El día que una ola salte más de lo convenido e inunde el jardín, pondremos una reclamación, sostiene mi padre. A mi madre ese argumento no le convence. Dice que la sal carcomerá los cimientos, y que la humedad dañará mis pulmones.
A mí me gusta el olor a mar que entra por las ventanas, y jugar con las gaviotas. Pero mamá erre que erre con que no se puede vivir así. Que un niño necesita estabilidad. Es cierto que la marea alta suele revolverme el estómago, pero desde que estamos a la deriva, papá y mamá siempre están en casa, y yo ni siquiera tengo que ir al cole.

