Está bajando las escaleras. Volver a la habitación no es tan mala idea, piensa. Así da un último vistazo y de paso cumple con el precepto de que el asesino siempre regresa a la escena del crimen. Recién cometido, nadie lo notará, por lo que evitará delatarse. Cambia entonces el sentido de su descenso girando con ímpetu. Resultado: sus pies se enredan en los escalones.  Uno a uno los diez peldaños inferiores van golpeando su nuca con tal estrépito, que la víctima, inmersa en su charco de sangre reglamentario en la habitación, abre los ojos y se pone en pie. Desde lo alto de la escalera sonríe al ver la figura inerte en el rellano. Entonces, regresa al  cuarto para volver a morir.