La fotografía había sido tomada un domingo por la tarde. Una insensatez de las que sólo tienen cabida después de compartir una dosis inusual de alcohol, la alegría de un triunfo efímero, y la torpeza de la juventud.

Que cayera en manos enemigas pudo haber sido casualidad. Pero no lo fue. Traidores hay en todos los bandos y el nuestro no era la excepción.

Quienes en el papel sepia sonreíamos, ostentando armas, ideales e inmadurez, fuimos desapareciendo uno a uno. A algunos los sorprendieron en pleno trajín. Pero a otros, como a mí, vinieron a buscarnos a los sótanos de nuestras casas, donde unos padres desesperados nos habían intentado proteger.

De la fotografía, ya nadie queda. Sólo yo, que la conservo en el bolsillo de mi chaqueta.  Insisto en ocultarla más por costumbre que por necesidad. Lo cierto es que está en el mejor escondite que pude haber conseguido. Junto a mi cuerpo enterrado en una cuneta, de una carretera perdida, nadie la encontrará. Aunque ya,  tampoco importa.