué haces niña? – dice
mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.
Bajo de la silla de un
salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de
ayer.
Una a una voy sacando
las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la
preciada tetera.
Todo es mucho más
pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.
Mi padre se acerca
curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.
– Pero… ¿de dónde salió
esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.
Juan llega de la
universidad y lo convenzo de que se siente
junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con
esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.
Cierto es que el agua
empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas,
pero no nos importa.
Reímos sin poder parar
y hablamos de cosas prohibidas, y brindamos
con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni
leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las
entrechocamos una con otra innumerables
veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como
nueva.
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