Mellizos

Mellizos

Nos casamos en el patio de atrás el día después de cumplir siete.  Juanpi dijo que eso significaba que sería suya para siempre. Al terminar la boda, para que no se me ocurriera irme con otro, me vendó los ojos y dijo que lo esperara allí, que se tenía que ir a ver mundo.

Tuve que quitarme la venda cuando mi madre vino a buscarnos para la cena. ¿Dónde está tu hermano?, preguntó. Me encogí de hombros. Llevaba dos horas contra la pared y me dolían los pies. Las gallinas me habían picoteado los dedos confundiéndolos con granos de maíz, tanta había sido mi inmovilidad.

¿Cómo que a ver mundo?, preguntó tres veces mi tía a quien mi madre había hecho venir. Otras cinco lo hizo mi tío, y un par más un policía de los de verdad. Con las idas y vueltas, perdí mi ramo de novia y terminé llorando. Mamá y la tía lloraban conmigo. No porque hubieran perdido sus ramos, sino porque no entendían a dónde había ido Juanpi.

El caso es que Juanpi no ha vuelto a aparecer. Todavía, dos meses después, sale de vez en cuando en las noticias y la gente lo busca por todo el barrio. Como si el barrio fuera el mundo.

No me atrevo a confesar que antes de que se marchara nos casamos. Pienso que me echarían la culpa. El tío siempre dice que el matrimonio es un error  Y mi amiga Pili, que está mal que los hermanos se casen. Que es pecado.

Por eso tampoco a nadie he contado que Juanpi se fue con el hombre aquel que siempre nos observaba a la salida del cole y que a veces nos ofrecía caramelos que nunca aceptábamos. Porque no se debe aceptar caramelos de gente que no conoces. Mi madre siempre nos lo dice.

 

Escrito para los Viernes Creativos, sin adjetivos, y a partir de esta fotografía de Alessandra Sanguinetti:

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Chimeneas

Chimeneas

Al final, terminaba llevándolos a todos al horno. Los rubios, los morenos, los de orejas grandes, los charlatanes, los regordetes, los flacuchos, y por supuesto los pelirrojos, sus preferidos. Los condimentaba con un poco de sal o con canela en rama y dos o tres hojitas de laurel. A veces los rebozaba con huevo y harina, pero otras, cuando quería comer más liviano, se conformaba con filetearlos y echarles un poco de ajo y perejil.

Todos lo conocíamos como “el ogro comeniños” y nos cuidábamos muy mucho de provocar su ira. Pero no siempre lo conseguíamos. Cuando te tocaba, no había nada que hacer.

El padre Arturo venía a sacarte de la cama en mitad de la noche y te llevaba cogido de la mano al despacho de atrás. Tus compañeros cerraban con fuerza los ojos mientras desfilabas entre las camas. Un poco para no verte, y el resto para parecer dormidos.

Cuando todo terminaba, regresabas y como habías tenido que prometer silencio, contabas aquello del horno. Aquello de los filetes rebozados. Aquello de que era mejor no gritar para que no enfadar aún más al ogro comeniños. Y aunque todos sabían que estabas mintiendo, simulaban creer los embustes. Después de todo, de la chimenea alta del internado solía salir un humo negro. Después de todo, era comprensible que nadie quisiera ser el primero en contar la verdad.

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Jim Kazanjian

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Finalista en el Certamen de Microrrelatos Palabras Engarzadas

Finalista en el Certamen de Microrrelatos Palabras Engarzadas

Ayer, lunes 16 de enero, he tenido el honor de participar en el programa «Palabras en vuelo» organizado por «Escritores de Rivas» como finalista de su Certamen de Microrrelatos Palabras Engarzadas, con mi relato «Quimera«.

La consigna era escribir un microrrelato que incluyera las palabras:  quimera, trazo, garra, huella, genio.

Ha sido una velada muy agradable en la que resultó triunfador mi amigo Ángel Sáiz Mora con un excelente relato.

Enhorabuena a Ángel y mi agradecimiento a Escritores de Rivas por haberme distinguido una vez más seleccionando mi texto como finalista.

PREMIOS-PALABRAS-ENGARZADAS

Quimera

Quimera

Que mi hermano Toni termine la carrera es una quimera. Eso dice mi abuela. Pregunto qué significa quimera. Que Toni no es un genio y la ingeniería le queda grande, responde. Como una camiseta. Vamos, que ella no se lo cree.

Aunque la abuela dice que Toni pronto seguirá la huella de papá y nos abandonará, siempre está ahí. Él me enseñó a dibujar de un solo trazo circunferencias con compás, y me consoló diciéndome que nadie había puesto tanta garra como yo, cuando quedé último en la carrera intercolegial. Porque él estaba allí, y mamá trabajando. Y la abuela diciendo que cómo me apunto si no valgo para nada.

Pero hoy no. Hoy Toni no estaba. Cuando un policía llamó al timbre pidiendo hablar con mamá, Toni no estaba.

Que ya no volverá a estar, me dicen. Eso debe ser una quimera. Porque yo no me lo creo.

Puestas de sol

Puestas de sol

Mi madre fue siempre una optimista incorregible. Es capaz de encontrar el lado bueno de las peores cosas. Mi padre, en cambio, es el racional, el que tiene los pies sobre la tierra.

Cuando los cuadros de casa empezaron a desaparecer de las paredes, mamá nos dijo que papá los había llevado a la tintorería de cuadros para que los dejaran limpios y brillantes. Papá se los había llevado, sí, pero nunca regresaron. Como los muebles que uno a uno fueron saliendo de casa para no volver. Mamá decía que se habían ido una temporada de vacaciones, o que estaban en el hospital de muebles para que los repararan, o que habían salido a tomar el aire. Y nosotros, nos lo creíamos.

Lo más duro fue cuando desapareció la tele. Eso nos afectó a los niños. Acostumbrábamos a mirarla mientras merendábamos en la mesa de la sala. Pero ya no teníamos mesas ni sillas y tampoco tele. Mamá nos consoló diciendo que ya que tampoco teníamos techo, podíamos tomar la merienda recostados en el suelo y mirando las nubes. No estaba mal, después de todo. Solo que mis hermanas siempre veían flores y princesas y yo veía caballos y barcos piratas. Ni siquiera teníamos que pelearnos por elegir el programa que íbamos a mirar.

Un buen día,  se nos voló el balcón con todas las plantas de mi madre. Por un momento creí que se pondría llorar. Pero al final, sentada con los pies colgando, en el hueco que el balcón ausente había dejado en la sala, nos sentamos a contemplar el atardecer. Aplaudimos con gran entusiasmo cuando la esfera fulgurante fue posándose en los edificios y absorbida por las antenas parabólicas, se esfumó.

Todos menos mi padre, que cuando quedamos a oscuras, saltó desde el quinto piso y no regresó nunca más.

Ahora, todas las tardes, después de mirar las nubes, nos sentamos junto a mamá en el hueco del balcón, y mientras aplaudimos la puesta de sol, nos acordamos un poquito de él.