Al final, terminaba llevándolos a todos al horno. Los rubios, los morenos, los de orejas grandes, los charlatanes, los regordetes, los flacuchos, y por supuesto los pelirrojos, sus preferidos. Los condimentaba con un poco de sal o con canela en rama y dos o tres hojitas de laurel. A veces los rebozaba con huevo y harina, pero otras, cuando quería comer más liviano, se conformaba con filetearlos y echarles un poco de ajo y perejil.

Todos lo conocíamos como “el ogro comeniños” y nos cuidábamos muy mucho de provocar su ira. Pero no siempre lo conseguíamos. Cuando te tocaba, no había nada que hacer.

El padre Arturo venía a sacarte de la cama en mitad de la noche y te llevaba cogido de la mano al despacho de atrás. Tus compañeros cerraban con fuerza los ojos mientras desfilabas entre las camas. Un poco para no verte, y el resto para parecer dormidos.

Cuando todo terminaba, regresabas y como habías tenido que prometer silencio, contabas aquello del horno. Aquello de los filetes rebozados. Aquello de que era mejor no gritar para que no enfadar aún más al ogro comeniños. Y aunque todos sabían que estabas mintiendo, simulaban creer los embustes. Después de todo, de la chimenea alta del internado solía salir un humo negro. Después de todo, era comprensible que nadie quisiera ser el primero en contar la verdad.

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Jim Kazanjian

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