Mi paso por la Copa ENTC

Mi paso por la Copa ENTC

Durante las últimas semanas he participado en este certamen con mucha ilusión. Me ha tocado quedarme con el trofeo de campeona, pero estoy segura de que no era la única merecedora. He leído muchos textos fabulosos, me he reído, he llorado y he pensado mucho, porque hay que ver los temas con los que se sale esta gente a la hora de escribir. Y cuando digo esta gente, me refiero a mis amigos y compañeros de ENTC (Esta noche te cuento). No puedo más que agradecer a todos: participantes, organizadores, jurados y otros amigos de ENTC que sin participar en la copa han estado leyendo y apoyando a los protagonistas. Y los protagonistas hemos sido todos. No sólo los que hemos ido pasando de ronda en ronda, sino todos los que hemos puesto ganas e ilusión en una competencia limpia y amistosa.

Quiero hacer un resumen de mi paso por la copa, porque creo que gracias a la motivación y las consignas que nos han regalado los organizadores, he escrito textos que no creí nunca que iba a escribir. He cambiado, y he vuelto a ser yo. ¡Cómo no voy a estar agradecida!

Primera ronda

La consigna: una fotografía de Chema Madoz

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Camaleón

Toda la vida camuflándose como un camaleón, decía mi madre cuando hablaban de papá. Mi tía asentía con pena. Yo no entendía. Mi padre nunca cambiaba de color.

Tan perfecto que perdía aceite, se sorprendía mi tía.

Eso es mentira, mi padre es muy limpio, saltaba yo. Confinado a mi cuarto.

Ellas seguían cuchicheando mientras yo recordaba la gabardina de papá. Siempre impecable. Lloraba hasta dormirme. Y soñaba que mi padre llevaba una gabardina manchada de aceite y se camuflaba contra una pared mugrienta para poder verme.  Entonces corría a abrazarlo y me ensuciaba también. Pero no me importaba.

 

Segunda  ronda

La consigna: incluir estas tres palabras ÚLTIMO / AMAESTRAR / POLVO (cualquier tiempo, género o número)  

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Omnívoros

Mi hermana Lucía se jacta de haber amaestrado a nuestros peces de colores para que muevan sus colas al verla. Lo cierto es que saben que ella les da de comer. Por cada pizca de ese hediondo alimento que les echa sobre el agua, se traga otra. Es su secreto, pero yo lo sé.

Como sé que mi hermano Luis desayuna el polvo que se acumula bajo el frigorífico, y que mi madre engulle telarañas cuando cree estar sola.

Ignoro si lo hacían antes de que papá y yo muriéramos intoxicados el último invierno. Pero supongo que no.

 

Tercera  ronda

La consigna: un título muy coplero “La lumbre de tu cigarro” 

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La lumbre de tu cigarro

– ¿Papá, vienes a dormir?

– Ahora, cariño.

Me acurruco bajo las cobijas plagadas de letras. Titulares, anuncios, horóscopos. He encontrado un tesoro de esos que nos obliga a trasnochar a la lumbre de tu cigarro ¡Un crucigrama!

– Aries – simulo leer cuando entras en nuestra casa de cartón – Hoy: sorpresa cuadriculada.

Tu rostro adusto se ilumina. Del bolsillo extraes nuestro preciado boli. Sentada sobre tus piernas, digo el nombre del río de Italia (dos letras) y la lengua provenzal (cinco vertical). Tu cigarro se consume, la modorra me abraza. Con delicadeza me cubres con una capa espesa de periódicos.

 

 

Cuarta  ronda

La consigna: una fotografía de José Francisco Álvarez

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Piedra libre

En la plaza, todos miran hacia arriba esperando el pregón. Con mis primos jugamos a las escondidas entre las piernas de los adultos. Mi madre ha prometido llevarnos a la feria cuando termine la parte aburrida. Me toca contar. Ojos cerrados, apoyo la frente sobre su bolso. Me giro. Solo veo pantalones, zapatos, cinturones, bolsos. Me cuelo entre unas piernas abiertas, otras, otras más. Desde un extremo, alguien me hace señas para que me acerque. Creo que me dará una pista para encontrarlos. En cambio, coge mi mano prometiendo llevarme a la feria.

Pronto comprendo que nunca lo hará.

 

Semifinal

La consigna: agregar un capítulo a un clásico “Alicia en el país de las maravillas”

 

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La cebra cabreada

– ¡Eh, niña!

Alicia giró topándose con una cebra de rayas rojas. Dio un respingo.

– ¿Nunca has visto una cebra?

– Sí,  pero…

– Haberte girado al otro lado, para ver a la cabra.

Alicia probó. Giró a derecha e izquierda: cebra, cabra, cebra, cabra.

Prefirió a la cebra.

– ¿Por qué rayas rojas? – preguntó.

– A preguntas necias, oídos tontos

– Será sordos…

– Tontos…

– Sordos…

La cebra se convirtió en cabra. Bufaba enfadada, cuando llegó el conejo.

– ¿No sabes que no debes hablar con extraños?

Llevo haciéndolo todo el día, pensó Alicia. Y lo siguió.

 

Final

La consigna: el cuento debe terminar con la frase “vivíamos todos en la misma casa”.

 

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Desahucio

Hay que recibirlos como se merecen, decía mamá. Y empecé a dormir en el sofá. Mi primo Arturo y sus padres se convirtieron en dueños de mi reino de ponis y princesas, que fueron desterrados al sótano.

La crisis, decía la abuela, que había ocupado el cuarto de la plancha con su altar lleno de vírgenes y velas. Ser solidarios, repetía papá cuando yo protestaba porque no me dejaban ver la tele.

