No podía dejar de llorar. No porque me hubieran pisado el bocadillo, ni por mi estuche desaparecido otra vez. Tampoco por la falta de tolerancia de mis compañeros ante eso que me hace distinto a ellos.

El motivo por el que, encerrado en un baño de las chicas, no podía dejar de llorar, era que Vicente, por primera vez, en lugar de mirar hacia otro lado, había salido en mi defensa, aunque le contagiara el rótulo de mariquita. Lloraba, porque cogido de su mano, uno a cada lado del inodoro, confinados en un metro cuadrado, me sentía absurdamente feliz.

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