Como a todos, lo llevamos al frontón para fusilarlo. Pidió beber un poco de agua. Un último deseo algo extraño, pero el sargento accedió. Otros pedían un cigarro, un beso de alguna mujer que sollozaba entre el público, y hasta apelaban a la piedad del sargento, que no tenía ninguna.

Le acercaron un cazo de metal, dejó caer un buen chorro dentro de su boca, hizo una especie de gárgara y luego escupió.

Era el maestro del pueblo. Algunos chavales lloriqueaban en primera fila. Nosotros solo esperábamos que nos ordenaran disparar.

—Tus últimas palabras —exigió el sargento.

El reo empezó a hablar, hablar, hablar…

Explicó la regla de tres simple, la compuesta. Recitó los nombres de todos los ríos de España de norte a sur. Conjugó el verbo vivir en todos los modos, tiempos y personas. Repasó las reglas de acentuación de las palabras llanas, agudas y esdrújulas.

Cada vez que el sargento levantaba la mano en ademán de interrumpirlo lo conminaba con gesto severo a volver a su pupitre.

Siguió con todas las tablas de multiplicar, los nombres de los polígonos regulares, las partes de la célula y la clasificación de los seres vivos.

El cura se durmió, el pelotón se dispersó, los soldados rasos ascendimos y el sargento se jubiló. Pero él allí sigue dando clases desde el 36. 

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