Lo único bueno era que no me podrían castigar por lo del tío. Siempre decían que no debía permitir que una persona ajena me tocara, y ahora ya vivíamos todos en la misma casa

 

 

No por mucho madrugar

No por mucho madrugar

Mi madre dice que al que madruga dios lo ayuda. Yo creo que es una excusa para hacer que me levante. Si fuera verdad, mi padre sería el más afortunado del mundo. Pero sale de cada mañana muy temprano, y sobre las diez regresa diciendo que no hubo suerte.

Yo, de mayor, quiero tener el trabajo de papá. A partir de las diez tendría tiempo para jugar a los videojuegos.

Le he preguntado qué ha estudiado, y me ha dicho que cinco años de universidad  para estar en la calle.

Yo, por las dudas, no estudiaré tanto. En la calle hay mucha gente, y no creo que todos hayan estudiado tanto.

Yo terminaré el cole, madrugaré mucho mucho, y que sea lo que dios quiera.

No por mucho madrugar

Ecuación de primer grado

Estaba perdidamente enamorado de ella. Lo supe cuando Juanpi y los otros se rieron al verla entrar a clase.

La llamaban “la caballo”. Sus dientes salidos y esas orejas de gnomo gigante, justificaban el apodo.

Escribió una ecuación en la pizarra, se giró, y borró la mitad con la espalda. Todos rieron. Ella también.

Levanté la mano para pasar al frente. Quería tenerla cerca. Cuando me puse en pie, los nervios se me enredaron en la mochila. Mis pies, de pronto medían diez centímetros extra.

Rodé por el pasillo entre la carcajada general. Ella, sin reírse,  me ayudó a incorporar y me puso la tiza en la mano. No sé cómo resolví aquella ecuación. Pero ese día ella se convirtió en mi primera incógnita.

No por mucho madrugar

De mañana

Me quedo escuchando tras la puerta.

– ¿Qué haces ahí, enano? – pregunta mi hermana acomodándose el uniforme.

– Shhhh… Está con alguien… quiero saber qué hacen – susurro.

Ella escucha los sonidos aletargados que llegan del interior. Se ruboriza y cogiéndome de la mano dice que es hora de salir.

– Pero si no he saludado a mamá – protesto.

Cuando regresamos del cole a comer, mamá canturrea en la cocina. Mi hermana me hace la señal de no se te ocurra hacer preguntas.

Abrazo a mi madre en silencio, y por primera vez desde que no está papá, la veo sonreír.

 

Florisfobia

Florisfobia

Nunca me regalaba flores. Ni para nuestro aniversario, ni para mi cumpleaños, ni para el día de los enamorados. Yo se lo agradecía. Las flores nunca me han gustado. Ese olor recargado que producen en los ambientes cerrados, ese caerse de pétalos inundando el mantel, ese carácter perenne que parece representar lo efímero del amor.

El día en que murió, puse su sombra en venta. Me perseguía por la casa entregándome las flores que nunca había podido darme. Al principio creí que se estaba sacando de encima tantas flores como le habían regalado en su velorio. Pero una vez que se le acabaron esas, se las ingeniaba para conseguir más y más ramos. Supongo que los robaba. Una sombra nunca levanta sospechas.

Para conseguir alguna posible compradora para su sombra, tuve que bajar su precio, ponerla  en oferta. Y ni siquiera así. Al final, para sacármela un poco de encima me he conformado con alquilarla. Para ponerla en callejuelas perdidas en noches oscuras, da mucho el pego, y hay bastante demanda. Pero siempre vuelve. Con más flores, claro.

Últimamente se las acepto y las pongo en un jarrón, pero cuando se distrae, las tiro por la ventana. Las sombras no se ofenden, creo yo. Pero alguna vez, en el pasillo que va a nuestro cuarto, me ha parecido verla llorando a mares.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de este cuadro de Alice Wellinger:

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De los pelos

De los pelos

Mi madre dice que mis ideas son descabelladas. Que eso de ser actriz es para niñas bien y no para una jovencita de barrio como yo. Pero yo no le veo la lógica. Me parece un razonamiento absurdo. Descabellado es pretender escalar el Everest si no has subido ni al monte de tu pueblo. Descabellado es conducir una moto después de cinco copas, en plena tormenta y de noche, como hizo el de la Paqui, en paz descanse. Descabellado es llegar a casa una hora después de lo permitido y no esperar que tu padre te de una buena tunda.

A veces, cuando me dejan un rato en el baño, cosa bastante inusual en una casa en que vivimos ocho personas y un baño, me paro frente al espejo y tiro de mi pelo hacia arriba para comprobar si mi madre tiene razón. Si mis ideas fueran tan descabelladas, mi melena lisa y larga se soltaría y me quedaría con ella en la mano. Pero no es así.

Anoche le dije a mi madre que iría a un casting en la capital, y por supuesto, puso el grito en el cielo. Lo colgó de una nube y tuvo que ir a la azotea a por él. Porque mi madre sin su grito, no es nadie. Para demostrarle lo equivocada que está, aproveché ese momento en que se había quedado sin grito, y me colgué del pelo desde una rama del árbol que está junto al portal. Hay que ver lo bonito que es el atardecer contemplado desde allí.

Cuando mi madre recuperó su grito, vino a por mí, y me cantó cuatro verdades. Verdades para ella, que para mí eran todas mentiras. El asunto es que yo no me bajé de mi árbol ni por esas y comencé a balancearme para demostrarle que de descabellada no tengo nada.

Así nos tiramos horas Ella poniendo el grito en el cielo y yendo a buscarlo, y yo columpiándome en mi rama.

Hace ya un buen rato que se ha ido a buscar su grito, tal vez se haya quedado dormida en el camino. No digáis nada, voy a aprovechar para descolgarme, peinarme la melena y coger el primer autobús que vaya para la capital.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Mike Dempsey:

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