por pcollazo | Abr 23, 2017 | En pocas palabras
Un señor con levita que se parece a Pushkin, se ha instalado en el cuarto de la plancha. Al principio me daba unos sustos de muerte cuando entraba cargada de camisas arrugadas y él estaba sentado en un rincón.
Pero me fui acostumbrando a su presencia. Mientras trabajo conversamos sin entendernos. Es que habla ruso. Cuando le plancho la arrugada levita, sonríe.
Lástima que los otros días la señora encontró su libro en uno de los eternos abrigos del perchero. Sin permitirnos despedirnos, se lo llevó.
Ya no me acompaña a planchar, pero hay que ver cómo se la escucha ahora a la señora suspirar por las noches.
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por pcollazo | Abr 23, 2017 | En pocas palabras
Huésped inesperado llega un viernes a la noche cuando ella había decidido cenar una manzana e irse a la cama temprano con ese libro que no puede parar de leer.
Entra aunque nadie le invite a pasar, y ella reemplaza su manzana por una tortilla de jamón; y sus planes de leer, por una película que no le interesa.
Él se estira sobre el sofá y habla en las publicidades acerca de un compañero de trabajo y de sus desventuras amorosas.
Ella imagina la manzana jugosa para evitar decirle que su amigo le importa poco y lo que es peor, no mucho menos que él.
Descansa mientras se ríe con un diálogo tonto y ella ensaya una almohada en el brazo del sofá.
Final. Él le dice que lo pasó genial y le promete irse bien temprano si lo deja quedarse a dormir.
Ella repasa el alfabeto intentando encontrar una negativa y termina acompañándolo hasta el cuarto.
Huésped inesperado se va sábado a las tres de la tarde y ella suspira mientras corre al frigorífico y se da cuenta de que olvidó comprar manzanas.
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por pcollazo | Abr 23, 2017 | En pocas palabras
Un señor con levita que se parece a Pushkin se acerca tambaleándose. Tose, parece a punto de ahogarse. Golpeo su espalda. No es el único que huye del fuego y el humo que crecen a mitad de calle. Caballeros de pajarita, damas de largas enaguas, rostros tiznados, desvalidos trozos de folios flotando, cenizas, letras muertas. Albergo unos ejemplares chamuscados en mi bolso, arriesgándome a ser vista por los guardias. Mientras, la hoguera sigue siendo alimentada desde los ventanales de la biblioteca. Un libro abierto yace inmóvil en plena calzada. Los cascos de los caballos lo hieren de lleno.
Arrastro al señor de levita junto a dos jovencitas que hablan inglés. Esconderles en casa no calma el dolor que atraviesa mi pecho, apenas lo hace menos ulcerante.
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por pcollazo | Abr 22, 2017 | En pocas palabras, Premiados
Tuve mucho miedo, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, por eso el día en que papá se nos apareció por primera vez mantuve la calma y no chillé. Ellas, en cambio, lo hicieron, y a todo pulmón.
Les hice ver que no era para ponerse de ese modo, que son cosas que pasan, y que tal vez papá solo pretendía decirnos algo. Pero nada. Él estaba tan mudo como ellas parlanchinas. Lo acribillaron a preguntas. Él, sentado en su sillón de la sala nos miraba silencioso. Parecía conmovido. La mandíbula le temblaba un poco, como si estuviese a punto de llorar.
Desde entonces, todas las noches, después de la cena, nos reunimos alrededor de la tele como antes. La única diferencia es que no nos dejan elegir canal. Así que ni partidos, ni series de policías, ni pelis de acción. Tenemos que conformarnos con sus programas de chicas. Es lo que hay. Desde mi muerte, papá y yo hemos perdido toda autoridad.
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por pcollazo | Abr 15, 2017 | En pocas palabras
A falta de zapatito de cristal, Amanda le prueba su frasco de vidrio a cada uno de sus pretendientes. Eso lo hace siempre después de probarlos en la cama, claro. Que la magia y la fantasía están muy bien, pero no se vive de ellas.
