La obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos. Se concentró en mirarlos para no ver los pies descalzos de su padre en dudoso equilibrio sobre la banqueta de la cocina. Temblaban. Las rodillas desnudas, el calzoncillo bóxer, la camiseta de dormir, y más arriba, su cara aterrada y el cuello rodeado por una soga gruesa que colgaba del techo.

—¡Déjenla ir! Es una pibita. No sabe nada —lo escuchó decir.

Una bota negra pateó apenas la banqueta. Entonces, ella sacó su pistola de plástico para dispararla contra los uniformes. Lo último que vio fue un hilo dorado goteando sobre la alfombra desde el charco de orina a los pies de su padre.

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