Me
ausentaba apenas unas horas. Las justas para darme una ducha, reacomodarme la
sonrisa y regresar al hospital. Mientras tanto, Leo se quedaba con su padre.
El
niño hacía preguntas. Muchas. Que por qué le pinchaban tanto, que cuándo
saldría de allí, que cuándo llegaría su nuevo corazón. Y últimamente, que por
qué si le habían crecido alas, no lo dejábamos volar. ¿Qué dices? No te han
crecido alas, cariño, le contestaba yo revolviéndole el pelo. Y con eso
disimulaba el nudo que tenía instalado entre la garganta y el estómago.
Hasta
que una tarde regresé con mi sonrisa puesta y lo encontré parado en el
alféizar. Las alas allí estaban.
Extendidas, impecables, blancas.
Su
padre me miró, yo asentí. Él le soltó la mano, y lo dejamos volar.
Ayer, 10 de diciembre, las letras me han llevado hasta La Rioja.
Allí tuve el honor de recibir el Primer Premio en la categoría Relato del Concurso Literario Ciudad de Alfaro 2021.
Mi relato «Con el Moldava en los ojos» (puedes leerlo aquí) me ha permitido compartir con gente amante de las letras una tarde llena de palabras y música.
Muchas gracias al Ayuntamiento de Arnedo y a la Agrupación de Escritores de la Ribera del Duero Escríbire por organizar una velada tan especial y por apoyar tan decididamente la cultura.
Un agradecimiento especial a Jesús, que nos deleitó con sus canciones y que hizo aun más especial el momento compartido.
He
vuelto a soñar que andabas. Cogidos de la mano recorríamos las calles de Praga
y nos metíamos en una cafetería. Tú pedías tu eterno capuchino y yo un expreso
solo. Se te antojaba una porción de ese espectacular pastel de chocolate que
tenían en la vitrina y yo lo pedía, aunque protestaras porque se salía de
nuestro presupuesto diario. Después, con los cuerpos más calientes salíamos a
caminar junto el río y cruzar el puente de Carlos riéndonos como niños y
deteniéndonos ante cada artista callejero.
Soñé
que podías entrelazar tus dedos con los míos, y apartarme el pelo de la cara
como te gustaba hacer después de cada beso robado en una esquina.
Soñé
que cogíamos el tranvía para llegar al hotel y yo te pasaba el brazo sobre los
hombros y tú apoyabas tu cabeza en el mío.
Soñé
que pasábamos la noche enredados y exhaustos. Que tus ojos me hablaban en ese
idioma que hace tanto que no practicamos. Que tú, con esas manos que ahora
descansan inmóviles a cada lado de tu cuerpo, trazabas una historia de deseo en
mi espalda. Escribías poemas en mi vientre, te derramabas luminosa sobre mí,
hasta fundirte sobre mi cuerpo y dejarte caer por la ladera del placer.
Soñé
que despertábamos cuando el sol de Praga se colaba entre las cortinas
descorridas y que tú me proponías guardar ese momento en el lugar de los
tesoros, de los días felices, de las fotografías no disparadas pero reveladas
para siempre en el alma.
Yo
no entendía entonces por qué decías esas cosas. Por qué querías guardar ese
momento para poder acudir a él más tarde, cuando nos hiciera falta.
Seguramente
tú tampoco supieras por qué lo hacías. O tal vez intuías lo que muchos años
después nos pondría enfrente la vida. Pero tenías la percepción de que en algún
momento necesitaríamos regresar a Praga y caminar junto al Moldava, como yo
hice anoche en sueños. Y por eso te agradezco que me instaras, que nos instaras
a conservar ese carrete de fotografías para poder repasarlas ahora. Creo, más
bien estoy seguro de que tú también acudes a ellas de vez en cuando, porque a
veces sorprendo el brillo dorado de aquel amanecer en tus ojos, y las aguas del
Moldava serpenteando en tus pupilas.
Ahora,
que tu voz se ha convertido en una sucesión disonante de sílabas pronunciadas
con gran esfuerzo, te digo buenos días mientras levanto la persiana y corro las
cortinas para que veas que ha empezado a amanecer.
Me
sigues con la mirada. Con esos ojos expresivos que son ahora casi tu única
forma de comunicación, y callas.
A
veces, cuando callas, temo que ya nunca puedas volver a hablar. Que el terrible
esfuerzo que haces para articular sílabas inconexas no alcance para hacerlas
salir de tu boca, y se acumulen allí, como las ganas de gritar, las palabras completas,
las canciones que canturreabas mientras te duchabas en aquel cuarto de hotel en
Praga en que te soñé anoche.
Pero
no, mientras te doy la espalda para preparar la medicación sobre la mesita que
he colocado en el cuarto, articulas las mismas sílabas con las que te has
despedido anoche antes de entrar en uno de tus cortos e inquietos sueños.
—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA
Yo
hago como que no te escucho y me pregunto por qué ya no me llamas Amor, como
antes, cuando dos sílabas te costarían menos esfuerzo que las tres de mi
nombre. Me lo pregunto solo para poder enfadarme un poco contigo. Eso disuelve
apenas las orillas del dolor y me permite girarme para mirarte a los ojos y
asentir. Porque sé de qué hablas, aunque no quiera saberlo.
