Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. El sol del mediodía entraba por las ventanas y el conde no estaba allí. No quise alarmar a la servidumbre, pero enseguida supe que algo malo ocurría. Empezaba a anochecer cuando lo encontré, más pálido que nunca y herido de vida a orillas del lago. La cabeza apoyada sobre el regazo de ella, que le acariciaba el cabello entonando una triste melodía. Él sonreía en una mueca esdrújula. El cuello blanco e intacto de ella me indicó que el conde había encontrado el anillo para su dedo. La noche cayó, los dejé solos. El conde, nunca más volvió al castillo.