Para Juan, ese hermano que no fue mi hermano

Hace un año la tristeza me atravesaba y no dejaba hueco para nada más que no fuera pensar que había perdido al hermano que nunca tuve hasta que entraste en mi vida.

Hoy, la tristeza de saber que no te volveré a abrazar, de que no volverás a saludarme diciendo “¿qué hacés, nena?”, sigue ahí. Pero al menos puedo entenderla. Puedo ponerle nombre y apellidos y puedo saber que no te he perdido. Que te he ganado. Que cada uno de esos recuerdos de que alimento tu imagen cuando te pienso, y lo hago muy a menudo, tienen signo positivo. Y que valió la pena tener que pasar por el dolor de perderte a cambio de haberte tenido en mi vida.

Ahí estás, enseñándome a andar en bicicleta sin rueditas y corriendo a mi lado por El Tala. Siempre te dije que sabía que lo habías hecho para hacer méritos, no sé si con tu futura esposa, con tus futuros suegros o con esta cuñada demasiado chica que te tocó. Pero en realidad creo que lo hiciste porque me querías regalar ese primer recuerdo tuyo. El del momento en que empezarías a ser mi hermano mayor.

Estás también en mi primera salida “de noche”, en mi primer concierto, en mi primera manifestación justo antes de que volviera la democracia. Estás en la sobremesa de los domingos discutiendo de cualquier cosa con mi papá y diciéndole a mi mamá “Suegra, su hija no sabe cocinar”.

Estás montado en un cuatriciclo entre los médanos con un casco de oso en la cabeza y en una guardia de hospital con la rodilla averiada. Estamos jugando al tenis parejas mixtas: vos con Andrea, yo con mi papá. Estás recibiéndome en Barajas cuando llegaba muerta de miedo.

Estás cortando la comida en tu plato con milimétrica precisión, mezclando ensalada rusa y salsa de tomate, y dándole algo a cualquiera de los perros de la familia, que invariablemente se sentaban a tu lado a la hora de la comida.

Estamos en Sierra de la Ventana dentro de una carpa dentro de la cual llovía casi más que afuera. Estás cocinando algo rico en el disco o haciendo un asado en Toledo. Estás abrazando a mis hijos, aconsejándoles siempre cosas que les hicieran abrir la cabeza. Estás fumando en mi balcón acompañado por alguno de ellos que adoraban hablar de lo que fuera con su tío Juan.

Estás provocando a los barcelonistas de la familia, luciendo orgulloso tu camiseta de Boca, o gritando envuelto en celeste y blanco cuando jugaba Argentina. Estás escribiendo algo en un papel con esa letra increíblemente pareja y perfecta. Estás diciéndome “Nena, lo que vos tenés que hacer…” aunque yo ya tuviera más de cincuenta.

Imposible perderte. Estás, estamos, estás, siempre estás, y eso es lo importante. De aquí no te mueve nadie, mi querido hermano mayor.

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