Como si de una plaga venenosa se tratara, los oficinistas desatienden sus puestos de trabajo y toman las calles. Los conductores abandonan sus autobuses allí donde estén, los niños sus mochilas con ruedas, y los jubilados la bolsa del pan. La grúa que observaban trabajar mantiene la pieza de hormigón suspendida, y las figuras de los semáforos se descuelgan hasta los pasos de peatones. Las rojas dando saltitos, las verdes avanzando con paso firme. Los taxímetros se detienen y los quirófanos se vacían de batas azules.
El verano se ha adelantado, repite el hombre del tiempo. Aunque mañana volveremos a la normalidad, agrega. Ya nadie le está escuchando.
