por pcollazo | Jun 25, 2022 | Cuentos enredados, Premiados
Cuando a la tía Filomena se le dio por
morirse, a los niños nos mandaron a seguir viendo la tele. ¡Irnos a ver la tele
con lo interesante que estaba aquello!
A mi hermana Marita, no le dijimos que estaba
muerta, le hicimos creer que estaba dormida. Era la más pequeña y lloraba por
cualquier tontería. Y para poder permanecer en las inmediaciones de la cocina,
era necesario pasar inadvertidos.
Es que la tía murió mientras estaba haciendo
sus famosas croquetas. Cayó desparramada con la cuchara de madera en la mano,
dejando un reguero de bechamel alrededor. Nuestro gato Chispas lamió cada gota,
mientras los adultos intentaban reanimar a la tía. Inútil, estaba claro que
había muerto. De ninguna otra manera hubiera ella dejado de revolver.
La verdad es que un poco de miedito daba, pero
no tanto como para salir corriendo. Además, yo era el mayor y debía dar el
ejemplo. Que en este caso no sabía cuál era. ¿Qué hay que hacer cuando se muere
una tía? ¿Es correcto reírse de la cara de tu hermana que cuando se pone
nerviosa le da por inventar muecas graciosas? ¿Puede uno estornudar o bostezar,
o contar chistes? Pues qué se yo. Yo no tenía experiencia en tías muertas ni en
muertos en general. Quiero decir, muertos de verdad y no los de las películas,
que esos en lugar de cocinando bechamel, se mueren manchándose de kétchup la
camisa blanca para que parezca sangre de verdad. Pero no es cierto que se
mueran. Solo están actuando. Lo que yo no entiendo es que si están actuando por
qué no se mueren de verdad y luego resucitan cuando las cámaras ya no los
enfocan.
Mi padre comenzó a caminar de arriba abajo
tropezándose en cada recorrido con la banqueta alta. Mi madre y el tío Julio se
quedaron de rodillas junto al cuerpo redondo de la tía. Como esperando que se
sentara de pronto y dijera que todo había sido una broma. Pero no. La tía
estaba más pálida que la bechamel a medio hacer. Mi mamá le ponía dos dedos en
el cuello, como si con eso quisiera devolver las palabras a esa boca que había
quedado ligeramente ladeada hacia la derecha, como si estuviera a punto de
contar una de sus típicas anécdotas que ya nadie escuchaba por repetidas. Dejaba
los dedos un ratito ahí y luego repetía en un tono cada vez más bajo: “Nada, se
nos ha ido”.
Mi tío, en cambio, se llevaba las manos a la
cabeza y pronunciaba alternativamente dos frases: “¿Qué haremos ahora?” y
“Estamos perdidos”.
Seguro que la tía no había dejado escrita la
receta de sus croquetas, y siempre se empeñaba en poner su ingrediente secreto
sin que nadie la viera, por lo que nos habíamos quedado sin las mejores
croquetas del mundo mundial.
Pero después me di cuenta de que lo de las
croquetas no era todo el problema. Yo tenía edad suficiente como para saber que
a la tía se la podía querer. Un poco, sí. Como se quieren las cosas que siempre
están allí, pero tampoco como para sentirnos tan acongojados ante su ausencia. Y
lo de la receta perdida era una pena, claro. Pero tampoco era tan grave. Por
eso sabía que algo más había en esos gestos dramáticos con que mis padres y el
tío se lamentaban por su muerte.
Empecé a entenderlo, cuando con mucho esfuerzo
la sentaron en su silla y comenzaron a discutir no sé qué de una pensión. Yo la
única pensión que conocía, era la de Don Arturo, a la entrada del pueblo, donde
se alojaban los temporeros en la época de recogida. Pero parece ser que esa
pensión no era el problema. El problema estaba relacionado con el dinero. Ese
que escaseaba en casa desde que papá se había quedado sin trabajo, mamá solo
tenía dos casas martes y jueves, y el tío se había venido a vivir con nosotros
porque no tenía para pagar el alquiler.
Hablaban de cosas difíciles, de esas que
aburren mucho. Por eso los niños nos pusimos a jugar al escondite. Para pasar
el rato. Eso sí, al escondite silencioso. Porque si armábamos mucha bulla, fijo
que nos mandaban otra vez a ver la tele en el salón. Y yo quería quedarme cerca
de la cocina por si terminaban de hablar las cosas difíciles y pasaba algo más
divertido.