Hoy
es el día. Sospecho que hoy es el día. Te prometí que cumpliría lo acordado.
Que cuando llegara el momento me recordarías el trato diciéndome exactamente
esas palabras. Fernando ya es hora. Que lo harías tres veces, para asegurarnos
de que no pronunciarías la clave por error o descuido. Y para darte tiempo a
pensarlo con calma.
Sé
que el tiempo para pensar te sobra, ya que eso es lo único que puedes hacer sin
ayuda. Lo que eres capaz de hacer a la velocidad de siempre, o tal vez con más
agilidad, creo. Que el hecho de haber ido perdiendo movilidad, ha obligado a
tus pensamientos a fluir con mayor intensidad, y que la claridad que siempre
has tenido a la hora de expresarte se ha vuelto ahora hacia tu interior. Para
hacerte pensar con dolorosa clarividencia en todo lo que has perdido junto a lo
poco que tienes. Tienes una ventana a través de la cual ves pasar el día, un
reproductor en el que suena tu música clásica preferida casi todo el tiempo,
una docena de rosas rojas en el florero, un ambientador con olor a vainilla que
no llega a tapar el de los desinfectantes y medicamentos, una silla de ruedas
que ya casi no usas, un reloj que parece no avanzar, una pila de libros sobre
la mesilla, un ordenador apagado y mi presencia permanente. Mis sonrisas
condescendientes, mi gesto cansado, mi tozudez.
Me
acerco con el vaso y te pongo la pajita entre los labios resecos. Tal vez,
cuando la dosis de la mañana te surta efecto, y el dolor ceda un poco, cambies
de opinión, me digo. Pero sé que no será así.
—¿Llamo
a los chicos? ¿Quieres despedirte de ellos? —pregunto cuando ya no soporto tu
mirada expectante clavada en mí.
—SÍ-PE-RO-NO-LES-DDI-GAS-NA-DA
Sé
que me reprocharán por no hacerlo, pero te lo debo. Te debo que todo ocurra tal
cual lo has planeado. Ya que la vida te ha pagado exactamente con lo contrario,
al menos que este momento sea tal como tú quieres que sea.
Me
pregunto cómo será todo a partir de mañana cuando ya no sepa cómo querrías tú
que fuera. Pero prefiero no pensar en mañana. Centrarme en este hoy que te
debo. En este hoy en que te haré el regalo más importante de todos estos años.
Eso me dijiste cuando empezaste a planearlo todo. Que necesitabas de mí, un
último regalo, el más importante. Y que no podías pedírselo a nadie más. Y yo,
para convencerte de que el suicidio era una decisión demasiado precipitada, y
de que aún teníamos mucho por compartir, acepté. Prometí hacerte ese regalo
cuando llegara el momento. Lo acepté entonces sin convicción, por miedo, por
egoísmo. No quería perderte. Pero a lo largo de los más de cinco años que
transcurrieron desde entonces, supe que te merecías ese regalo que esperabas de
mí. Que te merecías tener el poder de decir basta, hasta aquí llegué.
Te
dejo descansando luego de la rutina de higiene diaria. Sé que te agota que te
levante los brazos, que te gire en la cama, incluso que te tironee del pelo intentando
peinarte. Sé que después de eso entras en un sueño ligero, como de bebé
afiebrado y tengo tiempo para organizar las cosas en la cocina, para poner una
lavadora con las sábanas que acabo de cambiarte, con la absurda idea de que el
roce de unas sábanas limpias tal vez te haga cambiar de opinión.
—Papá,
¡qué temprano! ¿Está bien mamá? —pregunta la niña al coger el teléfono.
—Esta
como siempre, cariño. Ya sabes…
—Sí
—contesta simplemente. Y me la imagino con los ojos cargados de lágrimas como cuando
viene a visitarte. Luchando por no derramarlas, como si fueran valiosas perlas
que tuviera que mantener escondidas.
—¿Vendrás
a verla hoy? —pregunto.
—Sí,
papá. Como todos los domingos
Cuelgo
pensando qué hará el próximo domingo cuando ya no pueda venir a verte. ¿Sentirá
alivio? Muchas veces la muerte es un alivio. Lo será para ti, que ya no tienes
fuerzas para seguir batallando, lo será para nuestra hija, que ya no tendrá que
contener sus lágrimas perlas, pero ¿lo será para mí? ¿no podrá más el remordimiento
que el alivio?
Al
niño le mando un Whatsapp. Le digo que lo esperamos esta tarde, que hace mucho
que no viene, que su madre pregunta por él y quiere verlo.
Ahora
que te has ido con la bandeja cargada de jeringuillas y pajitas de plástico, y
las sábanas apretadas bajo el brazo derecho, me quedo mirando mi trocito de
cielo. Mirarlo, cuando está así, recién encendido, parece aliviarme un poco el
dolor. O tal vez sea la medicación que me acabas de administrar.
