por pcollazo | Abr 7, 2018 | Cuentos enredados
Desde que un par de lejanos y respetables científicos nórdicos habían descubierto y probado la relación entre cefaleas e ideologías políticas, la mitad del mundo (la que vivía en democracia) se había tambaleado, mientras que la otra mitad permanecía embebida en sus propias escaramuzas, sin darse cuenta de nada.
Al principio, los partidos políticos se habían tomado el tema a la ligera, permitiendo que las cosas llegaran más lejos. Esta debilidad había sido detectada por los aprovechados de siempre quienes habían llegado a una rápida conclusión: si la gente dejaba de creer que tenía potestad sobre sus propias ideas, dejaría de tenerlas. Ya no habría ideales por los que luchar, valores que defender, pensamientos que construir y mantener.
La orientada campaña de comunicación había sido iniciada entonces por los tambaleantes gobierno de turno, a quienes les calzaba como anillo al dedo promover la inmovilidad, y quienes hallaron en las conclusiones de los nórdicos científicos, sus tablas de salvación.
Pugnaban por difundir, bajo la imagen de hallazgo científico determinante para el futuro de la humanidad, la inacción. El “para qué involucrarse”, el “si al final la gente vota porque sí”. Si hoy le duele el lado derecho de la cabeza, votará conservadores, fascistas, capitalistas o progresistas. Si mañana les duele el izquierdo, votará a sindicalistas, obreros, comunistas. Un concepto que dieron en llamar Caprichosismo Morfológico Involuntario.
Recién cuando la maniobra comenzó a tomar visos importantes, el resto de los partidos políticos empezaron a ser conscientes de a qué tipo de enemigo se estaban enfrentando. Intentaron de inmediato contrarrestar el mensaje, pero el inmovilismo había calado hondo. Resulta tan fácil dejarse llevar cuando lo único que hay que hacer es flotar sin sentido, sin esfuerzo, que a eso pronto se acostumbra la gente.
Como siempre ocurre en estos casos, se enredaron en absurdas luchas internas, escaramuzas heredadas del pasado y giros bruscos de timón que sólo apuntaban a intentar ganarse el favor de la opinión pública.
Para complicar aún más las cosas, algunos medios periodísticos comenzaron a asegurar que la cura definitiva para las cefaleas y migrañas era un hecho consumado. Y que si los laboratorios no sacaban al mercado la parafernalia química que tenían diseñada y probada, era por cuestiones de índole ética. El fin de los dolores de cabeza significaría el fin de la democracia. Si a la gente no le dolía la cabeza, no se inclinaría por ninguna de las cada vez más escasas opciones disponibles. Y ya no habría votaciones ni soberanía ni poder de decisión.
El panorama era nefasto. O al menos eso percibían quienes aún no se habían dejado arrastrar por la propaganda y el tsunami de la comunicación de masas.
La revolución contra tan funestas perspectivas, se forjó, como suele ocurrir, en la clandestinidad.
Y no fueron los desorientados políticos, ni los reputados neurólogos, ni los poderosos dueños de los laboratorios quienes consiguieron rehacerse con el timón de la situación.
El movimiento se fue forjando en la calle, en los medios de transporte, en las esquinas, en las plazas, en los campos de fútbol, en las oficinas. Sin recursos económicos y sin influencia sobre los medios de comunicación, los revolucionarios empezaron a identificarse y a reconocerse de un modo muy visual. Se rapaban por completo, y justo en mitad del cráneo se realizaban una incisión que dividía la cabeza en dos, dejando a su vez visible y expuesta, parte del cráneo. Esto tenía un doble significado: equilibrio y mentalidad abierta.
Los craneoletas, que así empezaron a ser llamados, fueron poco a poco haciéndose fuertes en la sociedad. Y aunque las campañas con slogans ridículos y machacones seguían en marcha y se multiplicaban intentando contrarrestarlos, no lo conseguían.
El conflicto estaba servido. El gobierno comenzó a perseguir a lo que llamaban “hordas de bárbaros descabezados” sin ofrecer ningún tipo de garantía de justicia.
Los craneoletas, por su parte, no se quedaron detrás, y comenzaron a organizarse en células cada vez más violentas.
Durante décadas, la situación se mantuvo al borde del colapso. El gobierno retrasaba indefinidamente las convocatorias de elecciones, con la excusa del Caprichosismo Morfológico Involuntario, mientras que los cranoelatas intentaban debilitar su poder utilizando medios clandestinos de presión, y conductas que rozaban el terrorismo.
Cuando aquellos lejanos sabios nórdicos murieron, nuevas generaciones de científicos, llegaron para refutar sus irrefutables y comprobadísimas teorías, como siempre ocurre en todas las ciencias.