Decretamos prohibido esconderse en la cocina,
tampoco queríamos acercarnos tanto, que nunca habíamos visto un muerto de
cerca. Y por más tía Filomena que fuera,
no podíamos olvidarnos de que en el fondo era una muerta de verdad. De
esas de cajones y coronas de flores. Y pañuelos blancos estrujados.
Eso lo habíamos visto una vez en la novela de
las cinco, que la tía miraba siempre mientras nos preparaba la merienda. Bueno,
más de una vez. Porque en esa novela, cada dos por tres se moría alguno. Para
renovar el elenco, decía la tía. Pero fuera por lo que fuera, a mí me daba un
poco de impresión, la verdad. El muerto no respiraba ni nada. Y todos los demás
alrededor, vestidos de negro, llorando y llorando. La tía decía que no lloraban
en serio, que estaban actuando. Pero yo creo que sí que lloraban en serio. De
miedo, porque ahí nunca se sabía quién sería el próximo.
A los muertos se los lleva a un lugar donde
hay muchos muertos, para que no se sientan solos. Pero no se los ve. Nosotros
vamos de vez en cuando a visitar a la abuela. Aunque es muy aburrido, porque la
abuela ni aparece ni nada. Le dejamos unas flores en un cartel que tiene su
nombre, pero parece que mucho no le gustan, porque nunca viene a recibirnos, ni
da las gracias. Y encima, cuando vamos la siguiente vez, están todas marchitas
porque ni agua les habrá puesto. Supongo que estará muy ocupada haciendo sus
cosas de muerta. Y más aún lo va a estar si a la tía Filomena la llevan para
allí. Tan entretenidas estarán que menos todavía saldrán a recibirnos o a
agradecernos las flores.
En fin. Bastante maleducados son los muertos.
Para comprobarlo bastaba con espiar y ver a la
tía Filomena desparramada en su silla, porque ni siquiera estaba sentada como
dios manda. A ver si a nosotros nos iban a dejar estar sentados así a la mesa
cuando se estaban hablando cosas tan importantes.
Está bien que la pobre debía de estar cansada
de escuchar a mis padres y a mi tío hablar de esos asuntos complicados,
discutir, y hasta decir palabrotas. Que si no fuera porque los muertos parece
que no saben hablar, bien que no se los hubiera permitido. “Esa boquita, que
hay niños presentes”, les hubiera dicho. Y ellos se hubieran mirado avergonzados,
pero deseando seguir insultándose mutuamente que es una de sus actividades
preferidas.
No había nada que hacer. No se ponían de
acuerdo. Y mamá en medio de ambos tratando de que la cosa no pasara de castaño
oscuro. Eso del castaño oscuro es algo que solía decir la tía, pero que nadie
entendía.
Como nadie entendía que la pobre estuviera ahí
aguantando el tipo por no darles el disgusto de caerse de la silla.
Hipólito, el de la esquina, me dijo que cuando
su abuelo se murió, se puso duro como una tabla y que a los muertos se los
entierra, porque así duros, no se los puede plegar y guardar en un sitio que
evite que estén siempre en el medio.
Se los podría guardar en el altillo, o en el
galpón de las herramientas. Pero así, duros y sin doblar, no hay altillo ni
galpón en que puedan caber sin molestar cuando vas a buscar el maíz para las
gallinas o las tijeras de podar.
Por eso, urgía hacer algo con la tía. Porque
parece que otra desventaja de morirte es que al tiempo empiezas a oler fatal.
Como si no te ducharas durante meses. Hay que ver que los muertos no se pueden
duchar, que ni siquiera pueden abrir el grifo, y menos aún sostener la cortina
del baño para que no se salga toda el agua para afuera.
Al final decidieron que había que ir a buscar
al cura, que no había forma de entretener a la tía durante más tiempo sin que
se pusiera dura del todo.
Yo no sé bien para qué fueron a buscarlo,
porque hacer, no hizo nada. ¿Los curas no hacen milagros? Pues este, no. Ni la
resucitó, ni nada de nada.