He
visto en tus ojos la pena. Pero por suerte he visto también la resolución. No
había en ellos ni un resquicio de la duda que temí hallar. El dolor no se irá
con mi muerte, pero cambiará de color. Te permitirá ver la vida bajo otro
prisma. Volver a pensar en ti. Volver a preguntarte qué te apetece comer. A
encontrarte con los amigos que llevamos años sin ver, a salir a caminar por las
mañanas por el parque. A reacomodar la biblioteca y rescatar todos esos libros
que no leíste porque a mí no me interesaban, y tú solo leías para mí.
Leerme
en voz alta ha sido una de las cosas más bellas que has hecho por mí. Nadie lo
había hecho desde la infancia, cuando mi padre me acompañaba a la cama con un
libro lleno de dibujos.
Tú,
en cambio, me has leído sin mostrarme ni una sola imagen. Las has dibujado con
tu voz, con ese modo tan tuyo de meterte en la historia y regalarme la ilusión
momentánea de saberme allí contigo. Lejos de esta cama, lejos de la silla de
ruedas, a una distancia prudente del dolor. Una distancia que nos permitiera
mantenerlo a raya mientras transitábamos juntos cientos y cientos de páginas.
Has
sido un compañero extraordinario. Tan abiertamente generoso que eres capaz de
entregarme este regalo final sin miedo. Con firmeza. Con dolor, pero también
con amor, con un amor que no sabe de egoísmos. Espero, y ese es mi último deseo
al abandonar este mundo, que todo esto no te traiga consecuencias. Lo hemos
hablado hasta la saciedad. Hemos dejado muy claro en sucesivos videos que se
trata de mi decisión. Una decisión personal y libre. Que tú solo me estás dando
las manos que no tengo. Pero que no eres responsable. Ni responsable ni
cómplice. Eres, únicamente, un instrumento que necesito para poder llevar a
cabo mi voluntad. En esta sociedad democrática en que nos creemos libres de
elegirlo todo, desde nuestros gobernantes hasta nuestras preferencias sexuales,
hay algo que aún no podemos elegir. Una elección que debería ser la más
importante de la vida: cuándo y cómo morir.
Ojalá
llegue pronto eso que tanto esperamos. Yo y muchos otros. Pero yo ya no puedo
esperar más. Y tú lo sabes. Sabes que cada día me es más complicado expresarme,
pero que eso no acortará mi vida. Mi cuerpo es aún joven. Mi corazón y mis
pulmones seguirán dando guerra mucho más tiempo del que quisiera. Del que puedo
soportar.
Los
niños entenderán. Sé que eso te preocupa. Que lleguen a pensar que tú… Puede
que al principio les cueste. Ellos no han vivido tan de cerca todo esto. Pero
lo entenderán. Tal vez sería más valiente por mi parte decírselos, hacerlos
partícipes de mi decisión. Pero sé que por impulso se opondrían. Y ya no tengo
las fuerzas para convencerlos. Tú dices que es mejor mantenerlos al margen para
protegerlos de las posibles consecuencias legales de todo esto, y sé que ese es
el motivo por el que respetas mi decisión de dejarlos fuera. Pero mi motivo es otro.
Reconocer ante mis hijos, a quienes siempre inculqué el esfuerzo, la voluntad,
el pelear por alcanzar las metas, que me doy por vencida, que ya no me siento
capaz de seguir, me resulta demasiado duro.
La
vida está hecha de fracasos, y esta forma clandestina de morir tal vez no sea
más que mi peor fracaso. Yo, que siempre he sido optimista, que ante las
adversidades siempre he dicho que nunca está todo perdido, ahora me desdigo de
esta forma tan aparatosa y cruel. Cruel para ellos, pero no para mí. Lo que es
cruel para mí es tener que hacerlo en silencio y dependiendo de ti. No porque
no me sienta segura en tus manos. Siempre lo estuve. He confiado en ti
ciegamente y vuelvo a hacerlo hasta el final. Ya es hora. Fernando, ya es hora,
repetiré cuando los niños hayan regresado a sus casas después de la incómoda
visita de domingo en que me despediré en silencio de sus rostros preocupados.
De sus gestos contenidos, de esa forma que tienen desde hace años de hablarme
como si yo no pudiera entenderles, como si yo necesitara que me repitan que
debo ser paciente una y otra vez.
La
paciencia es un bien que se me ha agotado. La he exprimido, la he puesto a
secar al sol, la he vuelto a remojar con las lágrimas que siguen saliendo de
mis ojos cuando hace tanto tiempo que soy incapaz de enjugarlas. Nadie debería
llorar si no puede secar sus propias lágrimas. La naturaleza debería ser lo
suficientemente sabia como para obstruir los lagrimales de quienes no tenemos
manos, pero sí tantos motivos para llorar.
Pero
hoy no me quiero centrar en eso. Quiero pensar en los cientos de momentos
felices que hemos compartido. Recuerdo la escapada a Praga después de aquella
reconciliación que fue la única que necesitamos. No hubo más reconciliaciones,
porque no hubo más batallas. Después de aquellos días y aquellas noches en
Praga, supimos que lo nuestro era tan fuerte como para poder terminar como
terminará ahora. Y las batallas que libramos a lo largo de tantos años, nos
hallaron a ambos siempre en el mismo bando. Un frente común inquebrantable, que
aún hoy nos une ante la adversidad.
