por pcollazo | May 11, 2021 | En pocas palabras, Premiados
Como
muchas otras veces, llegaron de madrugada portando una caja de zapatos. Me tocaba
trabajar. Recurrían a mis servicios cuando un caso se les atascaba y era
demasiado peligroso dejar pasar más tiempo.
Dijeron
que se trataba de un cruento asesino en serie con tendencias caníbales. Ponerme
en sus zapatos no iba a resultar agradable. Pero era el único modo que tenían
de dar con él. No me podía negar.
En
cuanto los calcé percibí un ardor en la garganta. Necesitaba escupir. Los
policías miraron horrorizados la oreja que vomité sobre la mesa del salón. Me
ordenaron que me los quitara, pero no podía. Como tampoco podía sacarme de la
cabeza esa idea de hacerle creer a la sargento que me sentía enfermo, para conseguir
que se me acercara.
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por pcollazo | Mar 10, 2021 | En pocas palabras
El
20 de julio de 1969 mi mamá pisó la luna. Tenía entonces ocho años recién
cumplidos. Ocho años es la edad que yo tengo ahora, y mi abuela Aurora a veces
me confunde con ella.
Lo
de la abuela es una cosa rara. Mamá dice que debemos tener paciencia y
comprender que la abuela está enferma, aunque yo no creo que lo esté.
Te
da unos abrazos que te dejan sin aire, come chuches hasta que mamá se las
quita, y dice palabrotas a toda hora.
La
abuela cuenta unas historias fantásticas. Mamá dice que mezcla cosas, que no le
hagamos caso, pero escuchándola fue como me enteré de que mamá fue la primera mujer
en pisar la luna. La profe dice que las primeras mujeres en hacer algo se
llaman pioneras. Así que mi mamá es una pionera.
A
veces la abuela cree que los mellizos, ella y yo somos hermanos. Especialmente
cuando mamá nos regaña a todos porque la hemos atiborrado con dulces, o porque hemos
jugado a bombas de agua en el patio y la abuela está empapada de pies a cabeza
y muerta de risa.
Pero
otras veces, la abuela cree que yo soy su hija, es decir, mi madre, sobre todo
cuando recuerda el asunto de la luna.
Entonces
nos cuenta que la familia completa estaba frente a la tele esperando que el
hombrecillo disfrazado de blanco pisara la luna.
La
tele en aquel entonces era en blanco y negro. Lo sabemos porque dice que yo (o
sea mi mamá) llevaba un camisón rosa, pero cuando me metí en la tele se tiñó de
gris.
Que
yo quería ser astronauta y que ella me decía que esas no eran cosas de mujeres.
Y que yo, testaruda como siempre, me había metido en la tele aquella noche para
ser, de la mano de Armstrong, la primera mujer en pisar la luna.
—
¿Y por qué quería ser astronauta? —pregunto yo, que no termino de entender qué
tiene de espectacular lo de pisar la luna, ni para qué sirve. Más aun teniendo
el poder de meterte en la tele. Yo me metería en cualquier capítulo de los
Simpson o en una peli de princesas, pero ¿meterse en una borrosa escena en
blanco y negro?
—Porque
querías ser la primera mujer astronauta —dice ella, mirándome asombrada como si
la que no tuviera memoria fuera yo.
—Mamá,
¿de pequeña tú querías ser astronauta? —le pregunto después a mamá.
Ella
me dice que me deje de tontadas. Que no le haga caso a la abuela.
—
¿Por qué?
—Porque
yo lo digo y se acabó —contesta mi mamá, como siempre que quiere dar por
cerrado un tema sin dar más explicaciones.
Eso
pasa siempre que los mellizos o yo preguntamos por papá. Que hace años que no sabe nada de él, es todo
lo que nos dice.
Pero
yo una vez la escuché hablando por teléfono con la tía Inés, y le decía que, si
mi padre lo estaba pasando mal, bien merecido se lo tenía. Que estaba claro que
esa lagarta lo había enredado con sus piernas de vedete, pero que aquello mucho
no le iba a durar.
