En el libro del V Microconcurso de La Microbiblioteca

En el libro del V Microconcurso de La Microbiblioteca

Hoy he recibido un pequeño tesoro. El libro del V Microconcurso de La Microbiblioteca, en el que se incluye mi cuento Crimen perfecto, seleccionado en el mes de Febrero.

Es un orgullo participar en este libro en el que estoy rodeada por gente muy querida, excelentes escritores, todos ellos.

Muchas gracias a la Biblioteca Pública Municipal Esteve Paluzie  del Ayuntamiento de Barberà del Vallès, que organiza anualmente este certamen. Un apoyo indiscutible al mundo del microrrelato.

Y mi enhorabuena a todos los seleccionados. En especial, al ganador anual Rafa Heredero.

Crimen perfecto

Crimen perfecto

Está bajando las escaleras. Volver a la habitación no es tan mala idea, piensa. Así da un último vistazo y de paso cumple con el precepto de que el asesino siempre regresa a la escena del crimen. Recién cometido, nadie lo notará, por lo que evitará delatarse. Cambia entonces el sentido de su descenso girando con ímpetu. Resultado: sus pies se enredan en los escalones.  Uno a uno los diez peldaños inferiores van golpeando su nuca con tal estrépito, que la víctima, inmersa en su charco de sangre reglamentario en la habitación, abre los ojos y se pone en pie. Desde lo alto de la escalera sonríe al ver la figura inerte en el rellano. Entonces, regresa al  cuarto para volver a morir.

Tiempos modernos

Tiempos modernos

Ser lobo de cuento moderno es una profesión de riesgo. Desde que se ha instaurado la idea de que los cuentos clásicos dañan la sensibilidad de los niños y son injustificadamente crueles, hemos perdido todo el status que teníamos.

Ya no nos comemos cazadores, y menos que menos adorables abuelitas. Ya no se nos está permitido mentir, para no socavar con males ejemplos las mentes infantiles.  Así que si una inocente niña nos confunde con su abuelita (hipotético y poco probable caso ya que no nos podemos comer a la dichosa anciana), y nos dice Abuelita, abuelita que orejas tan grandes tienes… No nos queda más remedio que confesar. Niña, que no soy tu abuelita, que soy el lobo malo y me he disfrazado con su ropa, para ver si cuela y te puedo engatusar y terminar comiéndote… Resultado: la niña sale corriendo, no sin antes sacarse un selfie contigo para presumir entre sus amigas.

Todo el mundo sabe que los lobos corremos más rápido que las niñas. Y más aún si van descalzas por el bosque. Así que, podríamos perfectamente capturarlas y devorarlas, triturando sus nacaradas carnes con nuestras poderosas dentaduras, y salpicando toda la escena de sangre. Pero no. Eso tampoco nos está permitido en los cuentos modernos. ¿Qué hacen los narradores para que no las atrapemos? Pues… lo que sea. Todo les vale. La última niña de rojo con que me topé, comenzó a correr y correr, y cuando estaba a punto de hincarle el diente en su gracioso pie, la muy caperuza empezó a ir más y más rápido, hasta que sin mediar explicación lógica alguna, comenzó a flotar hasta perderse entre las copas de los árboles.

Un insulto a la inteligencia de los niños. ¿Cómo van a creerse semejante tontería? Cuentos… cuentos eran los de antes.

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Laura Zalenga.

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Siestas

Siestas

Siempre que abría el libro del abuelo, se me escapaba algún personaje. A veces era una señora con vestido antiguo y guantes hasta el codo. Otras, un hombre bajito y bigotudo, que fumaba como un carretero y llenaba el altillo de humo. Y muy de vez en cuando, la mujer misteriosa de las grandes gafas oscuras. Ella era mi preferida, pero jamás conseguí que dijera más que unas pocas palabras. Me miraba sobre su hombro. Daba dos o tres vueltas por el cuarto, desempolvaba los almohadones del viejo sofá y se sentaba en él, cruzando las piernas como una diva del cine. Fruncía la nariz, y se quedaba allí, como esperando que le pidiera un autógrafo.

Por más que lo intentaba no lograba sacarle más que dos o tres frases misteriosas. Se hacía la hora y tenía que poner el libro a sus pies para que volviera a meterse. Eso lo hacía con cierta docilidad, pero sin dejar de mostrarse muy digna.

La mujer regordeta de los guantes largos y el bigotudo, en cambio, hablaban hasta por los codos. Al principio era gracioso, pero cuando me di cuenta de que contaban lo mismo una y otra vez, comencé a prestarles cada vez menos atención. Las recetas de ella, las repetidas aventuras de él, me aburrían. Hablaban y hablaban sin parar durante toda la siesta. Así que al final, solía acercarles el libro antes de lo necesario para sacármelos de encima de una vez.

Ellos se marchaban refunfuñando y recelosos. Porque de algún modo habían adivinado que mi preferida era la mujer de las gafas oscuras. Y tenían razón. A medida que me iba haciendo mayor, en secreto, me enamoraba de ella.

Al final del verano, me despedía de todos hasta las próximas vacaciones en casa de los abuelos. Hasta las próximas siestas, once meses después.

El año en que cumplí los doce, cuando abrí el libro en la primera siesta del verano, no funcionó. No salió ni uno solo de todos los personajes conocidos. Lo mantuve abierto durante toda la siesta, pensando que tal vez se habían retrasado. Pero nada. Ni la señora del vestido, ni el fumador, ni, muy a mi pesar, la misteriosa mujer de las gafas.

Lloré en silencio su ausencia cada tarde. A esa edad, el primer desamor se vive con más intensidad que el primer amor.

Nunca más supe de ellos. Por eso, cuando hoy he venido a poner en venta la casa de los abuelos, y mis zapatos de adulto pisaron la impecable capa de tierra del altillo, me sorprendió ver el libro abierto sobre la mesa desvencijada. Estaba libre de polvo, como si alguien recientemente lo hubiera colocado allí.  En el suelo, justo debajo,  una colilla aún encendida y un guante largo manchado de sangre.