Te
escucho trastear en la cocina, abrir la lavadora, hablar por teléfono,
seguramente con la niña. Estoy cansada, podría dormirme, pero prefiero mecerme
en los sonidos que me llegan acolchados mientras observo con admiración la
belleza de un par de nubes que se han instalado en mi pedacito de cielo.
—Silvia,
cariño. Ha venido la niña a verte
Abres
los ojos. Sé que no dormías, que estabas escuchando la Quinta de Beethoven, una
de tus favoritas. Lo sé porque algo parecido a una sonrisa se dibujaba en la
comisura de tus labios, hasta que has abierto los ojos y has intentado hablar.
El dolor te ha anegado la mirada, pero lo has controlado.
—HO-LA-MI-NI-ÑA
—has dicho con evidente esfuerzo. Y María, visiblemente emocionada, se ha
sentado en la silla junto a la cama y te ha cogido la mano derecha.
Os
he dejado solas. Supongo que es lo que deseas. Despedirte de nuestra hija, aunque
ella no sea consciente de que esto es una despedida.
—CUI-DA-DE-TU-PA-DRE-CUAN-DDO-YO-NO-ES-TÉ
—pronuncio con esfuerzo. Nuestra hija se lleva una mano a la boca como
intentando atajar un sollozo.
—Mamá,
tú siempre estarás —dice.
Esas
palabras me reconfortan. Me hacen sentir menos culpable, menos egoísta por
decidir marchar. Siempre estaré. Es algo bonito de escuchar en un momento como
este.
La
niña guarda silencio. Como si intuyera que este domingo no es como los de
siempre, no actúa como suele hacerlo, parloteando sin parar, contándome
cualquier tontería en un intento de distraerme de mi dolor. Hoy está distinta,
más mayor, me parece. Más mujer. Sé que sobrevivirá. Todos sobrevivimos a la
muerte de nuestros padres. Es el ciclo natural de la vida. Por suerte, uno de
mis mayores terrores, el ver morir a uno de mis hijos, no se ha hecho realidad.
Y me toca a mí primero. Por decisión propia. Por convicción.
—¿Quieres
beber un poco de agua?
No
contesto. Cierro los ojos. Quiero quedarme con esta imagen de la niña. Su pelo
largo enmarcado por la luz vacilante de la ventana. Sus ojos turbios, el calor
de sus manos acunando la mía, como tantas veces yo la acuné a ella en la
oscuridad de las noches de pesadillas.
—Gracias
por venir, hijo
—¿Qué
pasa? ¿Está peor? —pregunta preocupado.
Prefiero
no contestar a esa pregunta. Prefiero que te vea y juzgue por sí mismo.
—Recién
se acaba de ir tu hermana —le digo mientras camino por el pasillo.
Abro
la puerta. El atardecer va llenando de sombras el cuarto. Enciendo la lámpara
de la mesa de los medicamentos.
—NO-POR-FA-VOR
—dices. Y la apago de inmediato.
Sé
que no te gustan las luces artificiales, pero la semi penumbra en que se ha
sumido la habitación me ha provocado una tristeza profunda. La noche se acerca
y con ella el momento en que pronunciarás la frase por tercera vez.
Y
yo, que sé que la mejor luz es la de los atardeceres en tus ojos, que a nadie
le sienta mejor que a ti la luz del Moldava en la mirada, observo la luz tenue
entrar por la ventana y detenerse en tu perfil para delinearlo con delicadeza
en un único y mágico momento.
Nuestro
hijo se sienta en la cama, intentando no moverla y te pasa sus dedos largos y
finos por el antebrazo. Abres los ojos en los que la oscuridad se va
adentrando, y lo miras intentando sonreír.
Él
no sabe que se está despidiendo de ti, me digo. O a lo mejor lo sabe mejor que
nosotros. Siempre fue un niño perspicaz al que se hacía imposible engañar con
mentiras piadosas. Un auténtico buceador de la verdad. Y ahora, la verdad está
ante sus ojos. Tan cruda como tus articulaciones inútiles, como el modo
doloroso en que el aire parece abrirse paso hasta tus pulmones.
Hago
ademán de salir, pero me detiene su voz, casi un murmullo.
—Quédate, papá.
Me
acerco a su lado y le acaricio la cabeza. Como cuando era un niño y llegaba con
las rodillas raspadas, y yo intentaba tranquilizarlo mientras tú le limpiabas
las heridas diciéndole que tenía que ser valiente. Y lo era, sí. Habíamos hecho
un buen trabajo.
—Lo
que decidáis estará bien para mí —dice. —Lo que decida mamá. Sé que tú la
apoyarás
Doy
un respingo. Una vez más hace gala de su capacidad de intuir cualquier
situación. Nunca lo hemos hablado con claridad, pero aquí está él, diciéndonos
que nos apoya.
Lo
abrazo, mientras te abraza. Luego, lo acompaño hasta la puerta.
—Gracias,
hijo. No sabes lo importante que es esto para mí. Pero sobre todo para ella.
Cuando
vuelvo al cuarto ya ha oscurecido. Por la ventana entra el reflejo tenue de una
farola lejana.