A
mí me dio un poco de cosa que a papá se lo hubiera llevado una lagarta, con lo
fríos y tontos que son los reptiles. Pero cuando le pregunté a mamá si podíamos
pedirle a la lagarta que nos lo devolviera, que para qué quería ella un humano
flaco y alto como mi papá, me mandó a la cama sin darme oportunidad de
repreguntar.
La
lagarta, como la luna, son temas prohibidos para mamá.
Pero,
a pesar de su empeño, la historia nos la sabemos súper bien.
Da
un poco de pena cuando la abuela se pone a recordar aquella noche de julio del
69. Porque después del festejo, de los aplausos, de mi paseíllo (o el de mi
madre), pasa algo. Algo que ensombrece su mirada y hace que interrumpa el
relato.
Se
queda así, con los ojos brillantes que parecen haber olvidado cómo llorar. Como
sus palabras más repetidas en esos momentos, son “papá” y “marchó”, supongo que
se trata de que alguien se ha ido.
Si
consideramos que la abuela mezcla épocas como ensaladas, tal vez a quien llama
papá, no sea su padre, ¡sino su marido!
—Mamá
¿hace mucho que murió el abuelo?
Ella
se encoje de hombros.
—No
lo sé, cariño.
—¿Cómo
que no lo sabes?
—El
abuelo… bueno, que no sabemos nada de él desde hace años…
—
¿Desde el 69, tal vez?
¡Bingo!
Mi mamá se gira, apoya la cuchilla grande en la encimera y pone su cara de
“este es un tema del que no voy a hablar”.
Pero
antes de que pueda decir nada, le digo que la abuela nos lo ha contado. Que, si
prefiere que nos quedemos con la versión de la abuela y sus huecos, vale.
—No,
cariño. Supongo que ya eres lo suficientemente mayor para saberlo. La noche
aquella en que el hombre llegó a la luna, estábamos todos frente al televisor.
Yo volaba de fiebre y deliraba con pisar la luna. Tu abuelo salió a comprarme
algo a la farmacia y nunca más regresó.
—Ah…
ahora entiendo…
Mamá
me abraza y me dice que ya es suficiente de hurgar en el pasado.
—
¿Y papá cuándo se marchó…? —empiezo a preguntar.
—Esa
es otra historia, cariño.
—Lo
sé, pero quiero saberla
—No
hay llegada del hombre a la luna, ni paseíllo, ni frase célebre. Por lo demás,
se parece demasiado a aquella otra.
—De
mayor, seré astronauta, como tú —aseguro orgullosa.
—
¿Astronauta? ¡Yo no soy astronauta!, cariño
—Pues…
como si lo fueras. No te agobia meterte en una escafandra con tal de acercarnos
la luna, eres tan valiente como para dar esos pasos que nadie se atreve a dar,
y sobre todo…
—
¿Sobre todo?
—No
le tienes miedo a las lagartas —concluyo mientras mi mamá me abraza riendo.
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por pcollazo | Ene 23, 2021 | En pocas palabras
Como
a todos, lo llevamos al frontón para fusilarlo. Pidió beber un poco de agua. Un
último deseo algo extraño, pero el sargento accedió. Otros pedían un cigarro,
un beso de alguna mujer que sollozaba entre el público, y hasta apelaban a la
piedad del sargento, que no tenía ninguna.
Le
acercaron un cazo de metal, dejó caer un buen chorro dentro de su boca, hizo
una especie de gárgara y luego escupió.
Era
el maestro del pueblo. Algunos chavales lloriqueaban en primera fila. Nosotros
solo esperábamos que nos ordenaran disparar.
—Tus
últimas palabras —exigió el sargento.
