Cruce

Cruce

María da un portazo y baja apresurada las escaleras. Intenta recordar dónde han aparcado el coche, pero su mente está nublada y solo recuerda los últimos reproches entrecruzados.

Pablo sube las escaleras del trastero manteniendo en equilibrio su bicicleta sobre el hombro. La apoya junto al portal y la mira orgulloso. Tanto tiempo ahorrando para conseguirla y allí está, invitándolo a atravesar las calles silenciosas de mañana de domingo hasta salir de la ciudad.

María ha dado con el coche y desplomada en el asiento del conductor, no consigue que la llave se deslice en el contacto. Tiene ganas de vomitar.  La cabeza le duele junto a la sien derecha y la voz hiriente le lacera en las costillas.

Pablo pedalea acompasado, con el viento abombando la camiseta que empieza  a humedecerse con el sudor. Atento a cada sonido, a cada pequeño matiz en el traqueteo suave de las ruedas sobre el asfalto. Respira profundo para encarar la cuesta de la avenida que lo pondrá sobre la carretera. Observa la serpenteante línea gris que le invita como una amante sensual y sonríe imperceptiblemente.

María se ha saltado dos stops y ha pasado un semáforo en dudoso verde. Lo único que quiere es alcanzar la carretera y poner distancia. Se habían prometido no volver a beber pero otra vez lo han olvidado, alcanza a pensar antes de poner el coche a 120 en la recta.

Pablo empieza a notar el esfuerzo pero intenta mantener el ritmo. La carretera solitaria, el sol brillante, la franja blanca a su derecha como una guía lo invitan a perseverar. Y lo hace. El sudor resbala entre sus omóplatos en un serpenteante río que se detiene justo al llegar al filo de su malla. Debajo del casco, el pelo húmedo se le pega al cuero cabelludo como si estuviera nadando en la piscina y el agua clorada se estuviera colando bajo su gorra de agua.

María ve un punto a lo lejos. Una figura indescifrable que va creciendo en tamaño, como un molesto lunar sobre el asfalto, que la distrae de sus pensamientos y no le permite encauzarlos.

Pablo ve que un coche se acerca por el carril contrario y piensa que parece ir de prisa, que será mejor que se mantenga bien a la derecha porque. Allí se cortan sus pensamientos.  Los de María, salen disparados por el impacto en todas direcciones. En un arcén, que cree haber atropellado a un animal, en el otro, la imagen de los números de la camiseta de Pablo y una rueda de bicicleta aplastada. No se detiene a recoger sus pensamientos porque intuye que no le gustará lo que vea. Intenta concentrarse en huir aunque no quiere saber de qué.

Los pensamientos de Pablo han regresado aunque no consigue acomodarlos y formarse una imagen de lo que está pasando. Un coche azul se detiene a su lado. Escucha gritos, voces nerviosas, y poco después, sirenas. Quisiera que callen que todos callen. Le obligan a abrir un ojo y no ve su bicicleta nueva en la pupila preocupada que lo observa.

– Menos mal que llevaba casco – dice alguien.

– Eso no ha sido suficiente – replica otra voz.

Y Pablo sabe que se está muriendo sin entender cómo ni dónde.

Sus pensamientos, cada vez más confusos, se derraman sin remedio para entremezclarse con los de María, que permanecen temblorosos y asustados en el arcén.

Después, alguien le cierra los ojos. Como si el sol cada vez más alto, pudiera hacerle daño en las pupilas.

Ganadora del XI Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González

Ganadora del XI Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González

El viernes 7 de septiembre he tenido el gusto y el honor de recibir el XI Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González que ha sido otorgado a mi poema Preguntona (puedes hacer click aquí para leerlo).

Ha sido una velada colmada de emociones en la que he tenido el gusto de conocer personalmente a los representantes de la Fundación Conrado Blanco de La Bañeza. Se trata de una Fundación que mantiene viva la memoria de Charo González (esposa de su fundador)  a través del fomento y el apoyo a la literatura infantil.

Gracias a ese impulso, se han desarrollado varios proyectos como el proyecto Charín (una revista anual de literatura LIJ de un contenido y una manufactura cuidados al máximo detalle), el Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González, y la antología anual que nace a partir de este premio.

Un verdadero orgullo poder formar parte de estos proyectos al haber sido premiada en la XI edición del premio.

En el acto desarrollado en La Bañeza el pasado viernes, en el marco de la Semana del Peregrino, me he sentido arropada por los representantes de la Fundación Conrado Blanco, del proyecto Charín, de la Asociación Monte Urba y por todos los vecinos de La Bañeza que se dieron cita para compartir una velada muy especial.