La tía no opinaba, pero sus ojos fijos en la
cazuela humeante que nadie había quitado del fuego lo decían todo.
El cura dijo que había que cerrarle los ojos y
llevarla a un sitio en que pudiera reposar. Entonces se armó un pequeño
revuelo. Tenían que decidir si la ponían estirada en el sofá, o la llevaban a
su cama.
Mi hermana, que a esas alturas ya se había
enterado de que la tía no estaba dormida, y compartía habitación con ella, puso
el grito en el cielo. Que ella no quería tener a la muerta al lado.
—Será solo un rato —dijo mamá. Y el tío y
papá, que cargaban resoplando el cuerpo de la tía, enfilaron por el pasillo.
Pero mi hermana subió el listón y empezó a
llorar con ese llanto finito e insoportable que usa a veces. El tío y papá,
retrocediendo el pasillo para llevarla al salón.
—Pero ¿qué hacéis? —dijo mi madre —Ni caso a
la niña, que no podemos tener a la tía ahí a la vista de todos. El cura tiene
que darle el sacramento.
Berrido agudo de mi hermana. Dudas en el
pasillo. La tía empezó a resbalarse. El culo le tocaba en el suelo, y la falda
se le levantaba cada vez más.
Mientras, era el cura el que se llevaba las
manos a la cabeza.
—Señores, por favor. Un respeto por la
difunta.
En eso, empezó a salir un humo negro de la
cocina. Nadie había apagado el fuego de la bechamel. El tío largó los pies de
la tía Filomena y fue corriendo para intentar hacer algo, pero llegó tarde.
Desde entonces, los azulejos de la cocina, que eran blancos, están negros y el
techo parece un cielo de noche.
El cura dijo que se tenía que ir y que dejaran
el cuerpo en un sitio de una vez.
El tío se había quemado los dedos al intentar
sacar la cacerola de la hornalla, así que papá decidió arrastrarla solo hasta
el sofá.
El cura pronunció unas palabras que nadie
entendió y empezó a mojar a la tía con el agua de un frasquito. Menos mal que
estaba muerta, porque si hay algo que a la tía no le gustaba, era que la
salpicáramos cuando armábamos la piscina de lona en el fondo. Pero claro, eso
el cura no lo sabría. Y la tía, que ya estaría muerta de estar muerta, se lo
dejó pasar.
Pero lo que yo creo que nunca nos perdonó fue
que dejáramos que se quemara la bechamel.
A veces, por las noches, se la escucha
perfectamente trastear con las cacerolas en la cocina. Yo no creo en fantasmas,
por eso no se lo digo a mi mamá. Porque, además, parece que ese asunto de la
pensión era de verdad muy complicado. Todos en casa, tienen cara de
preocupados. Que las cosas de oro de la tía solo dan para un mes más de
alquiler, he escuchado que decían.
Y siguen discutiendo entre ellos, como cuando mi
primo el Benja y yo nos ponemos farrucos y no hay quien consiga que hagamos las
paces.
En el fondo no creo que nadie la eche tanto de
menos como yo. Que extraño mucho a la tía Filomena. Y, sobre todo, a sus
croquetas.
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por pcollazo | May 29, 2022 | En pocas palabras
Mi hermana Charo lleva años
pidiéndole a padre que la deje hacer el camino de Santiago. Padre siempre
responde que no entiende qué se le ha perdido a su hija allí. Si ni siquiera somos cristianos y los santos
nos dan igual. Cuando dice esto mi
abuela se persigna, pero a escondidas, no vaya a ser cosa que alguien se
acuerde de que ella fue la que insistió con aquello de que nos bautizaran,
cuando tenia aún alguna influencia sobre madre.
Al final, Charo cumplió los dieciocho,
se cansó de las malas formas y los “Se hace porque yo lo digo” de mi padre, y
se consiguió un novio que la llevará a hacer el camino. Tal vez sea el
mismísimo Santiago, y mata dos pájaros de un tiro. Camina tal como quería y de
paso se queda con él, que más le vale no volver a casa después de escaparse sin
dar señales de vida durante una semana. Que eso es lo que me dijo que hará.
“Enano, tú no te hagas problema, yo estaré bien, pero no se te ocurra decirle
nada a papá. Cuando vuelva del camino, ya hablaré con él”.
