Había escrito cien veces: te quiero y otras cien lo había borrado. Cien veces había albergado las palabras entre la lengua y el paladar y otras tantas se las había tragado, la t y la q raspándole la tráquea. Cien veces la había acariciado en sueños, le había comprado flores que terminaba echando en contenedores, se había trepado a su balcón para bajar a trompicones cuando intuía su silueta detrás de las cortinas. Tal reverencial temor se deshizo en el aire la noche en que la descubrió desnuda y borracha en brazos de otro poeta. Desde entonces escribe compulsivamente. Ha dejado de creer en las musas.