El
reo empezó a hablar, hablar, hablar…
Explicó
la regla de tres simple, la compuesta. Recitó los nombres de todos los ríos de
España de norte a sur. Conjugó el verbo vivir en todos los modos, tiempos y
personas. Repasó las reglas de acentuación de las palabras llanas, agudas y
esdrújulas.
Cada
vez que el sargento levantaba la mano en ademán de interrumpirlo lo conminaba
con gesto severo a volver a su pupitre.
Siguió
con todas las tablas de multiplicar, los nombres de los polígonos regulares,
las partes de la célula y la clasificación de los seres vivos.
El
cura se durmió, el pelotón se dispersó, los soldados rasos ascendimos y el
sargento se jubiló. Pero él allí sigue dando clases desde el 36.
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por pcollazo | Ene 23, 2021 | En pocas palabras
Mi
profe se llama Ana. Casi nunca nos manda redacción tema libre. Supongo que
porque cuando lo hace la volvemos loca preguntando sobre qué podemos escribir.
Yo
estaba esperando que algún día lo hiciera para poder escribir sobre ella. Esta vez
no fue ella quien nos la puso, sino la profe del otro quinto, que la está reemplazando.
Es que Ana sigue pachucha. Eso dijo la directora y bajó los ojos cuando
pregunté si iba a tardar mucho en volver.
Porque
yo quiero que sea Ana la que me corrija esta redacción, porque Ana es la única
profesora mágica del mundo. Y, además, si tengo alguna falta, me la marcará,
pero no me bajará puntos. Porque ella dice que lo más importante de una
redacción es que nos dejemos llevar, que escribamos todo lo que se nos ocurra y
que no atemos a la imaginación.
Por
eso, yo imagino que la profe Ana es mágica. Y tiene poderes secretos. Porque
siempre sabe responder a todo lo que le preguntamos y nunca se enfada.
Cuando
nos recibe por la mañana sabe cómo ha dormido cada uno: choca los cinco de Lucas,
que se cree muy mayor. Nos abraza a los que sabe que nos gustan los achuchones.
Revuelve pelos. Acomoda camisetas, les hace bromas a los que traen cara de
dormidos y sobre todo sonríe. Siempre sonríe.
Después,
si por ejemplo toca mates, nos explica los problemas con tanta gracia, que no
parecen problemas. Y al acabar siempre nos dice que todos los problemas tienen
solución y si no, dejan de ser problemas. Eso es verdad, ¿no? Porque, que la
profe Ana esté enferma es un problema. A mí no me gusta no verla cada día. Y su
solución es muy fácil: que se mejore y venga a clase. Y lea esta redacción y
sonría, pero no como hace cuando llegamos a la mañana, sino de esa otra forma
que usa cuando alguien responde una tontería (por ejemplo, que la unidad fundamental
de todos los seres vivos es la cédula) y ella le dice que se ha equivocado, pero
que equivocarse es el primer paso para aprender.
Y no
es que yo me esté equivocando: la profe Ana es mágica. Pero va a sonreír con su
sonrisa de las equivocaciones, porque es la misma que usa cuando algo le da
vergüenza, o cuando hay algo que no nos quiere decir. Como el último día, que
antes de irnos dijo que no iba a poder venir a clase por un tiempo. Que tenía
que pelear un poco contra unas células rebeldes. No con unas cédulas, claro. Eso
no tendría ningún sentido. Nos dijo lo de las células, pero cuando le
preguntamos si estaba enferma (que somos niños, pero no tontos), sonrió con su
sonrisa de las equivocaciones, le brillaron los ojos y luego dijo que
recogiéramos, que ya era hora de irnos a casa.
Ya
llevo dos páginas del cuaderno y todavía no puse lo más importante: que a mi
profe Ana la quiero hasta las nubes. Ahora me río, porque sé que cuando llegue
aquí, a este renglón en el que estoy haciendo la mejor letra que tengo, se va a
poner roja y va a levantar la vista y buscará mi mirada con una sonrisa. La de
las equivocaciones. O la otra.
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