Sé que tiene una mochila
preparada escondida en el sótano y que pone voz de tonta cuando el tal Santiago
(o como quiera que se llame) le habla por teléfono. Que se esconde bajo el
hueco de la escalera para hablar con él, y que el plan es descolgarse por el
balcón esta noche, cuando papá se haya dormido.
Pero padre no llega de trabajar,
y Charo camina inquieta por el pasillo y manda mensajes de WhatsApp que nadie
lee y hace llamadas que nadie coge. El supuesto Santiago, santo no es. De eso
estoy seguro. Ni tiene mano en el cielo. Porque si no, no hubiese caído tan
fácilmente en la trampa. Charo no ha tenido en cuenta que lo de hablar bajo la
escalera es algo que ha heredado de madre. Y que, en esta casa, todo se sabe.
Como lo de aquel otro santo, al que le rezaba madre para que la sacara de una
existencia anodina e insoportable. ¿Has vuelto a saber de él o de madre? Pues
eso. Yo tampoco.
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por pcollazo | May 29, 2022 | En pocas palabras
Durante una semana estuvimos
persiguiendo su andar saltarín y el vaivén de su coleta. Tú no me lo decías,
pero era evidente. Cada día, esperábamos que ella y su grupo salieran del
albergue de turno desperezándose, rellenaran cantimploras, acomodaran mochilas
a sus espaldas, bromearan sobre el sol que no se decidía a salir, y en cuanto
se ponían en camino, seguíamos sus pasos.
Mientras tanto, dabas vueltas,
consultabas por enésima vez el mapa, te cambiabas los calcetines o te asaltaban
repentinas ganas de ir al servicio. Te lo dije: tú estás colado por la rubia de
los pantaloncitos. Y tú, para terminar de afianzar mi teoría, te reíste con
ganas, como si se me hubiera ocurrido algo absurdo y disparatado. Pero lo
absurdo era que hubieras dejado de cogerme de la mano y que lo de pernoctar en
habitaciones compartidas fuera tu excusa para no meterte en mi cama como
habíamos planeado. Tú, en la de arriba, que yo ya subiré cuando todos se
duerman. Pero te habías dormido en cuanto habías puesto la cabeza en tu
almohada, decías a la mañana siguiente, fumándote el primer cigarro con los
ojos puestos en las mochilas que el grupo de la rubia había dejado en las
escaleras mientras desayunaban.
Ya no hablábamos mientras
caminábamos. Íbamos juntos, pero como dos desconocidos. Si los de la rubia
paraban, nosotros también. Si los de la rubia se mojaban los pies en un río,
ahí estábamos nosotros viéndolos reír desde una hondonada. Si la de los
pantaloncitos se detenía a tomar una fotografía, nosotros ralentizábamos el
paso para nunca sobrepasarla. Para ir siempre por detrás, pero eso sí, sin
perderla de vista.
Nos quedaban aun cinco días de
camino, cuando decidí que las cosas habían llegado demasiado lejos. Identifiqué
las botas de la rubia a las puertas del cuarto que ocupaban y deposité en ambas
(para asegurar la jugada) los trozos de cristal más cortantes que pude
conseguir rompiendo una botella de vino que distraje durante la cena.
A la mañana siguiente las botas
no estaban en el pasillo, ni la rubia, ni su grupo, ni la montaña de mochilas
que acarreaban. No se habían escuchado gritos, ni urgencias en el pasillo.
Nadie había llamado a la ambulancia. Nadie había girado hacia mí su dedo
acusador.
La coleta alta y el andar
saltarín se habían esfumado y tú dijiste que mejor nos echáramos a andar
temprano, que la etapa que tocaba era más larga. ¿Y qué pasa con la rubia?,
pregunté. ¿Qué rubia? dijiste encogiéndote de hombros.
Desde ese día seguimos caminando
silentes. Tú, perdido en tus pensamientos. Yo, en mis remordimientos y dudas.
Remordimientos por haber sido capaz de hacer lo que hice. Y dudas, porque ya no
sé quién soy, porque no soporto que sigamos así, ahora que la rubia ya no está,
y porque desde que he encontrado la botella entera en el fondo de mi mochila,
me pregunto si la rubia alguna vez ha existido. Hubiera sido tanto más sencillo
tener una buena excusa para romper contigo…
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