Recluida en el pozo seco, pronto se callará. Las demás lo han hecho, será cuestión de pocos días, dice. No puedo soportar sus gritos. Es una niña, padre. Apenas una niña. Él me mira condescendiente y no responde. Desde el púlpito nos exige que recemos. Así salvaremos las almas de nuestras niñas. E impediremos que sufran más. El hambre es muy dura, repite. Les evitaremos más dolor.
Rezo con fuerzas esa oración que nos enseñó. No entiendo lo que digo. Sigo escuchando el llanto. Deseo bajar a morir con ella. Pero el pozo es estrecho y hay que tener las caderas muy delgadas para poder entrar en él.