Atardecer en el balcón

Atardecer en el balcón

—Está empezando a refrescar —dices con la mirada perdida en las fachadas de enfrente.

Y yo, que no lo había notado, siento un escalofrío en cuanto tu mano se posa sobre tu falda. Como una mariposa moteada que en pleno vuelo hubiera decidido morir.

No te desplomas, tus brazos no caen inertes. Ni siquiera apoyas el mentón sobre tu pecho. Con la hidalguía de siempre, mantienes la cabeza erguida. Sostenida por la pared de ladrillos del balcón, o por tu tozudez. No has cerrado los ojos, nunca admitirías perderte nada. Ni siquiera tu muerte.

Acerco mi oreja a tu boca para cerciorarme de que no respiras y entonces tengo que decidir entre perdonarte u odiarte un poco más. Entre llorar como toda hija debería hacer, o explorar esta alegría cargada de alivio que se va instalando entre mis costillas.

Me siento otra vez a tu lado, como cada uno de los seiscientos veinticuatro atardeceres que llevo cuidándote.

Tarareo una nana, de esas que me cantabas de pequeña. El único recuerdo bueno que guardo de ti. Luego me pongo en pie y de puntillas, no va a ser cosa que cambies de idea, entro en el salón y cojo el teléfono.

De goma

De goma

El único profesor que nos dejaba mascar chicle en clase era Gutierrez, el de Lengua. Bueno, él lo llamaba goma de mascar. Y no solo nos dejaba, el día que tocaba lectura, él mismo traía los chicles y los iba dejando en cada mesa. Eran esos chicles con sabor fresa que llamábamos chicles globo porque con ellos, aplicando cierta técnica, podías crear unos globos enormes. Guti, que así lo llamábamos, no solo nos animaba a hacerlos, sino que también les explicaba detalladamente el método para conseguirlos a quienes aun no lo hubieran logrado.

Mientras él leía, nosotros mascábamos, soplábamos, explotábamos con más o menos suerte y volvíamos a empezar.

Al principio solo conseguíamos formas inestables redondeadas, pero poco a poco fuimos aprendiendo a ajustarlas a la historia que escuchábamos mientras tanto.

El primero en conseguir algo extraordinario fue Juan, que mientras Guti leía el Quijote, consiguió que su globo tuviera los rasgos exactos de un Sancho Panza desaliñado, bonachón y parlanchín. Todos aplaudimos antes de que Sancho estallara. Pero aquello nos abrió las puertas a un universo maravilloso.

Pronto dejamos de lado la limitación de la redondez y aprendimos a conseguir formas alargadas, puntiagudas, cuadradas, triangulares, lo que quisiéramos.

Así, podíamos dibujar un lazarillo flaco y desgarbado y hasta un ciego malvado a su lado.

Mi primer logro fue plasmar una vieja Celestina con tanta exactitud que Guti levantó la vista del libro y se quedó contemplándola fascinado.

Molinos, balcones, campos de batalla, caballos, damas de la realeza, vagabundos, asesinos, pícaros, buscavidas, don juanes… Nos divertía tanto ilustrar las historias de Guti, que la hora de clase se nos pasaba en un pispás.

Cuando sonaba el timbre, Guti cerraba el libro, los personajes que habían estado flotando sobre nuestras cabezas se iban desinflando y nos recordaba que teníamos que tirar los chicles en la papelera que estaba junto a su mesa. Luego se ponía de pie, guardaba el libro en su portafolios y caminaba hasta la puerta tan serio como había entrado, mientras algunos rezagados, que aun estábamos flotando con nuestros globos cerca del techo, los hacíamos explotar para caer en nuestros pupitres, acomodarnos las cabezas despeinadas, y esperar a que llegara el siguiente profesor.

Entre los finalistas de diciembre de La Microbiblioteca

Entre los finalistas de diciembre de La Microbiblioteca


El de la Microbiblioteca es un concurso de referencia en el mundo del microrrelato.

Por eso es un honor y te llevas una alegría enorme cuando uno de tus relatos llega a las deliberaciones finales del jurado. Eso ha pasado con mi «Cosas mías» en el último mes de diciembre. Mi enhorabuena a mi admirada Lola Sanabria que ha resultado ganadora del mes. Y también a los compañeros finalistas (Raúl Clavero, Lluís Talavera, Paloma Casado y Mar Horno) que hacen que sea todo un orgullo estar entre ellos.

Gracias a La Microbiblioteca por el apoyo tan valioso al género del microrrelato.

Cosas mías

Cosas mías

La niebla siempre está ahí, húmeda, viscosa. Esperando que abra la ventana para colarse en la casa. Que deje entrar a mis nietos para aprovechar el resquicio e inundarme de vacíos. Por eso he escrito sus nombres con letra clara en la pizarra del frigo: Alicia, Tomás, Javier. Parece que vaya a comprarlos en la próxima visita al mercado, pero no. El más fácil es Tomás, heredado del abuelo. Y también es el más importante. Si desapareciera tras la bruma perdería dos en uno. ¿Por qué tienes los nombres de los niños en el frigo, mamá? Me encojo de hombros farfullando las dos palabras que aún suelen sacarme de apuros: cosas mías.

Primer Finalista en el II Concurso de Microrrelatos de la Red de Cuidados Paliativos de Andalucía

Primer Finalista en el II Concurso de Microrrelatos de la Red de Cuidados Paliativos de Andalucía

Esta semana he tenido la alegría y el orgullo de saber que mi microrrelato «Alas blancas» ha resultado Primer finalista en el Primer Finalista en el II Concurso de Microrrelatos de la Red de Cuidados Paliativos de Andalucía (RedPal).

Un concurso donde la propuesta era escribir sobre «Finales con sentido».

La realidad de la pandemia obligó a que el acto de entrega de premios se realizara vía Zoom, pero no por ello se trató de una ceremonia menos cálida ni menos llena de emoción.

Muchas gracias al jurado y a la organización que, mediante estas iniciativas, visibiliza un tema que suele ser bastante complicado de abordar, pero que ayuda a muchas personas a transitar el final de sus vidas de una manera más digna y humana.