Al final vinieron con el abogado. Como si traer a un extraño, pudiera hacerme cambiar de opinión. Con el argumento de que me querían proteger, decidieron que ya era hora de ejecutar mi degradación: de respetable padre a calientasillas en un asilo.

—Tú ya no estás para esto papá —volvió a argumentar el mayor.

—El abogado ha venido para asesorarte para que dejes todo bien atado. Nos lo agradecerás —dijo su hermano.

—Yo iré a verte cada semana —aportó la menor a la diversidad de razones con que querían convencerme de que estar encerrado en un ecosistema preparado para albergar ancianos decrépitos, era mi mejor opción.

“Estás muy lejos, no podemos estar pendiente de ti”, “Contrataremos a alguien que cuide de los animales”, “Papá, tú ya lo has hecho todo, es hora de que descanses”, fueron los argumentos que repitieron hasta el cansancio.

Hasta mí cansancio, porque ellos no parecían cansarse. Solo fruncían la nariz cuando una gallina cacareaba y cagaba junto a sus impecables zapatos de piel. Como si nunca hubieran vivido aquí, como si nunca se hubieran ensuciado las manos hurgando entre la paja para recoger los huevos.

Nadie sabrá cuidar de mis animales como yo. Pero para qué decírselos. Creen que el dinero todo lo consigue. Además, no estoy cansado en absoluto. Si descansar es estar en un sitio plagado de viejos locos esperando que llegue la hora de ver el programa de cotilleos de la tarde, pues no lo necesito.

Además, los que están lejos son ellos y no yo. Ellos son los que marcharon lejos, a esa seductora ciudad que tanto los atraía y tan poco les ha dado: unos pantalones que se ensucian en cuanto pisan la finca, unos zapatos inservibles para andar por los senderos y trepar a los árboles, unos pelos engominados y unas miradas adustas e infelices.

—Sus hijos me han pedido que le ayude —pronunció el abogado, del que ya no me acordaba. Un hombre trajeado, fuera de lugar en el corral lleno de gallinas donde me habían encontrado.

—Perfecto. Usted vaya recogiendo los huevos de los ponederos mientras yo voy a por estiércol, luego me ayuda a abonar la finca.

El hombre me miró horrorizado. Cuando regresé con el estiércol, ya no estaba.

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