Nos casamos en el patio de atrás el día después de cumplir siete.  Juanpi dijo que eso significaba que sería suya para siempre. Al terminar la boda, para que no se me ocurriera irme con otro, me vendó los ojos y dijo que lo esperara allí, que se tenía que ir a ver mundo.

Tuve que quitarme la venda cuando mi madre vino a buscarnos para la cena. ¿Dónde está tu hermano?, preguntó. Me encogí de hombros. Llevaba dos horas contra la pared y me dolían los pies. Las gallinas me habían picoteado los dedos confundiéndolos con granos de maíz, tanta había sido mi inmovilidad.

¿Cómo que a ver mundo?, preguntó tres veces mi tía a quien mi madre había hecho venir. Otras cinco lo hizo mi tío, y un par más un policía de los de verdad. Con las idas y vueltas, perdí mi ramo de novia y terminé llorando. Mamá y la tía lloraban conmigo. No porque hubieran perdido sus ramos, sino porque no entendían a dónde había ido Juanpi.

El caso es que Juanpi no ha vuelto a aparecer. Todavía, dos meses después, sale de vez en cuando en las noticias y la gente lo busca por todo el barrio. Como si el barrio fuera el mundo.

No me atrevo a confesar que antes de que se marchara nos casamos. Pienso que me echarían la culpa. El tío siempre dice que el matrimonio es un error  Y mi amiga Pili, que está mal que los hermanos se casen. Que es pecado.

Por eso tampoco a nadie he contado que Juanpi se fue con el hombre aquel que siempre nos observaba a la salida del cole y que a veces nos ofrecía caramelos que nunca aceptábamos. Porque no se debe aceptar caramelos de gente que no conoces. Mi madre siempre nos lo dice.

 

Escrito para los Viernes Creativos, sin adjetivos, y a partir de esta fotografía de Alessandra Sanguinetti:

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