Había escrito cientos de veces “te quiero”. Quince en el espejo empañado, veintitrés en la contratapa del diccionario que ella nunca consultaba. Catorce a lo largo del zócalo, treinta en las páginas arrancadas del calendario durante el último mes. Escondió ocho entre las hojas del helecho, cinco debajo del felpudo y otros dieciséis en un bloque de hielo en el congelador.
Así, no traicionaba el pacto que tenían diciéndoselo y no se traicionaba a sí mismo ocultándolo.
Ella, esperaba que algún día él leyera el “Yo tampoco” que se había tatuado en un sitio secreto de su anatomía.

Pues «yo también» tengo que decirte que me gusta, me gusta mucho.
¡Muchas gracias, Margarita!!