Entonces, ahondando en nuevas líneas de investigación, se descubrió una relación incuestionable entre la ideología política y la longitud de las alas que llevábamos sobre nuestras espaldas.
¿Qué no sabéis de qué alas os hablo? Perdón. Esa es otra larga historia, que creí que conocíais ya.
Recién ahora caigo en que ya no quedan vivas generaciones que hayan sido testigo de nuestras habilidades aerodinámicas. Una verdadera pena. Fue aquella una época gloriosa para la humanidad.
Pero desafortunadamente, a partir de que las alas y la política se mezclaron, la raza humana perdió su capacidad de volar.
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por pcollazo | Abr 7, 2018 | En pocas palabras
Ya no estaba allí. Nuestro planeta azul había quedado reducido a desiertos humeantes y fósiles carbonizados. Sin poder creerlo, nos preguntábamos qué había pasado, mientras agotábamos las escasas reservas de oxígeno y agua de la estación. No teníamos a dónde regresar. Tampoco teníamos a dónde ir.
Alguien sugirió que nos pusiéramos los trajes y flotáramos en el espacio hasta el final. Otros, que nos adelantáramos a esa terrible muerte usando métodos menos dolorosos. Contábamos con ciertas medicinas, que administradas en grandes dosis…
Eso es asesinato, opinaban unos. A ver qué tribunal te va a juzgar ahora, decía otro señalando nuestro humeante hogar a través de la escotilla.
Diez personas, once opiniones. Imposible llegar a un consenso
Ahora todos escribimos frenéticamente crónicas del final. Estoy seguro de que las versiones resultarán de lo más variadas. Las dejaremos flotando en el espacio. Y luego, cada uno, individualmente, decidirá cómo afrontar el final.
Si estáis leyendo la mía, de algún modo, contra todo pronóstico, en este folio enrollado dentro de un tubo de ensayo, habré logrado sobrevivir.
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por pcollazo | Abr 7, 2018 | Cuentos enredados
– No puede ser. Exijo que lo chequee otra vez. No regrese hasta tener pruebas.
R56 corta la conexión con un gesto desdeñoso de sus largos dedos.
– ¡Que ya lo he mirado, tío! ¡Qué ya lo he mirado! – repite por lo bajo mientras ajusta los parámetros de la nave para realizar una nueva incursión.
Pensaba llegar temprano a casa. Es el cumpleaños de su mujer y han planeado festejarlo con una cena romántica en la estrella ARQ01. El sitio de moda. A ella le encanta vestirse como una terrícola de esas y comer cosas absurdas. Tampoco pasa nada por romper la dieta del catéter por una noche. Por eso le ha prometido llevarla. Por eso y porque quiere convencerla de que ya es hora de formar una familia de verdad. Con pequeñajos de colores volando por la casa, un perro metálico, y un pez de plástico en la pecera.
Ahora tendrá que desviarse del trayecto, realizar otro acercamiento… Tal vez un aterrizaje camuflado si las condiciones son propicias…
Desde que el nivel de contaminación en la Tierra ha bajado de un modo inesperado, los jefes están muy preocupados. El negocio puede írseles al garete. Entiende que insistan en corroborarlo porque apenas unos años atrás, eso parecía imposible. ¿Pero tienen que ponerse tan pesados justo el día del cumpleaños de ALB66?
Eso de la conciliación es un cuento chino, se dice. Últimamente se le ha pegado la forma de hablar de los terrícolas. Pero no deja de preguntarse, por qué llaman a las mentiras cuentos chinos… Los chinos le parecen simpáticos. Los únicos con unos ojos más o menos normales. Solo dos, claro, pero al menos los tienen normales y no abiertos y redondos como bolas de billar.
Envía un thinkapp a ALB66 avisándole que se retrasará un poco. Intenta concentrarse en pensar en “un poco”, pero ALB66 recibe la verdad: “no sé cuánto me demoraré”. Es lo que tiene el thinkapp, es muy difícil de engañar. Uno se ahorra de escribir, de tocar pantallas, de redactar el mensaje. Basta con pensar en el destinatario, en el contenido, y sale solo. Pero claro, eso tiene sus desventajas. ALB66 se ha pillado un rebote de película.
Con lo absurdas que son las películas de ciencia ficción que se inventan los humanos, se dice, mientras se ajusta la escafandra y activa el escudo de invisibilidad para entrar en la atmósfera.
Cualquier filtración de aire sería mortal. Los terrícolas lo han depurado tanto y está tan limpio que su cuerpo no soportaría ni una dosis por pequeña que sea.
