Las besa con suma conciencia para no equivocarse: a la Virgen Descalza, en los pies, reverenciando su fatigoso caminar para salvar a su pueblo; a Santa Todoria, en las manos, teñidas de la sangre vertida por los demás. Después, las retira de su mesilla de noche. A una, la coloca en un cajón, y a la otra sobre el armario, donde no se ve. No dentro, porque lo de sacar una santa del armario, le suena mal. Luego, abotona su sotana, pensando en cuánto le gusta a ella desabrocharla poco a poco. Se peina frente al espejo, gira las estampitas, y la invita a pasar.
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