No ha faltado la música, la poesía recitada a través de jóvenes voces, el espacio para el recuerdo de Conrado Blanco y su esposa Charo, y hasta un feliz cumpleaños cantado a coro.

Gracias a Luisa, Camino, Alejandro, Nicolás, Eugenio, Mario, Oliva, Maite (qué bien nos lo hemos pasado con tu charla), Felipe (tengo que conocer ese castillo), al simpático alcalde José Miguel y a muchos otros nombres con los que no me he quedado (¡ese excelente maestro de ceremonias, por ejemplo!) pero que me han regalado una sonrisa, un comentario siempre generoso, un abrazo cálido, una mirada que hizo que me sintiera en casa, más reconocida de lo que merecía, pero feliz. Nunca vienen mal los masajes en el alma, y este viernes he recibido una sesión de spa completa. ¡Gracias a todos y cada uno de los que lo habéis hecho posible!

Nunca olvidaré La Bañeza, y claro que he escuchado cada una de vuestras generosas invitaciones, por lo que esta visita no ha sido la última, sé que volveré.

Preguntona – Poema ganador del XI Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González

Preguntona – Poema ganador del XI Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González

– ¿Quién ha visto alguna vez

una nube del revés?

¿Se le verán las costuras,

o acaso alguna etiqueta

que ponga “lavar a seco”

y no planchar ni una vez?

¿Y quien se encarga en el cielo

de colgarlas como ropa?

¿Quién tiene pinzas tan grandes?

¿O acaso se cuelgan solas?

¿Quién ha hablado alguna vez

con la madre de un ciempiés?

La ciempiesa, lavadora

gigante debe tener,

para lavar calcetines

si cada nene usa cien…

¿Y quién le ayuda temprano

a atar cordones sin fin

cuando tantos ciempiecitos

van a la escuela infantil?

¿Quién se colgó alguna vez

con un clavo en la pared?

Para saber si se aburren

los cuadros, tan derechitos

¿o juegan al veo veo

si saben que no los ven?

¿Y no les hace cosquillas

el plumero en la nariz?

¿Cómo tienen que ingeniárselas

para no gritar atchís?

¿Quién ha invitado una vez

a un búho a tomar el té?

¿Es verdad que todo el cuello

giran a su alrededor?

Y si comen mermelada:

¿también les giran los pies?

¿Quién ha visto alguna vez

un perro que ladre en inglés?

¿Es verdad que ningún gato

se asusta cuando los ve?

¿Y que si mueven el rabo

no es que quieran festejar,

sino que se resfriaron

y están por estornudar?

¿Quién pregunta cosas locas

sin cabeza y sin pies?

¿Y quién quiere colgar nubes,

investigar lavadoras,

tomar el té con un búho ,

o colgarse en la pared?

¿Será esta rima traviesa

disparates en plural,

que se llama Preguntona

y quiere contigo jugar?

Asignatura pendiente

Asignatura pendiente

Para V.F. , que sabe por qué

Desanudo tu corbata roja.

La seda desliza atardeceres no compartidos,

otoños vividos de prisa,

abriles en septiembres.

Y tu mirada vuelve a ser de mar,

y las líneas paralelas

(sin que sirva de precedente)

se cruzan antes de alcanzar el horizonte.

 

Construyo un castillo

con la arena de nuestros zapatos

revueltos junto a la cama.

Y quisiera estar descalza por siempre

para deslizarme sonámbula

hasta la orilla de tu espalda

cada noche.

Como si el verano

y la pasión aún

pudieran perdonarnos.

 

Escribo nuestros nombres de entonces

sobre la arena húmeda

para que una ola silenciosa

los entremezcle

y devuelva estos que tenemos ahora,

tantos años después,

mientras seguimos siendo aquellos

– y por suerte –

somos otros ya.

Asignatura pendiente

Fugacidades

Turbia la boca

sobre el hombro desnudo

sacude de gentilicios el encuentro.

No importa de dónde venimos

porque mañana regresaremos.

Y no despertaré en tu pecho.

Y no acudirá el sueño a la cita.

 

Turbia la brisa

en el desdén de tu falda

resarcirá heridas de otros adioses

con sal y cristalmina.

Como en veranos de infancia

cuando las brechas curaban

y las pasiones

se reeditaban cada junio.

 

Turbio el silencio

con que no prometemos

más que esta noche.

Porque solo llevamos billetes pequeños,

y de los bolsillos

se nos escabullen realidades

cuando en silencio nos vamos

quitando la ropa.