Fue dos o tres años antes de que la muerte por causas naturales se diera por erradicada. Él siempre había sido una persona con visión de futuro, un emprendedor nato. Y le resultaba muy claro que el futuro era un escenario limpio de enfermedades. De todo tipo de enfermedades. El cuerpo envejecería, sí, pero libre de esos males que podían terminar por minar por completo la energía. De hecho, ya para entonces, cuando aún quedaban sueltos algunos hilos y los cánceres más rebeldes seguían dando guerra y aún quedaban corazones plausibles de ser atacados por enfermedades cardiovasculares, para él estaba claro. Los médicos pronto estarían de más. Sí, estaba esa adecuada y oportuna teoría de que la medicina daría un vuelco completo hacia la prevención, pero claro, era evidente que por más abrupto que fuera el vuelco, iban a sobrar profesionales en el área, y que no faltaba mucho para que ese momento llegara.

Él, gracias a su depurada visión de futuro, supo que no podría resignarse a pasar al grupo de colegas que cambiarían de bando. De luchar contra las enfermedades, pasarían a aliarse con ellas, a convencerlas, a utilizar las dotes diplomáticas, para evitar que presentaran guerra. Y él que estaba acostumbrado a las luchas cuerpo a cuerpo, a las batallas ganadas en el campo y no en los despachos diplomáticos, sabía que no aceptaría, que no podría, que no sería nunca capaz de alinearse en ese tibio y pueril movimiento que los medios de comunicación, empezando a preparar a la opinión pública para un futuro ya no tan lejano, habían dado en llamar medicina preventiva.

Fue entonces cuando empezó a elaborar su proyecto. No se puede decir que haya sido un momento. Que en un destello de genialidad, hubiera concebido la idea, sin más. Fue más bien una sucesión de pensamientos, sueltos, inconexos, que de a poco fueron tejiendo la trama, que fueron delineando en su mente la idea única y concreta: llegado el momento se cambiaría de bando, sí. Pero no hacia el eufemismo de la derrota que iba a ser aquello de la medicina preventiva. Él seguiría en la lucha. Él tomaría un camino que le permitiera sentirse orgulloso de su tarea, que le permitiera sentir que estaba brindando a la sociedad, algo necesario. Y era su visión lo que le permitía estar seguro de que lo que en el futuro haría falta, serían asesinos.

Fue así como nació la idea de montar una empresa de servicios saneatorios, que sonaba bastante aproximado a sanitarios, aunque lejos estaba de parecerse. Los servicios saneatorios, consistían básicamente en ayudar a la sociedad a sanear el superávit poblacional en el que obviamente caería más tarde o más temprano. Ofrecía entonces todo tipo de asesinatos por encargo, accidentes, circunstancias fabricadas, trampas o emboscadas ejecutadas por profesionales y con total limpieza. Ese era el lema de su empresa “Saneamos limpiamente”.

Desde que concibió la idea y montó la empresa hasta el momento en que empezó a ver los primeros beneficios, pasaron casi tres años. Tiempo durante el cual, la medicina aseguró la cura de todas las enfermedades existentes y las por venir; mientras la sociedad empezó a ver con ojos menos críticos, en algunos casos, los procedimientos no naturales para provocar la muerte.

Fue una evolución paulatina, como dos ríos paralelos que al cabo de ese tiempo unieron sus cauces para desembocar juntos en un mar propicio.

Y el mar propicio, hizo de su empresa de Servicios Saneatorios un éxito comercial de dimensiones imprevistas. Recibían encargos de todo tipo, y siempre los llevaban a cabo después de un estudio concienzudo de cada caso, que permitiera determinar si realmente era necesario llevar a cabo el servicio. Porque no mataban por matar. No. Eso hubiera quedado fuera de sus objetivos. Lo hacían cuando había una justificación, cuando la muerte aseguraba un lugar libre a ser ocupado por otra persona.

Él, pronto descubrió que como buen médico que había sido, era capaz de diseñar métodos efectivos y concienzudos, que nunca dejaran a la víctima en posibilidad de hacer otra cosa que no fuera morir. Es decir, se trataba de muertes rápidas, limpias y precisas. Porque bien sabido era, que un herido, siempre era recuperable por los refinados procedimientos médicos conocidos para entonces. Y un herido recuperado, se convertía sin duda en una fuente de rencor y de venganza hacia sus agresores, lo cual hubiera terminado por dañar definitivamente las bases mismas de la convivencia en la sociedad.

Las pautas eran claras, los clientes presentaban su pedido, su empresa estudiaba cada caso, y si lo aprobaba, se encargaba de llevar a cabo el asesinato de una forma concisa y sin dejar cabos sueltos.

Pronto, hubo otros que vieron el filón, y comenzaron a proliferar empresas de servicios saneatorios, claro que ninguna alcanzaba la calidad profesional de la suya. O eso era al menos lo que siempre había pensado.

“Falsos expertos” solía pregonar en las juntas de directorio que periódicamente mantenía con sus colaboradores de confianza. “No tienen los conocimientos, las herramientas, ni la delicadeza para llevar a cabo con calidad una tarea tan complicada”

Siempre había descalificado a la competencia. Siempre los había considerado ineptos Siempre los había juzgado como inferiores. Y tal vez su problema fue no darse la posibilidad de estudiarlos realmente.

Por eso, llegado el momento, cuando un destacado profesional que trabajaba para la competencia, le tendió una emboscada limpia y efectiva, se vio sorprendido por la muerte sin tener tiempo a nada. Cuando la trayectoria de una bala está milimétricamente calculada, no suele dejar resquicios abiertos. Aunque hubiera querido ser capaz, hubiera querido tener el mínimo de tiempo necesario, como para tentarlo con un abultado salario y un importante puesto en su propia empresa. La calidad y profesionalidad de aquel hombre, sin duda, lo ameritaban.

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