Mi madre fue siempre una optimista incorregible. Es capaz de encontrar el lado bueno de las peores cosas. Mi padre, en cambio, es el racional, el que tiene los pies sobre la tierra.
Cuando los cuadros de casa empezaron a desaparecer de las paredes, mamá nos dijo que papá los había llevado a la tintorería de cuadros para que los dejaran limpios y brillantes. Papá se los había llevado, sí, pero nunca regresaron. Como los muebles que uno a uno fueron saliendo de casa para no volver. Mamá decía que se habían ido una temporada de vacaciones, o que estaban en el hospital de muebles para que los repararan, o que habían salido a tomar el aire. Y nosotros, nos lo creíamos.
Lo más duro fue cuando desapareció la tele. Eso nos afectó a los niños. Acostumbrábamos a mirarla mientras merendábamos en la mesa de la sala. Pero ya no teníamos mesas ni sillas y tampoco tele. Mamá nos consoló diciendo que ya que tampoco teníamos techo, podíamos tomar la merienda recostados en el suelo y mirando las nubes. No estaba mal, después de todo. Solo que mis hermanas siempre veían flores y princesas y yo veía caballos y barcos piratas. Ni siquiera teníamos que pelearnos por elegir el programa que íbamos a mirar.
Un buen día, se nos voló el balcón con todas las plantas de mi madre. Por un momento creí que se pondría llorar. Pero al final, sentada con los pies colgando, en el hueco que el balcón ausente había dejado en la sala, nos sentamos a contemplar el atardecer. Aplaudimos con gran entusiasmo cuando la esfera fulgurante fue posándose en los edificios y absorbida por las antenas parabólicas, se esfumó.
Todos menos mi padre, que cuando quedamos a oscuras, saltó desde el quinto piso y no regresó nunca más.
Ahora, todas las tardes, después de mirar las nubes, nos sentamos junto a mamá en el hueco del balcón, y mientras aplaudimos la puesta de sol, nos acordamos un poquito de él.

Sólo cuando perdemos algunas cosas nos damos cuenta de que no las necesitábamos.
Eres una creadora fantástica.
Un abrazo, Patricia