Como muchas otras veces, llegaron de madrugada portando una caja de zapatos. Me tocaba trabajar. Recurrían a mis servicios cuando un caso se les atascaba y era demasiado peligroso dejar pasar más tiempo.

Dijeron que se trataba de un cruento asesino en serie con tendencias caníbales. Ponerme en sus zapatos no iba a resultar agradable. Pero era el único modo que tenían de dar con él. No me podía negar.

En cuanto los calcé percibí un ardor en la garganta. Necesitaba escupir. Los policías miraron horrorizados la oreja que vomité sobre la mesa del salón. Me ordenaron que me los quitara, pero no podía. Como tampoco podía sacarme de la cabeza esa idea de hacerle creer a la sargento que me sentía enfermo, para conseguir que se me acercara.  

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