Un invitado muy especial: Mariano Crespo y su relato S.O.S  (01010011 01001111 01010011)

Un invitado muy especial: Mariano Crespo y su relato S.O.S (01010011 01001111 01010011)

Hoy, he invitado a mi blog a alguien muy especial. Mi hijo Mariano, que ha resultado ganador del XXVIII CERTAMEN LITERARIO del IES Severo Ochoa de Alcobendas en la categoría Primero y Segundo de ESO con su relato S.O.S. (01010011 01001111 01010011).

El desafío consistía en escribir un relato corto que incluyera la frase «Podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones» perteneciente a la novela perteneciente a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez de cuya publicación se cumplen cincuenta años.

Con el orgullo de madre y escritora, hago este sitio especial en mi casa de letras a Mariano.

S.O.S. (01010011 01001111 01010011)

Hubo un momento en que empezaron a morirse las cosas. Ya nadie utilizaba monedas ni billetes, se pagaba todo con los móviles. Los libros con olor a libro murieron en una última reedición de El Quijote y fueron reemplazados por los eBooks. Las sonrisas eran emoticonos amarillos con bocas curvadas. Los amigos eran un simple número que cuanto más grande mejor. Y los aplausos,  proviniendo de un armonioso ritmo, se convirtieron en un ícono de dos palmas juntas. Nadie navegaba por el mar, por lo que las aguas azules se transformaron en la gran red de redes: Internet.

Cada objeto desaparecido era enterrado con grandes ceremonias en el Cementerio de las  cosas perdidas. Y cada uno era acompañado de una lápida con una inscripción donde se detallaba su nombre y la utilidad que habían tenido cuando aún estaban vivos.

Al principio todos creíamos que enterrar las cosas viejas era algo natural, consecuencia del progreso. Pero cuando el Cementerio de las cosas perdidas empezó a crecer y crecer, mientras las cosas verdaderas del mundo eran cada vez menos, empezamos a preocuparnos.

Podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones y ya nadie recordara cómo habían sido de verdad. Porque las habíamos sustituido por objetos virtuales, que en realidad, dándole un par de vueltas,  no existían.

Un corazón saliendo al vuelo desde una boca fruncida, nunca será un beso de verdad. En una videollamada, nunca sentirás a la otra persona. La vida no tiene Control Z, no puedes deshacer lo ya hecho. Y  definitivamente, mirar el mundo detrás de unas gafas de realidad virtual, no será conocer mundo de verdad.

La, ya vieja, generación de personas que recordaba los tiempos en que lo virtual todavía convivía con lo real, advertían que esto era peligroso porque podríamos llegar a extinguirnos.

Y razón no les faltaba. De hecho, yo estoy escribiendo esto en ordenador porque no tengo papel, de hecho hace tres días que no bebo agua pero no tengo sed. De hecho llevo una semana sin ver  a mi familia, aunque están en la habitación de al lado. De hecho esta rigidez metálica en mis brazos y piernas no me desagrada. De hecho no puedo llorar y tal vez debería hacerlo. Hecho de tengo no frío. Hecho de s4l4 v24 n5m2r4s. ¡S4c4rr4! ¡83 79 83! ¡01010011 01001111 01010011!

Mariano Crespo Collazo

 

En el libro del XV Concurso de Cuentos Infantiles Sin Fronteras de Otxarkoaga

En el libro del XV Concurso de Cuentos Infantiles Sin Fronteras de Otxarkoaga

El pasado fin de semana he tenido el honor y la alegría de participar en la presentación del libro del Concurso de Cuentos Infantiles sin Fronteras organizado por la Asociación Cultural Txirula Kultur Taldea de Otxarkoaga.

Mi cuento «¿Qué pasaría si un día…?» ha sido seleccionado para formar parte de este libro tan especial. Rodeada de compañeros de letras que tuve el gusto de conocer durante las actividades compartidas, y acogida con el cariño que nos ha ofrecido la Asociación Cultural Txirula Kultur Taldea, que nos han hecho sentir como en casa; he tenido la oportunidad de conocer Bilbao y en especial Otxarkoaga, un sitio cálido y generoso.

Muchas gracias a todas esas maravillosas personas que participan en la Asociación fomentando la cultura y la educación en valores. Hemos pasado un fin de semana para recordar.

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¿Qué pasaría si un día…?

¿Qué pasaría si un día…?

Ayer, cuando abrí el grifo para lavarme la cara, en lugar de agua, salió zumo de naranja. Y no era zumo natural, era ese embotellado que a veces compra mamá y que sabe demasiado dulce. Con las manos pegajosas y los ojos entrecerrados grité “Mamaaaá”.

Mi mamá se asomó a la puerta del baño y me miró sin sorprenderse. Le señalé el hilo de zumo saliendo del grifo.

– Ah, sí, cariño. Ya te he dicho que había que cuidar el agua. Se acabó y ahora habrá que conformarse con zumo…

– Pero mamá… – protesté intentando coger el cepillo de dientes con mis manos pegajosas.

Me miró con su expresión de “¿aún no estás listo para salir?”.

– Venga, échate un poco de zumo en el pelo que lo tienes de punta y date prisa que llegas tarde.

Yo obedecí, pero salí del cuarto de baño como si fuese una momia. La piel y el pelo duros, las manos pegajosas, y los dientes más sucios que cuando entré.

– Pero ¿cuándo se arreglará esto del agua? – pregunté mientras mamá me ponía la mochila.

– ¿Arreglarse? ¿Para qué quieres que se arregle? ¿No decías que preferías beber ese zumo envasado a beber agua?

– Sí, pero…

– Pues eso. Verás qué deliciosos espaguetis a la naranja te tengo preparados cuando vuelvas del cole. Como no hay agua tendré que hervirlos en zumo…

– ¿No vas a avisar al seguro, o al casero, o a alguien?

– ¿Avisar de qué?

– De lo del grifo…

– No, todos los grifos están igual. No es una avería. Solo se ha acabado el agua.

Al salir del portal, mientras caminaba para ir al cole, vi que los jardines estaban siendo regados con coca cola, y un cartel en la puerta del chino de la esquina ponía “No tenemos agua”. Empecé a sentir sed. Una sed extraña, que me nacía como desde el ombligo y me llenaba la tripa, el pecho, y sobre todo la garganta.

Me encontré con algunos compañeros que llegaban al cole tan pegajosos y extraños como yo.

– Profe, tenemos mucha sed – dijimos varios al empezar la primera clase.

Nos habrá visto la cara de desesperación, porque la de mates nunca te deja ir al baño en mitad de clase si no es un caso de verdadera urgencia.

– Vale, podéis ir a la fuente del patio. Creo que sale leche con colacaao. Está buenísima…

El estómago se me revolvió. Me encanta la leche con colacao, pero lo único que necesitaba en ese momento era beber agua, lavarme la cara y las manos con agua, echarme agua en la frente y en el pelo. A juzgar por las expresiones asqueadas de mis compañeros, no era el único.

– Profe, ¿pero cuándo se va a solucionar lo del agua?

– ¿Solucionarse? Eso ya no tiene solución… Si hubiéramos cuidado de ella… Pero ya sabéis: No me importa dejar el grifo abierto mientras me cepillo los dientes… Lleno la bañera, la dejo enfriar demasiado y vuelvo a llenarla… No aprovecho el agua que podría reutilizar…

Nos miramos desconsolados. Nunca hubiera creído que echaría tanto de menos el agua. Con lo que me cuesta ir a ducharme o lavarme los dientes cuando mamá me lo pide.

– Profe, tenemos que hacer algo. No podemos resignarnos a vivir sin agua. Sin ella no podemos vivir… – dije en un último alegato.

– A eso queríamos llegar… – dijo misteriosamente la profe. Y continuó la clase como si nada.

Fue un día horrible. Viscoso, repugnante. Fui incapaz de comer los espaguetis, aunque son mi plato preferido. Hice los deberes manchando todos los cuadernos de zumo, y al intentar ducharme, me quedé pegado al piso de la bañera y mamá tuvo que venir a ayudarme a salir. El champú no hacía espuma y el gel de baño se quedó como una anaranjada capa sobre mi piel.

Me fui a acostar agotado y triste. Si hubiéramos cuidado el agua, me reproché hasta quedarme dormido.

Hoy, cuando mamá dijo que era hora de despertarse, aún me sentía pegado a las sábanas.

Llegué tanteando al baño, con un ojo pegado por el sueño y el otro pegado por el zumo que seguramente había resbalado desde mi pelo. Pero cuando logré abrirlos y mirarme al espejo comprobé que no había ni rastro de naranja en mi piel. Abrí el grifo y eufórico comprobé que salía agua. Agua de verdad: transparente, fresca, refrescante, suave, maravillosa agua.

– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Sale agua del grifo!

Mi mamá se asomó a la puerta del cuarto de baño.

– Claro, ¿qué esperabas? ¿Qué saliera zumo de naranja? – contestó burlona.

La miré asombrado. Era como si nada hubiera pasado. Tal vez lo hubiera soñado. O tal vez no. Mi cepillo de dientes seguía estando teñido de un sospechoso tono anaranjado.

Cerré el grifo de inmediato. Tenía que cuidar el agua.

 

Este cuento ha sido seleccionado para formar parte del libro del XVII Concurso de Cuentos sin Fronteras de Otxarkoaga.

Sin retorno

Sin retorno

Hubiera preferido desaparecer a tener que explicar su presencia allí. Pero era demasiado tarde. Si los pasos que escuchaba en el pasillo, iban directo a la puerta de entrada, tal como temía; apenas tenía tiempo de ovillarse debajo de un mueble, aunque el ruido lo delatara antes de lograr su cometido.

Era más seguro deslizarse entre la cortina y la pared y esperar en silencio, que arrastrarse hasta la mesa más próxima donde ni siquiera existía el cobijo de un mantel.

Sin embargo las piernas no respondían. Miraba alternativamente la puerta y lo que llevaba en la mano, sin decidir si primero debía soltarlo o levantar un pie.

Ella notaría que algo faltaba ni bien abriera la puerta. La imaginaba recorriendo la habitación con una sola mirada mientras levantaba las persianas. La cortina no era tan buena idea. Tal vez podría contar con que ella, cegada por la luz de afuera, le diera los segundos necesarios para escapar.

Las manos habían empezado a temblarle, con el peligro de terminar desarmando el objeto precioso contra el suelo lustrado.

La llave en la cerradura tapó el sonido de su respiración contenida justo en el momento en que los pies despegaron y lo depositaron de cara al suelo, detrás del sillón de dos cuerpos.

Ella fue directa a la ventana. En cuanto mirara la biblioteca iba a notar la ausencia. Era necesario actuar antes de que le arrebatara de sus propias manos el tesoro.

Gateó en la oscuridad hasta la pared rogando no tropezar. La puerta estaba cerca y ella de espaldas, luchando con el mecanismo de la persiana. Era el momento.

Salir fue más simple de lo que esperaba- Tarde entendió que no había calculado la posibilidad de un encuentro casual. No atinó a responder ninguna de las preguntas que le hacía el vecino, ni a acallar su asombro con alguna explicación estúpida.

La voz del otro no hizo más que alertarla, y ella abrió la puerta encontrándolo allí, con el libro a medio ocultar debajo del abrigo.

Odió la sonrisa tambaleante con que la miró, el sudor en las manos y la falta de reflejos que le impedía huir escaleras abajo. En cambio, cuando ella extendió la mano, le devolvió el libro, sabiendo que las cosas no podían ser de otro modo, que desde el momento en que había terminado de escribirlo, le era irremediablemente ajeno.

Sin retorno

Camarada

Un señor con levita que se parece a Pushkin, se ha instalado en el cuarto de la plancha. Al principio me daba unos sustos de muerte cuando entraba cargada de camisas arrugadas y él estaba sentado en un rincón.

Pero me fui acostumbrando a su presencia. Mientras trabajo conversamos sin entendernos. Es que habla ruso. Cuando le plancho la arrugada levita, sonríe.

Lástima que los otros días la señora encontró su libro en uno de los eternos abrigos del perchero. Sin permitirnos despedirnos, se lo llevó.

Ya no me acompaña a planchar, pero hay que ver cómo se la escucha ahora a la señora suspirar por las noches.