Siempre me he creído asimétrica. Al menos con respecto a los ejes conocidos. Por más que me acercara al eje de ordenadas, no conseguía aceptar ninguna orden. Quizá, porque  la primera y más importante de ellas en mi familia, era encontrar un marido.

Desechado el eje de ordenadas, lo intenté con el eje equis. Otro fracaso. Nunca me gustaron las ambigüedades, el camuflarme detrás de una incógnita, los fingimientos, vamos, otro de los pilares del orgullo en mi círculo familiar.

Por eso me salí del círculo, y avancé sin rumbo, sin traza, sin dirección fija. Conocí planos inclinados, concavidades insospechadas, espacios de dimensiones no catalogadas.

Hasta que tangencialmente, me acerqué a ti. Tan bella y libre. Tan alejada de todos los ejes convencionales. Tan transparente y curva.  Tan mujer.

Entendí entonces que mis variables no eran las que creía. No eran las que me habían forzado a asumir colmando mi infancia de muñecas y barnices de uñas. Entendí que no soy asimétrica, sino que lo estaba intentando con los ejes incorrectos.

Me enamoré. Para mi sorpresa, nos enamoramos. Nuestra perfecta simetría de senos desnudos contra senos desnudos, ocupó todo el espacio.  Y contra toda razón trigonométrica,  me supe par.