Sin saber por qué, le di un puñetazo y luego otro, y una patada en los riñones cuando, doblado en dos, se desplomó a mis pies. Cobarde, se protegía la cabeza. Era sencillo encontrar huecos donde encajar los puntapiés que le propinaba sin detenerme, ignorando cómo sabía combinar aquella secuencia de movimientos que no le daban respiro. Ya no recordaba por qué estábamos en la calzada, iluminados por los faros de nuestros coches, mientras los curiosos se arremolinaban intentando sin éxito, separarnos. Lo consiguió una voz llorosa que por suerte se coló en mi conciencia cuando la espiral me absorbía. – Papá…. Aparcamos en otro sitio, papá…. vámonos