Espera a que se queden dormidos, cosa que todos los hombres hacen más temprano que tarde, y así, procurando no despertarlos, les mete la mano en su frasco de vidrio. Si la mano del bello durmiente de turno, cabe completa dentro del frasco, la conclusión es clara: se trata de un mortal común y corriente como todos los demás. Y no queda otro remedio que colocar toda la ropa del susodicho sobre su abdomen, que sube y baja al compás de los ronquidos, y zarandearlo hasta obligarlo a caerse de la cama.
Si el mortal se da cuenta de su mano está dentro de un frasco lleno de un líquido viscoso, la mira horrorizado y huye. Y si no se da cuenta, ella se lo hace notar diciéndole que tiene una cucaracha sobre la frente para que el incauto intente quitársela dándose un golpe seco y acristalado que termina de despertarlo.
El frasco de Amanda es de aceitunas, pero ella se ha encargado de quitarle la etiqueta con mucho ahínco, para evitar que alguien se llame a engaño y concluya que todo esto de los frascos y las manos es una manía suya.
El día en que su príncipe traspase la puerta de su casa, siempre que pase con un mínimo aprobado la prueba de la cama, ella lo sabrá cuando su mano no quepa en el frasco por más vaselina que le eche para facilitar la operación. Entonces llamará a su corte de amigas y les anunciará que ha dado con el hombre indicado. Ya verá cómo se las apaña para convencer al susodicho de que debe quedarse con ella. Para eso ya tiene la alacena llena de frascos vacíos, que llegado el momento usará para asegurarse de que podrá conservar a su hombre, aunque sea a trocitos, para toda la vida.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía:

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por pcollazo | Abr 8, 2017 | En pocas palabras
Que siguiera andando, me dijiste. Que el camino me llevaría al pueblo. Y que allí podría pedir ayuda. Fue una decisión difícil. Dejarte sola, a merced de una jauría de lobos que se disputaban la primera fila junto al tronco de tu árbol, no me parecía buena idea. Pero insististe. Ve a casa de tu abuelo y explícale lo que ocurre. Tu voz pretendía firmeza, pero temblaba un poco por sobre los gruñidos de los animales. Me pregunté cuánto tiempo tus débiles piernas te mantendrían encaramada sobre aquella rama que parecía arquearse cada vez más.
Para no ponerte más nerviosa giré y eché a andar. De vez en cuando me volvía para verte hacer aspavientos con la mano derecha indicándome el camino, mientras con la izquierda te sujetabas para no caer.
Hasta después del tercer recodo, no me pregunté por qué los lobos te preferían como presa, y no venían a por mí, con lo sencillo que hubiese resultado alcanzarme. Desde hace tiempo que mis pensamientos son confusos y me lleva tiempo razonar cosas elementales. Pensé en regresar y cuestionar tus órdenes. Pero al final no lo hice. Tengo que buscar al abuelo. Él la salvará, pensé. Pero cuando llegué al pueblo, todo estaba muy cambiado. La casa del abuelo estaba cerrada a cal y canto. En el jardín, las malezas alcanzaban la altura de mi cintura. Y nadie se detenía a mi paso a pesar de mis esfuerzos por pedir ayuda. Como si yo fuera un fantasma, pensé.
Y entonces lo entendí todo. Llevo días intentando encontrar el camino que me devuelva al lugar donde te dejé. Pero no consigo acertar el correcto. Todos los senderos en la montaña se parecen. Las mismas rocas, el mismo musgo, las mismas hierbas creciendo desordenadas. Tal vez todavía esté a tiempo de espantar a esos lobos hambrientos con algún truco barato, aunque en el fondo sé que nada podría hacer. Y que por eso me has obligado a alejarme, para no hacerme pasar el mal trago de verte morir.
Me pusiste a salvo del horror. Como aquella tarde, cuando papá llegó borracho y furioso y cogió la azada del jardín. Huye, cariño, huye, me gritaste. Y yo lo hice. Sin atreverme a mirar atrás. Y me interné por algún sendero en la montaña. Uno de estos mismos que ahora recorro esperando coincidir contigo. Para salvarte, o para decirte que ya no me tienes que salvar. Pero no lo encuentro. Todos los caminos tienen tres recodos, y un ramillete amarillo a la izquierda, y un pinar agusanado, y los ojos brillantes de los animales que acechan. Todos son idénticos. Como la oscuridad.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Juancho Plaza:

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