Pongo
en el reproductor tu CD preferido. La música va inundando el silencio que nos
une. No hay nada que decir. Hubiera querido hablarte de Praga y de mi sueño,
pero en tu mirada tranquila, sé que no hace falta. Que tienes el Moldava en los
ojos, y que como en tantas ocasiones a lo largo de la vida compartida, no
necesitamos hablar para comprendernos a la perfección.
—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA
—pronuncias al cabo de un rato.
Suelto
tu mano y asiento. Entonces, con una tranquilidad que no esperaba sentir, abro
decidido el último cajón.
El viernes 19 de noviembre he tenido el honor de recibir el Primer Premio en el XIX Certamen Internacional de Relatos cortos «Filando cuentos de mujer» organizado por el Colectivo sociocultural «Les Filanderes» de Langreo.
Mi relato «Madres» fue considerado merecedor de tan importante reconocimiento y eso me ha permitido conocer de cerca a un grupo de mujeres que me ha llegado al corazón.
Hemos compartido una tarde muy interesante y llena de cariño y emoción. He tenido el placer de intercambiar historias, confidencias, coincidencias, anhelos y recuerdos con muchas de ellas, que me han hecho sentir como una «Filandere» más.
Como dije muy emocionada después de recibir el galardón, solo puedo agradecer. A la organización por el trato exquisito y los detalles con que me han hecho sentir muy especial. Al jurado por haber considerado mi relato como merecedor de este premio. A la vida y las letras por ofrecerme estos regalos tan increíbles.
Una mención especial y un agradecimiento a la medida de tanto cariño para Silvia, que con una fuerza, una creatividad, un acierto y una sensibilidad infinitos ha compuesto una canción basándose en la historia de mi relato. Una sorpresa mayúscula que me ha emocionado el alma.
¡Gracias, Silvia! Como te he dicho, tu canción es de las experiencias más bonitas que me ha regalado la literatura.
¡Gracias Filanderes! Espero volver a veros pronto.
Tu
padre te trajo una tarde envuelto en una mantilla blanca tejida al crochet.
Tenía una cinta azul celeste entrelazada en su diseño a lo largo de los bordes.
Me
había llamado para decirme que no me imaginaba la sorpresa que me iba a dar. Y
no, no me la imaginaba. Ya hacía muchos meses que no esperaba sorprenderlo yo,
como en los tiempos en que te buscábamos ansiosos, y en que me hacía un test de
embarazo con solo un día de retraso, con la esperanza de poder sorprenderlo
cuando llegara del trabajo entregándole una cajita envuelta con el predictor
dentro. Había soñado esa escena una y otra vez. La había visto en mi cabeza
como si fuera una película. La había recreado en invierno, con él colgando al
llegar su abrigo y su bufanda en el perchero de la entrada y en verano, con él
entrando en casa apresurado por quitarse la camisa y ponerse un pantalón corto.
Pero no. Meses y meses pasaron uno tras otro sin que la escena se hiciera
realidad. Al final los médicos dijeron que yo no podía, una cosa complicada que
no supieron explicarme bien, o que yo no quise entender, pero que no podía.
Dejé
de gastar fortunas en pruebas de embarazo, de mirar a hurtadillas ropa de bebé
en los escaparates, de leer en revistas de maternidad trucos de lactancia, o
cómo conseguir una rutina de sueño en los niños, o qué juguetes estimulan su
crecimiento intelectual.
Supongo
que también dejé de hacer otras cosas, como esperar a tu padre con una sonrisa.
Prepararle su plato preferido, o aceptar sus decisiones unilaterales e
injustas.
Él
había decidido que, si no podíamos tener hijos, no los tendríamos. Que no
quería criar un niño ajeno en casa. Eso era para él la adopción: criar un niño
ajeno que cuando fuera mayor intentaría buscar a sus padres biológicos. Muchos
lo hacen ¿sabes?, me decía. Hay gente muy desagradecida. Bueno, tal vez es una
necesidad natural, le decía yo. Pero no quiere decir que ese niño vaya a dejar
de lado a los padres que lo criaron, no hay que ser tan radical. ¿¿Radical??
¿Radical, yo?, estallaba entonces. Y ya no había quién lo moviera de su
postura. Tu padre era sí. Vivía situado en los extremos. O todo o nada o blanco
o negro.
Por
suerte, tú no saliste a él. Bueno, normal que no salieras a él, ni a mí. Por
más que estuvieras apuntado en nuestro libro de familia como hijo biológico,
eso no te daba nuestros genes que, créeme, mejor que no hayas heredado.
Tu
padre era radical, autoritario, egocéntrico, machista, insensible y a menudo
tóxico para quienes lo rodeábamos. Pero yo, yo no tengo menos culpa ni soy
mejor persona que él. Yo lo dejé hacer. Te trajo envuelto en tu mantilla blanca
y yo te acepté. Sin preguntar cómo ni de dónde te había sacado. Sin sentirme
culpable, porque era evidente que al convertirme en tu madre estaba ocupando el
lugar de otra mujer. Otra mujer que, sospechaba, no te había cedido de forma
voluntaria.
No
lo sospechaba, lo sabía. Bastaba con observar la dedicación y el cariño con que
estaba tejida la mantilla que traías. Nadie que hubiera decidido dar en
adopción a su hijo, tejía algo así.
