Aquel ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado, me obligó a bajar la cámara. Yo llevaba tanto tiempo mirándolo a través de ella, que sus ojos oscuros y limpios se colaron en mí en cuanto me salieron al encuentro. Sonrió, dientes desparejos, alegría uniforme.  Hurgué en los bolsillos buscando una moneda. El niño negó con la cabeza cuando quise dársela. No hablábamos el mismo idioma, pero eso no es necesario para entenderse.

Señaló mi cámara. Le fui mostrando una a una las fotografías, captadas durante todo mi periplo por África. Sonreía y me abrazaba cuando alguna imagen le llamaba la atención. Le mostré todas las que tenía hasta llegar a la que él protagonizaba con la cara llena de sol y los ojos abiertos y colmados de vida. Aplaudió sorprendido al verse y ensayó un bailoteo feliz sobre sus pies desnudos.

Le robé una última instantánea, posando con desparpajo esta vez.

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