En su planeta, aún tienen contaminación almacenada como para aguantar un par de años, pero desde que la Tierra, su principal proveedor, ha dejado de generarla, las cosas se están complicando en exceso.
Realiza un aterrizaje en zona franca, donde su presencia pasa desapercibida, y en pocos minutos está listo para abandonar la nave. Es importante que investigue este sitio. Visto con los instrumentos de a bordo, parece ser el centro desde el cual se ha disparado el movimiento “aire puro” que los trae tan de cabeza.
Con su uniforme de camuflaje, parece un humano más. Lamenta que los ojos que le han puesto no sean de chino.
A diferencia de lo ocurrido en anteriores incursiones, donde humeantes y apetecibles restos de civilización, le habían llenado los micropulmones, lo recibe un ambiente fresco y cristalino.
Pero lo más llamativo es el verde. El verde lo ocupa todo. Sobre los restos de una antigua ciudad, se ha desarrollado un vergel inusitado. Las enredaderas cubren los rascacielos, una alfombra de hierba mullida e inquietante se desliza bajo sus pies, y lo peor: los aterradores árboles gigantes.
Camina cruzándose con algunos humanos y tiene que disimular el gesto de asco que le produce tanta naturaleza desbordante. Si hasta cree oír cantar de pájaros y croar de ranas. Aves y reptiles que creían casi extinguidos ocupan aquel endemoniado espacio.
Sabe que debe intentar averiguar qué está pasando, sonsacar a algún humano desprevenido cuáles son sus planes, pero su turno ha acabado y es el cumpleaños de
ALB66 y él está a años luz de casa haciendo un trabajo que no le gusta y por el que no le pagan lo suficiente.
Saca fotocamuflajes mientras escucha las explicaciones de una joven terrícola con quien ha sido fácil entablar conversación. Es muy simpática, pero está lejos de ser bella. Con un solo par de ojos y cuatro extremidades, nadie puede serlo, reflexiona.
Apunta mentalmente los datos: los sobrevivientes han descubierto una fórmula infalible para acabar con la contaminación. Han entendido que cuidar de la naturaleza… bla bla bla…
Desanda el trayecto hasta su nave. Con la hora que es, por más que exceda todos los límites de velocidad espacial, no llegará a tiempo para llevar a su mujer a ARQ01.
Thinkpad de disculpa cargado de emoticones. Ella responde con un escueto “Ya veremos” a su “¿me perdonas?”
Activa el piloto automático y aprovecha el tiempo para elaborar un informe detallado. Lo titula “Descontaminación: naturaleza y otras causas”. Y para compensar a su chica pasa por la floristería que está de camino en la vía láctea para comprarle un ramo de flores de grafeno. A ella le encanta mojarlas en la leche y comerlas en el desayuno. A ver si con eso, consigue que le perdone.
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por pcollazo | Abr 7, 2018 | Cuentos enredados
Fue dos o tres años antes de que la muerte por causas naturales se diera por erradicada. Él siempre había sido una persona con visión de futuro, un emprendedor nato. Y le resultaba muy claro que el futuro era un escenario limpio de enfermedades. De todo tipo de enfermedades. El cuerpo envejecería, sí, pero libre de esos males que podían terminar por minar por completo la energía. De hecho, ya para entonces, cuando aún quedaban sueltos algunos hilos y los cánceres más rebeldes seguían dando guerra y aún quedaban corazones plausibles de ser atacados por enfermedades cardiovasculares, para él estaba claro. Los médicos pronto estarían de más. Sí, estaba esa adecuada y oportuna teoría de que la medicina daría un vuelco completo hacia la prevención, pero claro, era evidente que por más abrupto que fuera el vuelco, iban a sobrar profesionales en el área, y que no faltaba mucho para que ese momento llegara.
Él, gracias a su depurada visión de futuro, supo que no podría resignarse a pasar al grupo de colegas que cambiarían de bando. De luchar contra las enfermedades, pasarían a aliarse con ellas, a convencerlas, a utilizar las dotes diplomáticas, para evitar que presentaran guerra. Y él que estaba acostumbrado a las luchas cuerpo a cuerpo, a las batallas ganadas en el campo y no en los despachos diplomáticos, sabía que no aceptaría, que no podría, que no sería nunca capaz de alinearse en ese tibio y pueril movimiento que los medios de comunicación, empezando a preparar a la opinión pública para un futuro ya no tan lejano, habían dado en llamar medicina preventiva.