Lo
sabía, y tal vez por eso no pregunté. Me dijo que tu madre era una de esas
casquivanas que tienen hijos por tener y después no quieren saber nada de
ellos, y yo intenté creerme esa versión. Tu madre no te merecía. En cambio, yo,
habiéndote buscado durante tanto tiempo, habiendo sufrido tantas pruebas,
tantos procedimientos médicos, tantas decepciones, sí te merecía. Mucho más que
ella. Mucho más que cualquier mujer del mundo.
Digo
habiéndote buscado, porque pronto asumí que, aunque no hubiera habido prueba
positiva ni embarazo de por medio, eras ese bebé que había soñado mes a mes.
Que había adivinado en mi tripa apoyando la mano en el sitio donde nunca
estuviste.
Llegué
a creerlo, supongo. Llegué a engañarme a mí misma a fuerza de engañarte. Porque
aquella tarde en que tu padre llegó a casa contigo entre los brazos, me hizo
prometer que ese día iba a quedar borrado de nuestra historia. Que él nunca
había llegado trayéndote como un Rey Mago que cumplía mi sueño más esperado y
más imposible.
Me
hizo prometer que ese día quedaría reemplazado en nuestras historias por un
embarazo inventado, un parto largo que valió la pena, y mi permanencia de dos
días en el Hospital San Carlos, en el que, según ponía el papel que venía
contigo, habías nacido de mi vientre.
Y
yo, que una vez que te tuve en mis brazos, hubiera matado por ti, acepté la
condición de la mentira, que se me antojó entonces un mal menor. Mentir no es
tan complicado, me dije. Sin conocimiento de causa, a decir verdad. Porque
nunca había mentido. Por lo menos nunca en algo tan importante y enorme como
aquello.
Por
suerte, como vivíamos lejos de nuestro pueblo, y llevábamos meses sin visitar a
la poca familia que nos quedaba, no fue complicado inventar una historia de
embarazo más parto, todo en uno, y llamar a los parientes para contar que
acabábamos de ser padres.
Y
una vez que la mentira empieza a rodar, empieza a revestirse de verdad. Como una
croqueta que pasas por pan rallado. Cuanto más la cubres, aquella masa pegajosa
y blanquecina (que podría ser bechamel o no), más se parece a una croqueta de
verdad. Antes no lo era, pero luego de un buen empanado de varias capas y una
buena fritura en aceite de oliva, da el pego.
Si
la croqueta no está hecha de una buena bechamel, sino de una falsa, fabricada
con pegamento blanco y serrín, por ejemplo, lo mejor es que nadie la muerda.
Que nadie intente escarbar más allá de las capas de pan rallado y huevo
superpuestas, porque se llevará una sorpresa muy desagradable.
Conseguimos
que eso no pasara durante toda una vida. Tu padre murió tranquilo, la mentira
seguía intacta, envuelta en su rebozado de verdades. Se aseguró de que las
cosas seguirían así desde su lecho de muerte, haciéndome prometer una vez más
mi silencio, obligándome a ratificar aquel juramento realizado con tu
cuerpecito envuelto en crochet entre los brazos. Y lo hice.
Para
entonces, la culpa me pesaba, había empezado a fantasear con perderte a cambio
de regalarte la verdad. ¿Qué pesa más, el deprecio de un hijo (porque sabía que
si conocías la verdad me despreciarías con razón) o el ahogo de seguir
enterrando un secreto que no te merecías, negándote tu identidad?
Pero
él, al pedirme aquella promesa justo antes de morir, me dio la excusa perfecta
para no tener que elegir. Seguiría mintiendo porque se lo había prometido. Y había
sido un cabrón, probablemente el peor esposo del mundo, pero también mi marido.
El que me dio (y nunca mejor dicho) el hijo que siempre había soñado.
Ni
siquiera puedo decir entonces que me atrevo a confesarte todo esto por decisión
propia. No, nunca lo hubiera hecho. Hubiera vivido los años que me quedan
recibiéndote los domingos y preparando táperes para que te llevaras a casa.
Abrazando a mis nietos como si en verdad se parecieran a mí, y contándoles, si
preguntaran, cómo había sido tu nacimiento y que durante los últimos meses del
embarazo no dejaste de patearme.
Ni
esa medalla de valentía, lucidez u honestidad puedo colgarme.
Nunca
te hubiera hablado de todo esto si una mujer de mirada clara, dientes
desparejos y manos encallecidas no hubiera tocado a mi puerta.
Cuando
te vi en sus ojos, en la forma en que sus dientes se superponían, tal como los
tuyos antes de la ortodoncia, cuando te escuché en su voz, ya no pude seguir
manteniendo la promesa realizada a un muerto ni la mentira que me mantenía
viva.
Carmen
Mi
querido Carlitos. Sé que no sabes que te llamas así. Que si pronunciara este
nombre en tu presencia no te darías por aludido. No por el diminutivo cariñoso
que no puedo evitar, una madre siempre ve pequeños a sus hijos. Si no porque
tengo entendido que todos te llaman Alfredo. Un nombre tan serio y rimbombante.
