por pcollazo | Nov 20, 2020 | En pocas palabras, Premiados
Sus zapatos. Era lo único que vería de él. No
le estaba permitido levantar la mirada. Cuando terminó de hablar con su padre,
se marchó. Tenía la voz ronca, y los pies más grandes que había visto nunca.
Los suyos, dentro de las bailarinas heredadas de su hermana Aissa, eran la
mitad de pequeños. Aún la echaba de menos y habían pasado tres años desde que
otros zapatos se la llevaran.
Cuando se quedaron solas, su madre dijo que el
momento había llegado. Una semana después de que, muy a su pesar, manchara de rojo
las sábanas por primera vez.
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por pcollazo | Oct 22, 2020 | En pocas palabras
Para Juan, ese
hermano que no fue mi hermano
Hace un año la tristeza me atravesaba y no dejaba hueco para
nada más que no fuera pensar que había perdido al hermano que nunca tuve hasta
que entraste en mi vida.
Hoy, la tristeza de saber que no te volveré a abrazar, de
que no volverás a saludarme diciendo “¿qué hacés, nena?”, sigue ahí. Pero al
menos puedo entenderla. Puedo ponerle nombre y apellidos y puedo saber que no
te he perdido. Que te he ganado. Que cada uno de esos recuerdos de que alimento
tu imagen cuando te pienso, y lo hago muy a menudo, tienen signo positivo. Y
que valió la pena tener que pasar por el dolor de perderte a cambio de haberte
tenido en mi vida.
Ahí estás, enseñándome a andar en bicicleta sin rueditas y
corriendo a mi lado por El Tala. Siempre te dije que sabía que lo habías hecho
para hacer méritos, no sé si con tu futura esposa, con tus futuros suegros o
con esta cuñada demasiado chica que te tocó. Pero en realidad creo que lo
hiciste porque me querías regalar ese primer recuerdo tuyo. El del momento en
que empezarías a ser mi hermano mayor.
Estás también en mi primera salida “de noche”, en mi primer
concierto, en mi primera manifestación justo antes de que volviera la
democracia. Estás en la sobremesa de los domingos discutiendo de cualquier cosa
con mi papá y diciéndole a mi mamá “Suegra, su hija no sabe cocinar”.
Estás montado en un cuatriciclo entre los médanos con un
casco de oso en la cabeza y en una guardia de hospital con la rodilla averiada.
Estamos jugando al tenis parejas mixtas: vos con Andrea, yo con mi papá. Estás
recibiéndome en Barajas cuando llegaba muerta de miedo.
Estás cortando la comida en tu plato con milimétrica precisión,
mezclando ensalada rusa y salsa de tomate, y dándole algo a cualquiera de los
perros de la familia, que invariablemente se sentaban a tu lado a la hora de la
comida.
Estamos en Sierra de la Ventana dentro de una carpa dentro
de la cual llovía casi más que afuera. Estás cocinando algo rico en el disco o haciendo
un asado en Toledo. Estás abrazando a mis hijos, aconsejándoles siempre cosas
que les hicieran abrir la cabeza. Estás fumando en mi balcón acompañado por
alguno de ellos que adoraban hablar de lo que fuera con su tío Juan.
Estás provocando a los barcelonistas de la familia, luciendo
orgulloso tu camiseta de Boca, o gritando envuelto en celeste y blanco cuando
jugaba Argentina. Estás escribiendo algo en un papel con esa letra increíblemente
pareja y perfecta. Estás diciéndome “Nena, lo que vos tenés que hacer…” aunque
yo ya tuviera más de cincuenta.
Imposible perderte. Estás, estamos, estás, siempre estás, y
eso es lo importante. De aquí no te mueve nadie, mi querido hermano mayor.
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por pcollazo | Oct 12, 2020 | En pocas palabras
Al
final vinieron con el abogado. Como si traer a un extraño, pudiera hacerme
cambiar de opinión. Con el argumento de que me querían proteger, decidieron que
ya era hora de ejecutar mi degradación: de respetable padre a calientasillas en
un asilo.
—Tú ya
no estás para esto papá —volvió a argumentar el mayor.
—El
abogado ha venido para asesorarte para que dejes todo bien atado. Nos lo
agradecerás —dijo su hermano.
—Yo
iré a verte cada semana —aportó la menor a la diversidad de razones con que
querían convencerme de que estar encerrado en un ecosistema preparado para
albergar ancianos decrépitos, era mi mejor opción.
