Llame ya

Llame ya

Llame ya

Le confesé a mi padre lo que había hecho: comprarlo en la teletienda. Me miró por encima de la montura de sus gafas y esbozó una sonrisa socarrona. No me creyó. Como en sus recuerdos siempre ha vivido en el seno de una familia bien avenida, no entiende el concepto de soledad. Además, desde que está fuera de garantía, se ha vuelto más desconfiado, y he empezado a notarle los primeros achaques: cierta cojera al caminar, pérdida de la audición, manchas en la piel, y un toque cascarrabias que nunca había tenido y que lo hace muchísimo más querible.

Oscuridad

Oscuridad

Era de noche y fuera del coche llovía a cántaros.

—Nada de lloriqueos —había dicho mi padre mientras arrancaba. Cuando ponía esa voz y esa cara, se le obedecía sin rechistar. Pero Alba y Tito lloraban a moco tendido. Y yo, por contagio, otro tanto.

— ¿Es que no habéis visto lo que les pasa a los quejicas?

Yo no entendía a qué se refería, hasta que, de rodillas en el asiento trasero, vi a través de la luna, al abuelo blandir su bastón y cojear desesperado detrás de nuestro coche, mientras nos alejábamos a toda prisa de la estación de servicio.

Fragmentos

Fragmentos

Sufriendo lo indecible por amor, mamá había recortado todas las fotografías en las que aparecía papá. Por eso, su rostro fue desvaneciéndose en mi mente. Había intentado retenerlo sin conseguirlo.

Llegada la adolescencia ya no lo recordaba con nitidez. Un bigote, una barba, ¿o era una perilla? Odié a mamá. Porque la adolescencia era el momento de hacerlo, y por robarme la posibilidad de cotejar mis recuerdos.

Mucho después, cuando ella murió, descubrí su otro álbum de fotografías. Ese en el que guardaba los fragmentos robados a las oficiales. Sentí pena por ella. Pero más, por el desconocido que me miraba solitario desde aquellas páginas.

Cerca del Polo

Cerca del Polo

Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Nacho dormía abrazado a su pingüino de peluche.

— ¿Podemos irnos de aquí, mamá? – había dicho, en uno de los momentos en los que la medicación le había dado una tregua – ¡Mi pingüino necesita hielo!

Encendió un cigarrillo. Apoyada contra la pared exterior del hospital, observó los canastos llenos de ropa limpia. Recordó que allí mismo estaban el día en que había llegado a Urgencias con la alegría del inminente nacimiento. Seis años después, Nacho otra vez allí, pero para morir. Al menos eso afirmaban los médicos de rostros adustos.

Sin pensarlo, sobre una silla de ruedas, apiló gran cantidad de sábanas y toallas blancas y comenzó a empujar hacia el ascensor.

Cuando Nacho despertó, en su habitación se había instalado el Polo Sur. Él y su pingüino palmearon de alegría.

Genes

Genes

Si dijera que sentí dolor, mentiría. Solo una presión fuerte en el abdomen. El médico empujaba con toda su fuerza sobre mí. Ya sale, dijo. Y el vacío interior. Algo no va bien, pensé, debería llorar. Lloraste. Te acercaron envuelta en una sábana. Roja, con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Te apoyaron sobre mi pecho. Olías a mar y tenías el pelo largo, como tejido con algas. Lloré emocionada sobre tu cabecita. Entonces empezaste a cantar. Bueno, al menos algo ha sacado de mí, me dije después de tantear bajo la sábana y comprobar que como tu padre, tenias dos potentes piernas. Una, de madera.

Genes

Pacto de silencio

Había escrito cientos de veces “te quiero”. Quince en el espejo empañado, veintitrés en la contratapa del diccionario que ella nunca consultaba. Catorce a lo largo del zócalo, treinta en las páginas arrancadas del calendario durante el último mes. Escondió ocho entre las hojas del helecho, cinco debajo del felpudo y otros dieciséis en un bloque de hielo en el congelador.

Así, no traicionaba el pacto que tenían diciéndoselo y no se traicionaba a sí mismo ocultándolo.

Ella,  esperaba que algún día él leyera el “Yo tampoco” que se había tatuado en un sitio secreto de su anatomía.