Nunca me regalaba flores. Ni para nuestro aniversario, ni para mi cumpleaños, ni para el día de los enamorados. Yo se lo agradecía. Las flores nunca me han gustado. Ese olor recargado que producen en los ambientes cerrados, ese caerse de pétalos inundando el mantel, ese carácter perenne que parece representar lo efímero del amor.
El día en que murió, puse su sombra en venta. Me perseguía por la casa entregándome las flores que nunca había podido darme. Al principio creí que se estaba sacando de encima tantas flores como le habían regalado en su velorio. Pero una vez que se le acabaron esas, se las ingeniaba para conseguir más y más ramos. Supongo que los robaba. Una sombra nunca levanta sospechas.
Para conseguir alguna posible compradora para su sombra, tuve que bajar su precio, ponerla en oferta. Y ni siquiera así. Al final, para sacármela un poco de encima me he conformado con alquilarla. Para ponerla en callejuelas perdidas en noches oscuras, da mucho el pego, y hay bastante demanda. Pero siempre vuelve. Con más flores, claro.
Últimamente se las acepto y las pongo en un jarrón, pero cuando se distrae, las tiro por la ventana. Las sombras no se ofenden, creo yo. Pero alguna vez, en el pasillo que va a nuestro cuarto, me ha parecido verla llorando a mares.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de este cuadro de Alice Wellinger:

