por pcollazo | Jun 16, 2017 | Cuentos enredados
El cuatro romano es un tramposo, lo descubrí hoy gracias a que te paraste sobre la silla y lo proclamaste al viento interrumpiendo mi explicación. ¡Si tocaban cuatro íes! ¿Qué se viene a hacer el complicado?, y además, ¿cómo sabe que después va a venir la V, si él está antes que el cinco? ¡Eso es trampa!
Yo coroné tu alegato con una carcajada que me llenó la boca y empezamos a gritar a dúo ¡Descalificado por tramposo! ¡Queda descalificado! Y hasta creí ver la I y la V dibujadas en el cuaderno, a la derecha del 4, empalidecer con claras intenciones de pasar desapercibidas.
Cerramos las tapas duras para encarcelar al tramposo y darle una buena lección, y volvimos a abrirlas cuando, convertido en juez, consideraste que era suficiente castigo.
Entonces, fuimos a parar al dictado que siempre te causa tanta gracia y otra vez yo, poniendo cara seria pronuncié las palabras que ya sabemos de memoria: “el gusano germano guisó un geranio, mientras su gato guerrero rasgaba la guitarra”. Y tú hiciste la parodia de estar escribiendo cada palabra, y aguantamos la risa hasta que diste vuelta la hoja y vimos el dibujo que habíamos pintado el día que estrenamos las témperas, y el título al pie copiado con tu letra gorda y titubeante: “Gusano guisando geranio”.
A continuación, inevitable, vino el pedido de continuar la historia que había quedado detenida en un renglón, cuando Gustavo, que así habíamos llamado al gusano, guerreaba con un gigante gangoso.
Y empezamos a decir palabras con G hasta encontrar las adecuadas.
– Ya sé, Gustavo gana la guerra y el gigante va a la guillotina – aseguraste, y yo completé la historia inconclusa agregando al final un “pero” misterioso que nos obligara a continuarla la próxima vez.
De ahí, pasar al experimento de la levadura en la botella, fue lo mas natural. Así, que ya estaba yo subida a la encimera buscando una botella vacía y tú sosteniéndome la silla e indicándome con tu dedo brújula donde tantear.
Que la hora de la cena nos sorprendiera en la cocina, fue la excusa perfecta para que ejercitaras tus dedos en la botonera del microondas, y tu lectura en el envase de la mantequilla.
– Má, acá pone “Fecha de caducidad: ocho de octubre”. ¿Tú tienes vencimiento?
Pensé que no, que parada en medio de la cocina, con tu mano enmantecada sacándome el pelo de la cara, no puedo tener vencimiento.
– Uh, nos olvidamos de hacer los deberes – bromeaste al acostarte, como tantas veces, debajo de mi beso toma fiebre.
– No te preocupes, yo le explico a la profe – continué la broma mientras apagaba la luz. Y caminé por el pasillo preguntándome cuanto tiempo más podré hacer durar, tus cuatro años.
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por pcollazo | Jun 16, 2017 | Cuentos enredados
La temporada no había empezado oficialmente, y era la época del año que más le gustaba. Los turistas aún no habían llegado con su prepotencia ganada a fuerza de trabajos mantenidos a disgusto, para vengar madrugadas, palabras ácidas escuchadas a diario, autobuses repletos.
El clima, como queriendo tentarlos con el anzuelo del sol brillante para después doblarles el rostro con una cachetada de tormenta, era perfecto.
El día de playa tan meticulosamente planeado, se presentó de improviso una mañana de sábado, y salió de prisa tras él como para no dejarlo escapar.
Guardó en su bolso algo de fruta, una toalla, el protector solar del año anterior, y la novela. Esa que había estado asentando en el segundo estante de la biblioteca a la espera del momento preciso. Como un vino añejo, en posición horizontal y sólo movida esporádicamente ante limpiezas cada vez más improbables.
Recorrió el centenar de metros que lo separaban de la playa, cargando la silla plegable sobre el hombro desnudo, anticipando el frío irremediable del agua alcanzándole los pies, y calculando la posición exacta en que armaría su pequeño campamento para que el sol no perturbara la lectura.
Como era de esperar, solo dos o tres personas se animaban a la arena tan temprano. Un muchacho con cara de nada que arrojaba a intervalos regulares una pelota de tenis a un perro gris, que con su misma cara, se la devolvía incansable. Un hombre probando suerte en el muelle, más absorto en el movimiento lejano del puerto, que en los vaivenes de su propia caña, y una pareja caminando por la orilla sin apuro.
Armó la silla baja en el ángulo exacto que le permitiera observar el mar con un golpe de vista, sin quedar completamente de frente para evitar que el viento entorpeciera la lectura; a unos metros de la orilla, ya que aún no era momento de dejarse mojar, sobre un terreno virgen de residuos.
Se descalzó, perdiendo el último vestigio de urbanidad y se sentó con el libro añejado rozándole las rodillas flexionadas.
Los pies, en contacto con la arena fría, el sol entibiándole el torso, el pelo orillándole la frente con los vaivenes prodigados por el viento.
Durante más de una hora leyó casi sin detenerse. Embebió sus pensamientos en esos otros, y por eso, al principio no creyó propia la idea de que tenía mucho frío en los pies. Hasta que se obligó a mirarlos y los descubrió semienterrados en la arena tibia. Si hubiera prestado más atención a sus sensaciones que al renglón que otra vez capturaba su atención, quizás hubiera estado a tiempo.
Dos capítulos después, cuando la molestia en los pies le ganó la pulseada por segunda vez a las palabras escritas, intentó moverlos sin resultado. Creyó que se le habían dormido y quiso estirar las piernas para hacer círculos en el aire. Pero pesaban. La arena le llegaba ahora a los tobillos, comprobó con una mirada extrañada, e intentó ponerse de pie, con la consecuencia lógica de perder el equilibrio ya que los pies no le respondían. Y las rodillas fueron a dar contra la arena sin que por eso las plantas de los pies se separaran ni un centímetro de la superficie rugosa que empezaba a sentir húmeda. Logró volver a encajar su cuerpo en la silla baja y se masajeó las pantorrillas doloridas en el estiramiento. Si la arena estaba húmeda era porque la marea había empezado a crecer y algunas olas lentas llegaban casi hasta su bolso semiabierto a un costado. Lo levantó y hurgó en su interior como buscando algo sin saber qué en realidad.
Después del algunos infructuosos intentos por desenterrar su pie derecho, lo intentó con el izquierdo con más ahínco aún, pero con igual resultado.
Miró a su alrededor para pedir una ayuda absurda. El muchacho del perro estaba a más de cien metros sentado en la arena junto a su mascota mirando absorto el mar. El hombre del muelle, de espaldas, presumiblemente, encarnaba su anzuelo. De la pareja de caminantes, ni rastros.
Hacer todas esas comprobaciones había resultado una pérdida de tiempo, porque no le parecía posible llamar la atención de ninguno de ellos, y al mirar otra vez hacia abajo, comprobó que la arena había avanzado casi hasta las rodillas, y el agua, el agua seguía coqueteando con los hoyos que se habían formado a su alrededor, como planeando escabullirse en ellos en cualquier momento. Al menos la misma arena lo ayudó a ponerse de pie y mantener el equilibrio.
Pensó que cuando finalmente el agua llegara a su altura, la presión empezaría a ceder. Pero no fue así. El agua le mojó los extremos del bañador y se desparramó a su alrededor como vertida sin remedio.
Atinó a apoyar una mano para ejercer una especie de palanca que le permitiera liberar las piernas sin lograrlo. La arena y el agua avanzaban denodadamente y calculó que en diez minutos le llegarían a la cintura.
Los gritos no fueron escuchados por el muchacho del perro, ni por el hombre del muelle, que cuando lo miró, devolvió su gesto de brazo en alto con un saludo amistoso, como si lo creyera sentado y no enterrado en la arena.
El libro había permanecido en su mano derecha y el índice terco marcaba la página que había estado leyendo.
Cuando la arena le llegó a la altura de las axilas, lo apoyó sobre la marea corrediza y comenzó a leer ávidamente, hasta que la sal le inundó los ojos y se hizo imposible seguir.
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por pcollazo | Jun 10, 2017 | Cuentos enredados, Premiados
Había retirado “Cae la noche tropical”. Alguien le había hablado de Puig y sus diálogos. Recién emergido de “La caverna” de Saramago, pensó que necesitaba algo sencillo de leer, algo que le ofreciera el tiempo necesario para madurar todas esas ideas, que un alfarero había puesto a rodar por su cabeza. Tendría que haber pedido algo de filosofía, pensó, algo sobre Platón, de manera de terminar de una vez por todas con Cipriano Algor y el Centro. Pero no, se había dejado tentar por la portada a todo color de “Cae” y allí estaba, hamacándolo entre sus manos sin decidirse a abrirlo. Y cuando lo hizo no fue para leer el comienzo, ni siquiera el prólogo. Se detuvo en las primeras hojas apenas salpicadas de letras, en la fecha de la edición, en la escueta dedicatoria, en la dirección de la editorial. Y fue ese regodeo premeditado y necesario el que lo obligó a reparar en la ficha. Alguien había devuelto el libro el mismo día en que él lo retirara de la biblioteca. Quien lo hubiera hecho lo había leído en apenas cuatro días. Y si miraba hacia atrás, desde la última vez en que alguien había escogido aquel ejemplar de Puig, habían pasado cerca de dos años.
Extraño destino el de los libros, pensó. Meses y meses anestesiados en un anaquel, en estado de coma, hasta que alguien descorre las cortinas y los encandila sin previo aviso. Y tras estos, otros ojos nuevos no le dan tiempo de olvidar los anteriores, cuando ya están hurgando en sus vericuetos, rellenando los huecos dejados adrede en el camino.
Quien hubiese recorrido esos renglones tan recientemente, según revelaba la ficha, llevaba el número 2137. Eso indicaba que era un socio bastante más nuevo que él, aunque no del último año. Tal vez llevara cerca de dos.
Ese era un dato casi sin importancia, pero se convirtió en la punta del ovillo de la que en aquel momento, casi sin darse cuenta, comenzó a tirar.
Se le antojó que su predecesor en la lectura, era sin duda una predecesora. Era algo que palpaba en las páginas, que percibía en el peso con que determinadas hojas insistían en repetirse, cuando abría el libro al azar; en el esfuerzo adicional que requerían otras para ser separadas ante los ojos que ahora ávidos se internaban en la historia.
Los dobleces, las puntas ajadas, y hasta alguna probable mancha de humedad en los sitios precisos, delataban un recorrido indudablemente femenino a través de las páginas. Podía adivinar los ojos humedecidos de expectativa girando bruscamente determinada hoja, las uñas tenues demorándose en un diálogo releído una y otra vez.
2137 era una mujer, y aun sin atreverse a pensarlo, en aquel momento él supo que necesitaba conocerla.
Menos de tres días le llevó acabar con “Cae”. En realidad, ese fue el tiempo que se concedió a sí mismo, para trazarse un identikit de 2137, y salir a buscarla.
La pista más lógica lo llevaba, por supuesto, a la biblioteca. Y hacia allí se encaminó, para ver cómo su decisión chocaba sin remedio contra las reglas esgrimidas por una empleada de gesto adusto. Los datos de los socios eran estrictamente confidenciales, y no había razón, ruego, ni amenaza que la hiciera cambiar de opinión.
Tampoco accedió a comprobar si 2137 era mujer, pedido del que más tarde se arrepintió, por ser absolutamente innecesario. Él sabía que era una mujer, y no hacían falta pruebas de ninguna índole al respecto.
Resignado a esperar que el turno de la empleada acabara, para que fuera reemplazada por el muchacho desgarbado que atendía a partir de las cinco, decidió sacar un libro. Eligió al azar algo de Javier Marías. Recordaba haber leído tiempo atrás una novela bastante interesante, un traductor, un secreto. La historia no la tenía muy clara, sólo la sensación placentera que deja a la larga un buen libro, como el sabor de un manjar antiguo, evocado en los labios de pronto.
Durante el trayecto hasta su casa, recorrido a pie, con la única intención de rellenar la espera, una intuición, casi una sospecha, comenzó a materializarse entre sus pensamientos. No pudo aguardar hasta llegar para decidirse a corroborarla. Detenido a la espera de que un semáforo le diera paso, atisbó apenas la ficha guardada en la contratapa. Tal cual lo supiera antes de hacerlo, el número 2137 se dibujaba pleno en el anteúltimo renglón. Ella lo había devuelto ese mismo día. Tal vez apenas unos minutos antes de que él estuviera buscándola. La gente a su alrededor avanzó movida por el verde pleno que sus ojos no alcanzaron a registrar. Llegó hasta la otra acera impulsado por el movimiento colectivo, trasladado sobre la senda peatonal con el libro entreabierto en una mano y la sorpresa del descubrimiento en otra. Ella lo estaba siguiendo.
Si bien literalmente esta no era una idea lógica, ya que era él quien parecía seguirla, de hecho su número en ambos casos estaba a continuación del de ella, sabía que se trataba solo de un simple ardid que ella utilizaba para disimular sus intenciones.
Sabía que fuera cual fuera el título que decidiera sacar de la biblioteca, el número 2137 estaría allí antecediéndolo. Y para corroborarlo, reencausó la dirección de sus pasos de regreso hacia el mostrador frío y la mirada adusta todavía en su turno.
Recorrió los pasillos escogiendo guiado sólo por sus sentimientos hacia la obra o hacia el autor, y obligándose a no mirar la ficha, tres títulos que acercó a la empleada sin dignarse a contestar la pregunta que los ojos de ella le hacían mientras completaba la ficha: ¿piensa leerlos todos juntos?. Sí, se dijo, cuando alejado apenas unos metros, comprobó que el 2137 estaba allí donde esperaba encontrarlo. Si a juzgar por las fechas, ella los ha retirado todos juntos y los ha leído a la vez antes de retornarlos hoy mismo, yo también lo haré.
Y entonces sí se encaminó definitivamente a su casa, donde asaltó en desorden y sin sentido los cuatro ejemplares que contando otras historias, le hablaban de ella.
La observó estremecerse durante la emboscada sangrienta al comienzo del libro de tapas grises. La escuchó reír con las ocurrencias irónicas del hombrecito de traje que vivía en el capítulo 10 de otro de los libros. Respetó su silencio inquebrantable mientras era testigo de la muerte de una mujer en los brazos equivocados. Y se llenó de sal la boca, cuando una lágrima vertida por ella, salió a su encuentro desde el final irremediable y triste del ejemplar que tenía un hombre de espaldas en la portada.
Le llevó cinco días completar su recorrido. Cinco días en que aprendió a sorprenderla entre renglones, a seguir sus pasos sin esfuerzo, saltando de historia en historia, alternando personajes, lugares, conflictos y resoluciones en la misma exacta proporción en que ella lo había hecho, en que ella lo invitaba tácitamente a hacerlo. Se acostumbró a apurar el paso para seguirla cuando giraba bruscamente una página. A detenerse en una frase en la que ella había hecho un alto. A alejarse y mirar las letras a la distancia, con la perspectiva única de la segunda lectura.
Estaba claro que cinco eran los días que a ella le había llevado leer aquellos libros a juzgar por la fecha en que los había devuelto. Y estaba claro también, que si él se presentaba en la biblioteca, ella lo haría unos momentos antes para devolver el libro que él, aun sin saber de cual se tratara, iba a retirar después.