Fue entonces cuando empezó a elaborar su proyecto. No se puede decir que haya sido un momento. Que en un destello de genialidad, hubiera concebido la idea, sin más. Fue más bien una sucesión de pensamientos, sueltos, inconexos, que de a poco fueron tejiendo la trama, que fueron delineando en su mente la idea única y concreta: llegado el momento se cambiaría de bando, sí. Pero no hacia el eufemismo de la derrota que iba a ser aquello de la medicina preventiva. Él seguiría en la lucha. Él tomaría un camino que le permitiera sentirse orgulloso de su tarea, que le permitiera sentir que estaba brindando a la sociedad, algo necesario. Y era su visión lo que le permitía estar seguro de que lo que en el futuro haría falta, serían asesinos.
Fue así como nació la idea de montar una empresa de servicios saneatorios, que sonaba bastante aproximado a sanitarios, aunque lejos estaba de parecerse. Los servicios saneatorios, consistían básicamente en ayudar a la sociedad a sanear el superávit poblacional en el que obviamente caería más tarde o más temprano. Ofrecía entonces todo tipo de asesinatos por encargo, accidentes, circunstancias fabricadas, trampas o emboscadas ejecutadas por profesionales y con total limpieza. Ese era el lema de su empresa “Saneamos limpiamente”.
Desde que concibió la idea y montó la empresa hasta el momento en que empezó a ver los primeros beneficios, pasaron casi tres años. Tiempo durante el cual, la medicina aseguró la cura de todas las enfermedades existentes y las por venir; mientras la sociedad empezó a ver con ojos menos críticos, en algunos casos, los procedimientos no naturales para provocar la muerte.
Fue una evolución paulatina, como dos ríos paralelos que al cabo de ese tiempo unieron sus cauces para desembocar juntos en un mar propicio.
Y el mar propicio, hizo de su empresa de Servicios Saneatorios un éxito comercial de dimensiones imprevistas. Recibían encargos de todo tipo, y siempre los llevaban a cabo después de un estudio concienzudo de cada caso, que permitiera determinar si realmente era necesario llevar a cabo el servicio. Porque no mataban por matar. No. Eso hubiera quedado fuera de sus objetivos. Lo hacían cuando había una justificación, cuando la muerte aseguraba un lugar libre a ser ocupado por otra persona.
Él, pronto descubrió que como buen médico que había sido, era capaz de diseñar métodos efectivos y concienzudos, que nunca dejaran a la víctima en posibilidad de hacer otra cosa que no fuera morir. Es decir, se trataba de muertes rápidas, limpias y precisas. Porque bien sabido era, que un herido, siempre era recuperable por los refinados procedimientos médicos conocidos para entonces. Y un herido recuperado, se convertía sin duda en una fuente de rencor y de venganza hacia sus agresores, lo cual hubiera terminado por dañar definitivamente las bases mismas de la convivencia en la sociedad.
Las pautas eran claras, los clientes presentaban su pedido, su empresa estudiaba cada caso, y si lo aprobaba, se encargaba de llevar a cabo el asesinato de una forma concisa y sin dejar cabos sueltos.
Pronto, hubo otros que vieron el filón, y comenzaron a proliferar empresas de servicios saneatorios, claro que ninguna alcanzaba la calidad profesional de la suya. O eso era al menos lo que siempre había pensado.
“Falsos expertos” solía pregonar en las juntas de directorio que periódicamente mantenía con sus colaboradores de confianza. “No tienen los conocimientos, las herramientas, ni la delicadeza para llevar a cabo con calidad una tarea tan complicada”
Siempre había descalificado a la competencia. Siempre los había considerado ineptos Siempre los había juzgado como inferiores. Y tal vez su problema fue no darse la posibilidad de estudiarlos realmente.
Por eso, llegado el momento, cuando un destacado profesional que trabajaba para la competencia, le tendió una emboscada limpia y efectiva, se vio sorprendido por la muerte sin tener tiempo a nada. Cuando la trayectoria de una bala está milimétricamente calculada, no suele dejar resquicios abiertos. Aunque hubiera querido ser capaz, hubiera querido tener el mínimo de tiempo necesario, como para tentarlo con un abultado salario y un importante puesto en su propia empresa. La calidad y profesionalidad de aquel hombre, sin duda, lo ameritaban.
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por pcollazo | Abr 7, 2018 | En pocas palabras
Cuando encontraron el sumidero, un gran orificio en medio del desierto, era demasiado tarde. El Atlántico completo, se había filtrado por él.
Lo único que podían hacer era intentar impedir que la inclinación natural terminara por desagotar allí mismo, el Pacífico, el Índico, y tras ellos todos los mares y océanos.
La vasta extensión entre continentes se había convertido en un árido desierto. El clima irreverente y caprichoso, se empecinaba en jugarles malas pasadas.
Muchas vidas fueron sacrificadas construyendo la represa para contener el agua que empezaba a escasear. Pero cuando estuvo terminada, se apagó el sol.
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