Mi profe se llama Ana. Casi nunca nos manda redacción tema libre. Supongo que porque cuando lo hace la volvemos loca preguntando sobre qué podemos escribir.

Yo estaba esperando que algún día lo hiciera para poder escribir sobre ella. Esta vez no fue ella quien nos la puso, sino la profe del otro quinto, que la está reemplazando. Es que Ana sigue pachucha. Eso dijo la directora y bajó los ojos cuando pregunté si iba a tardar mucho en volver.

Porque yo quiero que sea Ana la que me corrija esta redacción, porque Ana es la única profesora mágica del mundo. Y, además, si tengo alguna falta, me la marcará, pero no me bajará puntos. Porque ella dice que lo más importante de una redacción es que nos dejemos llevar, que escribamos todo lo que se nos ocurra y que no atemos a la imaginación.

Por eso, yo imagino que la profe Ana es mágica. Y tiene poderes secretos. Porque siempre sabe responder a todo lo que le preguntamos y nunca se enfada.

Cuando nos recibe por la mañana sabe cómo ha dormido cada uno: choca los cinco de Lucas, que se cree muy mayor. Nos abraza a los que sabe que nos gustan los achuchones. Revuelve pelos. Acomoda camisetas, les hace bromas a los que traen cara de dormidos y sobre todo sonríe. Siempre sonríe.

Después, si por ejemplo toca mates, nos explica los problemas con tanta gracia, que no parecen problemas. Y al acabar siempre nos dice que todos los problemas tienen solución y si no, dejan de ser problemas. Eso es verdad, ¿no? Porque, que la profe Ana esté enferma es un problema. A mí no me gusta no verla cada día. Y su solución es muy fácil: que se mejore y venga a clase. Y lea esta redacción y sonría, pero no como hace cuando llegamos a la mañana, sino de esa otra forma que usa cuando alguien responde una tontería (por ejemplo, que la unidad fundamental de todos los seres vivos es la cédula) y ella le dice que se ha equivocado, pero que equivocarse es el primer paso para aprender.

Y no es que yo me esté equivocando: la profe Ana es mágica. Pero va a sonreír con su sonrisa de las equivocaciones, porque es la misma que usa cuando algo le da vergüenza, o cuando hay algo que no nos quiere decir. Como el último día, que antes de irnos dijo que no iba a poder venir a clase por un tiempo. Que tenía que pelear un poco contra unas células rebeldes. No con unas cédulas, claro. Eso no tendría ningún sentido. Nos dijo lo de las células, pero cuando le preguntamos si estaba enferma (que somos niños, pero no tontos), sonrió con su sonrisa de las equivocaciones, le brillaron los ojos y luego dijo que recogiéramos, que ya era hora de irnos a casa.

Ya llevo dos páginas del cuaderno y todavía no puse lo más importante: que a mi profe Ana la quiero hasta las nubes. Ahora me río, porque sé que cuando llegue aquí, a este renglón en el que estoy haciendo la mejor letra que tengo, se va a poner roja y va a levantar la vista y buscará mi mirada con una sonrisa. La de las equivocaciones. O la otra.

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