Por eso, al cabo de esos días se decidió a forzar el encuentro. Desde el momento en que abrió sus puertas la biblioteca, buscó un sitio cómodo desde donde tener una buena perspectiva del mostrador, y sentado en un sillón de la sala de lectura, se dispuso a esperar. Ella vendría a devolver los ejemplares que tuviera en su poder, y seguramente a retirar otros. Él estaría allí para interceptarla. No estaba dispuesto a que la testarudez de una empleada se interpusiera en sus planes.
Cada vez que una mujer se acercaba al mostrador, él se ponía de pie y escuchaba el número de socio con que se presentaba a la empleada. De este modo sabría cuando ella finalmente llegara.
Al cabo de toda la mañana, y cuando ya la empleada lo miraba con expresión de creerlo un ladrón o algo aún peor, no había tenido suerte en absoluto.
En un momento había llegado a desesperarse, cuando una de las mujeres, en lugar de pronunciar su número de socio, le había mostrado la credencial a la empleada en un gesto rápido que le había impedido a él, situado prudencialmente a un costado, llegar a verla. Había sido necesario forzar un tropiezo posterior en uno de los pasillos con la mujer en cuestión, lo suficientemente fuerte como para que el contenido de su bolso se esparciera en el suelo, y él tuviera oportunidad de corroborar, credencial en mano, lo que ya sospechaba. No se trataba de ella.
Para las cinco de la tarde, cuando el muchacho desgarbado acababa de ocupar su puesto, estaba agotado. No había comido nada en todo el día, no se había movido de aquel lugar ni un minuto. Necesitaba ir al baño, mojarse la cabeza, pensar una táctica que le impidiera desesperar.
Con el muchacho desgarbado no hubo mejor suerte que con la empleada. Él también se amparaba en estrictas normas de confidencialidad a la hora de ofrecer los datos de otro socio. Sin embargo, accedió a retener a la 2137 con alguna excusa, si de casualidad se presentaba durante el momento en que él iba hasta el baño.
Regresó con las manos húmedas después de escasos cuatro minutos, y se encontró con los gestos desesperados del bibliotecario señalándole la puerta giratoria en la que apenas atisbó a ver un bolso marrón saliendo del edificio. Era ella, no pude retenerla, alcanzó a escuchar antes de sumergirse en el carrusel transparente que lo depositó sobre la acera. El sol, aún alto lo encandiló, y ahuecó su mano a modo de visera, mirando desesperado en una y otra dirección. La calle estaba sembrada de gente, de mujeres, de bolsos marrones que se alejaban en todas direcciones, sin darle tiempo a descifrar los rostros, a estudiar las miradas. Pronunció el 2137 como un lamento, como un pedido de auxilio, parado en medio de la acera, mientras los transeúntes le rozaban las manos cargadas de libros, al pasar a su lado sin reparar en él.
Ella sospechó que alguien la estaba esperando, fue la única explicación que le pudo arrancar más tarde al empleado desgarbado. ¿Pero por qué, usted se lo dijo? ¿Acaso no me prometió…?, Yo no le dije nada, le aseguro…, ¿Y entonces cómo lo supo?, Mire, caballero, yo no sé qué es lo que usted pretende de ella, ni me interesa en realidad, pero le pido que me permita continuar con mi …
Volvió a su casa, sin devolver los libros. Quería disfrutar de ella un poco más, y tenía plazo hasta la siguiente semana para retornarlos. Sabía que cuando lo hiciera la perdería para siempre. Que a partir de ese momento, ella había dejado de perseguirlo. Que ya no encontraría más los mágicos 2137 escritos con tinta fresca en los ejemplares que retirara. Que no podría adivinarla en cada frase, ni compartir con ella una ruta única y sin mapas.
Durante esa semana, disfrutó de su compañía tanto como se lo permitió la crueldad anticipada de la despedida. Llegado el plazo, retornó los ejemplares, un miércoles de mañana, en que se encaminó despacio hacia la biblioteca llevándolos entre sus manos, como si se tratara de delicadas mariposas que era necesario no ahuyentar.
Este relato ha obtenido el Segundo Premio en el IV CERTAMEN DE RELATO BREVE PASIÓN POR LEER.
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