“Estás
muy lejos, no podemos estar pendiente de ti”, “Contrataremos a alguien que
cuide de los animales”, “Papá, tú ya lo has hecho todo, es hora de que
descanses”, fueron los argumentos que repitieron hasta el cansancio.
Hasta
mí cansancio, porque ellos no parecían cansarse. Solo fruncían la nariz cuando
una gallina cacareaba y cagaba junto a sus impecables zapatos de piel. Como si
nunca hubieran vivido aquí, como si nunca se hubieran ensuciado las manos
hurgando entre la paja para recoger los huevos.
Nadie
sabrá cuidar de mis animales como yo. Pero para qué decírselos. Creen que el
dinero todo lo consigue. Además, no estoy cansado en absoluto. Si descansar es
estar en un sitio plagado de viejos locos esperando que llegue la hora de ver
el programa de cotilleos de la tarde, pues no lo necesito.
Además,
los que están lejos son ellos y no yo. Ellos son los que marcharon lejos, a esa
seductora ciudad que tanto los atraía y tan poco les ha dado: unos pantalones
que se ensucian en cuanto pisan la finca, unos zapatos inservibles para andar
por los senderos y trepar a los árboles, unos pelos engominados y unas miradas
adustas e infelices.
—Sus
hijos me han pedido que le ayude —pronunció el abogado, del que ya no me
acordaba. Un hombre trajeado, fuera de lugar en el corral lleno de gallinas
donde me habían encontrado.
—Perfecto.
Usted vaya recogiendo los huevos de los ponederos mientras yo voy a por
estiércol, luego me ayuda a abonar la finca.
El
hombre me miró horrorizado. Cuando regresé con el estiércol, ya no estaba.
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por pcollazo | Sep 7, 2020 | En pocas palabras, Premiados
Ese no
es nuestro estilo de familia, masculla mi abuela cuando mamá dice que ya
recogeremos la mesa mañana.
Entonces
mamá, bufando, friega los platos y después se sienta a ver la tele.
Que
cómo vamos a mirar esas series de tiros, protesta la abuela. Que los tiros,
tiros traen y ya sabemos lo que pasa. Entonces mamá abandona resignada el sofá,
se lava los dientes y se va a dormir sin escucharla sentenciar que, si te
acuestas sin quitarte el maquillaje, amaneces momia.
La
abuela se adueña del sofá farfullando que en esta familia nunca le hacemos
caso. Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva.
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por pcollazo | Jul 13, 2020 | En pocas palabras, Premiados
Los
caballos suelen llegar de noche. Durante el día se agazapan tras los grititos
felices con que Manuela me recibe cuando traigo la barra de pan que casi
siempre consigo.
Cuando
no, los caballos negros entran conmigo en la chabola y no se van hasta la
mañana, cuando dejo a Manuela dormida, exhausta de llorar hambre.
Pero
si llegan de noche, los caballos se ensañan conmigo. No soportan que acaricie
el pelo sucio de Manuela y le cante la canción que recuerdo de cuando no había
caballos, ni miradas esquivas en la calle, ni cabezas negando ante mi mano tendida.
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por pcollazo | Jul 8, 2020 | En pocas palabras, Premiados
Lo del paraguas colgado en el picaporte de la puerta de entrada
es de las primeras cosas que aprendimos. Tampoco es tan difícil. Si cuando
llegamos del cole, el paraguas rojo de mamá está colgado en la puerta,
significa que tenemos que entrar en silencio y prepararnos la merienda. Bueno,
yo se la preparo a Jaime, que para eso soy la mayor.
Lo siguiente que aprendimos fue a decirle a papá que mamá salió
a hacer un recado si llama desde el barco en tarde de paraguas.
A jugar al ajedrez todavía no aprendimos. Y parece un juego muy
divertido. Para eso tenemos que crecer un poco más, dice mamá cuando le pedimos
que nos enseñe.
Mientras tanto, estoy aprendiendo a subir el volumen de la tele
de la cocina en cuanto las partidas en el cuarto de mamá empiezan a ponerse más
reñidas. Para eso soy la mayor, y no puedo permitir que Jaime la escuche gritar
palabrotas y chillar amenazando con comerles la torre, cuando sus amigos están
a punto de darle jaque mate. Por más tarde de paraguas rojo que sea.
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