No sé cómo cabría en tu cuerpecito de bebé cuando te lo pusieron. Y dudo de que
ni siquiera ahora, en tu cuerpo de hombre, calce realmente. Tu nombre es Carlos
y debió serlo toda tu vida. Ojalá fuera solo eso lo que no fue como debía haber
sido. Un nombre no es más que eso, un rótulo, una etiqueta. Pero lo importante
es la persona a quien acompaña, su historia, sus sueños. Y a ti te robaron la
posibilidad de vivir la historia que te tocaba. Te arrancaron de las páginas de
tu vida, esa en que yo iba a estar siempre a tu lado, para pegarte en forma
artificial en otro libro, en otra vida, en la de un desconocido que no eres tú.
Lo
siento, no quise decir que no eres tú mismo. Ni siquiera que eres un
desconocido. Para mí nunca lo serás. Es que no sé cómo hablar de todo esto
contigo.
¿Sabes?
En tu historia verdadera, nunca hubieras tenido un padre. El que te concibió
desapareció en cuanto le dije que existías, que eras un pedacito de sol en mi
vientre.
Tampoco
hubieras tenido después la figura de un padre cerca. Dediqué mi vida a cuidar a
mi madre, a mis hermanas, a mis sobrinos, y nunca formé una familia. Tal vez
porque no concebía formar una familia en la que faltaras tú.
Ni
siquiera hubieras tenido un abuelo. La nuestra siempre fue una familia de
mujeres.
Tal
vez el hecho de que en tu vida hayas tenido un padre, te diera alguna ventaja,
te hiciera más feliz o completo. Esas cosas imagino cuando pienso en por qué.
Por qué dios permitió que te apartaran de mi lado. ¿Para darte una vida más
feliz? En ese caso, ¿qué hago yo rebuscando e intentando llegar a ti? ¿No sería
mejor que ignoraras mi existencia, que siguieras viviendo en esa historia
prestada que te han impuesto?
¿Qué
me respondo? Según del día. A veces me digo que no debo seguir adelante, que te
haré daño. A ti, a tu familia… ¿A tu familia? Pero si tu familia soy yo… Otras
veces, me contesto que lo peor que se le puede quitar a una persona es su
identidad. El hecho de saber quién es. Entonces me envuelvo en la bandera de la
reivindicación y me juro que no pararé hasta que no conozcas la verdad.
Y
así he estado, entre dos aguas hasta que me enteré de lo de la asociación, y
fui a informarme. Es que yo siempre supe que tú no habías muerto. Durante unos
segundos te tuve en mis brazos mientras berreabas, y te aseguro que si algo
parecías era cabreado. Pero no enfermo. Eras un bebé regordete y sano.
He
repasado esos segundos en los que te apreté contra mi pecho, millones de veces.
Intentando no olvidar tu olor, tu cuerpo tibio y resbaloso. Tu boquita
abriéndose en un chillido agudo y potente. Sé que te callaste, que al ratito de
apretarte contra mí te callaste. Y que percibí tu respiración con mi mano sobre
tu espalda.
He
repasado esos segundos intentando mantenerte cerca, pero también buscando
cualquier signo de que algo iba mal, cualquier indicio de lo que iba a ocurrir después.
Pero no los había. He llegado a creer que no había querido verlos, pero que los
indicios habían estado ahí. Pero ahora sé que mi instinto no me engañaba. Todo
estaba bien. Eras un bebé sano y gritón. Un bebé que no tenía por qué morir a
las pocas horas.
Una
enfermera te envolvió en una sábana y te llevó para limpiarte. Me dijeron que
descansara, que lo había hecho genial.
Yo
nunca había tenido un bebé, pero había acompañado a tu abuela cuando nació tu
tía Adela, la pequeña. Por eso me parecía raro que después de dos horas ubicada
en una habitación no te trajeran para que te diera de mamar. Estaba dolorida
pero feliz. Tu abuela, sentada a mi lado, me hablaba en un tono que hacía que
se me cerraran los ojos. Estaba cansada. Llevaba casi un día despierta. Por
eso, reconfortada por una medicación que me habían puesto con el suero, me fui
quedando dormida.
Cuando
desperté, dos o tres horas después. Tu abuela, seguía sentada a mi lado. Ya no
hablaba. Entre los dedos de las manos iba pasando las cuentas de su rosario.
Algo grave pasaba. Ella rezaba el rosario solo si algo la angustiaba.
—¿Qué
pasa, mamá?
—Cariño,
lo siento mucho…
Quise
incorporarme, pero un dolor agudo me atravesó el vientre.
—¿Qué
pasa, mamá? ¿Qué pasa?? —grité desesperada.
Una
enfermera acudió junto con una monja.
—Querida,
tienes que ser valiente —dijo una de ellas.
La
otra asentía en silencio, esperando que yo preguntara algo, supongo. Pero yo no
pregunté. Solo dije:
—No,
¡eso es mentira! ¡Mi bebé está perfectamente sano!
Lo
siento, repitió la del tocado de monja. Era una mujer mayor, el pelo canoso le
asomaba por debajo de la toga. Su cara estaba arrugada y no me miraba a los
ojos.
—Tiene
que ayudar a su hija, señora. Deben rezar por el alma inocente
—¡No!
—grité yo —¡Mentirosa! ¡Mamá, no les creas! ¡Mi niño está bien!
Las
dos mujeres se retiraron sigilosas, tal como habían llegado.
Mi
madre me abrazó y yo empecé a llorar como nunca lo había hecho. Lloré horas,
supongo. Mi madre no se movió de mi lado, solo me mecía de vez en cuando y de su
boca salía un “Shhh shhh” cuando mi
llanto crecía en intensidad.
—Quiero
verlo —dije después de mucho tiempo —quiero ver a mi bebé.
—No
creo que sea buena idea, cariño
—No
puedo dejarlo solo… Me necesita
—Cariño,
ya no puedes hacer nada por él…
Yo
sentía que la cabeza me iba a estallar. Debí insistir, debí exigir que me
mostraran tu cuerpo. Pero no lo hice. Me conformé con que me aseguraran de que
antes de meterte en tu cajita blanca te envolverían en la mantilla que con
tanto cariño llevaba meses tejiendo para ti. Antes le coloqué la cinta celeste
entrelazada alrededor de todos los bordes. Habíamos llevado cuatro metros de
cinta azul y cuatro rosa. En ese entonces no se conocía antes el sexo del bebé.
Entregué tu mantilla a la enfermera que me juró que se aseguraría de que te
envolvieran con ella. Y luego, me dejé morir.
Llevo
treinta años dejándome morir. Y ahora sé que si no me he muerto del todo es
porque este momento en que pudiera mirarte a los ojos y encontrar en ellos a
ese bebé peleón que no se estuvo quieto durante todo el embarazo y que chilló
como un campeón al nacer, tenía que llegar.
Querido
Carlitos. Quiero que sepas que, si no hubiera sido por la generosidad de tu
otra madre, nunca hubiera podido llegar a ti.
Al
principio, ella lo negó todo. Amenazó con denunciarme por acoso. Pero a los
pocos días me llamó al teléfono que le había dejado por si cambiaba de opinión.
No
hicieron faltas palabras. Solo me dijo que me esperaba en su casa.
Cuando
llegué, desenvolvió el contenido de una caja con dibujos infantiles, quitándole
el papel de seda que lo cubría. Era tu mantilla. Amarilleada en las puntas, la
cinta azul celeste algo raída. Pero era tu mantilla. La miré sonriendo y nos
abrazamos.
Ella
te quiere y siempre te ha querido. Yo también. Ninguna de las dos quisiéramos
hacerte daño. Tenemos, solo por eso, muchísimo en común. Por favor, no la
juzgues. Antes júzgame a mí, que dejé que te arrebataran de mi lado sin pelear.
Alfredo
Guarda
las dos cartas en sus respectivos sobres. Las ha recogido del buzón hace un par
de horas y las ha leído al menos cinco veces cada una. Primero creyó que era
una broma, después, que había entendido mal, por último, que estaban mintiendo.
Que por algún motivo su madre se había puesto de acuerdo con una desconocida
para hacerle creer semejante barbaridad. Porque todo esto es una enorme
barbaridad, se dice en el silencio de su casa. Por suerte, Laura y los niños
están pasando unos días en casa de los padres de ella. Ante ellos no podría
permitirse llorar como lo está haciendo. Dudar. Ponerse de pie, coger las
llaves del coche, volverlas a dejar sobre el mueble de la entrada, y sentarse
otra vez en el sofá. Buscar la última llamada a su madre en el móvil y estar a
punto de darle al botón de llamar, para terminar, dándole al bloqueo y ver la
pantalla oscurecerse.
Amalia
A
diez minutos en coche de Alfredo y su indecisión, una de sus madres desarma la
maleta que acaba de hacer. Ha decidido que un viaje no es suficiente para huir.
Revuelve en el armario del baño hasta encontrar esas pastillas que le recetaron
a su marido cuando el dolor se hizo insoportable. Quedan seis. Calcula que con
esas será suficiente.
Carmen
A
unas manzanas de la mujer de las pastillas, la otra madre de Alfredo se
apresura hacia su casa. Tiene un mal presentimiento. La mujer le ha mandado un
mensaje que es claramente una despedida. Un mensaje en que le ruega cuide de su
hijo. Sus pasos se suceden por la acera con toda la velocidad de la que es
capaz. Al fin llega ante la puerta de la casa. Toca el timbre. No hay
respuesta. No sabe qué hacer. Se apoya en la puerta, que cede. En un momento
está junto a la otra mujer. Está sentada a la mesa de la cocina mirando fijo un
frasco de pastillas que descansa sobre el mantel cuadriculado frente a ella.
Amalia, Carmen y Alfredo
Cuando
Alfredo llega a la casa de su madre después de horas de indecisión, encuentra la
puerta abierta. Un mal presentimiento estremece su nuca. Entra. Las dos mujeres
están sentadas en el sofá. La desconocida rodea con su brazo los hombros de su
madre.
—¿Qué
ha pasado, mamá? ¿Estás bien?
La
mujer sonríe. Las dos mujeres sonríen. Alfredo se arrodilla frente a ellas,
coge una mano de cada una y las apoya en sus mejillas. Las lágrimas descienden
por las manos envejecidas. Suaves la de su madre de siempre, rugosas las de su
nueva madre. Luego apoya la cabeza sobre sus regazos, y se deja acariciar el
pelo hacia uno y otro lado.
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